Las mujeres de Chiquetete

Cazalla, Gahona Cuevas
Cazalla, Gahona Cuevas

Su sino era estar entre dos fuegos y no solo en el aspecto artístico, también en el amoroso. Considerado como un gran seductor, sin embargo no manejaba bien sus emociones y sus relaciones no cuajaban en el tiempo. en cambio, sí lo hacía con sus amistades femeninas en las que no mediaba atracción física

Antonio Cortés ha sido uno de los grandes del flamenco que no fue comprendido del todo por los suyos. Para los más puros, su cante era «otra cosa». Ni peor ni mejor, sino «otra cosa». Y para el mundo de la balada tampoco encajaba. Le criticaban por no dar tono con su voz ronca que, en cambio, le hizo ganar un Grammy, tener más de una docena de discos de oro y platino y llenar en su día los teatros y aforos más importantes de Latinoamérica. Pero con todo y con eso no lo supo aprovechar y su vida transcurrió dando vueltas como una noria. Unas veces arriba y, en los últimos años, más tiempo abajo. Decían los que estuvieron presentes en la misa funeral en la iglesia de Los Gitanos sevillana el pasado lunes que su sino era estar entre dos fuegos. Y no solo en el aspecto artístico, sino también con su vida personal y amorosa. Andaba en la cuerda floja en lo relativo a su salud y ese «no tomarse en serio» las recomendaciones de sus médicos acabaron con su vida a los 70 años, cuando le quedaban muchas cosas por hacer. Entre otras, reconciliarse con los dos hijos que tuvo con Raquel Bollo –Manuel y Alma–, con los que no quiso o no supo tener trato. La colaboradora de televisión y empresaria fue su segunda mujer, se llevaban veintisiete años. Con ella Chiquetete tampoco consiguió ser feliz. Tuvieron una primera época buena, como así lo reconoció en su día la televisiva Raquel Bollo, pero acabaron con denuncias por malos tratos que ganó la ex mujer. Conociendo su biografía afectiva habría que preguntarse cómo un hombre que estaba considerado como un gran seductor, que caía bien a hombres y mujeres, no manejaba bien sus emociones y sus relaciones amorosas no cuajaban en el tiempo. En cambio, sí lo hacían sus amistades femeninas, como las que mantuvo con la desaparecida Carmina Ordóñez, su prima Isabel Pantoja, Pepita Saltillo o la propia Duquesa de Alba. Con todas ellas primaba el cariño y el divertimento sin mediar atracción física. Compartió varias ferias de Sevilla, días en la aldea del Rocío e incluso fiestas en las que invitaba la jefa de la saga Alba.

Es curioso cómo el destino hizo que la misa de cuerpo presente de Chiquetete se hiciera en la misma iglesia en la que reposan las cenizas de Cayetana. El artista era fijo en las fiestas que organizaba la aristócrata en sus palacios, ya fuera en Sevilla o en Madrid. Cuando las cosas se torcieron para el cantante, le dio su apoyo y cuentan asimismo que ayuda económica para solventar ciertos momentos complicados. También coincidían en Semana Santa para rezar al mismo Cristo que días pasados les volvió a dar cobijo. María del Monte también fue una de las mujeres que dio la cara por Chiquetete cuando muchos a los que había ayudado profesionalmente le dieron la espalda. A la reina de las sevillanas, que siempre se ha caracterizado por ser una mujer sincera, no le importó revindicar la figura del flamenco en el tanatorio. Y no solo en ese momento, sino antes, cuando los comentarios sobre su mala vida eran el pan de cada día. «Ha sido y será por siempre un hombre bueno, y digo bueno con todas las letras, que lo escriban con letras muy grandes. Bueno a más no poder». Seguramente en la manera de tratar a unas mujeres y a otras estaba la diferencia. Las amigas eran amigas y con las otras había enamoramiento, cuelgue o dependencia emocional. El nombre con el que se quiera definir esa relación era lo de menos. Por ejemplo, una de las mujeres de su vida no fue una novia ni una amante. Era su madre Manuela, por la que Chiquetete tenía devoción y que en muchas ocasiones, y ya siendo padre, le ponía, metafóricamente hablando, mirando a la pared. Las personas que vivieron esa intimidad aseguraban que «la madre era una persona muy recta y con mucho carácter y apuntaba que, si Antonio le hubiera hecho más caso, su vida habría sido muy diferente». El mismo Antonio Cortés contaba que su muerte le dejó muy debilitado emocionalmente y también físicamente. «Desapareció mi techo», decía el artista. La matriarca se llevaba muy bien con su nuera Amparo Cazalla, la bailaora que se casó con él cuando no era nadie y formaba parte de un trío que cantaba por los pueblos. Tuvieron tres hijos. Fue una mujer discreta en la que su ex marido confiaba cuando algo le hacía encontrarse mal. Nunca salió una mala palabra de su boca y lo único que se limitaba a comentar era «cuídate, Antonio, cuídate». Con ella no tuvo problemas al divorciarse, ni económicos ni legales. Con su prima hermana Isabel Pantoja vivió una etapa en la que estuvieron muy unidos. Chiquetete era una estrella y le dio la oportunidad para que le acompañara en sus galas. Luego ella voló libre y se distanció cada vez más. Cuentan los que saben de aquellos desencuentros que no le sentó bien que su jovencísima pariente optara por la independencia artística. Fue precisamente el padre de Pantoja quien medió y volvieron a retomar esa unidad familiar que se ha mantenido a lo largo de los años con el hermano Bernardo, no así con Isabel, que no acudió al tanatorio y tampoco a la misa del funeral en la iglesia de Los Gitanos. Y en la última etapa de su vida estuvo junto a él Carmen Gahona, la mujer que le cuidó en sus horas más bajas durante catorce años. No se casaron y como decía cuando la preguntaban, «a nosotros no nos hacen falta los papeles». Su ruptura llamó la atención porque su estado de salud no era el mejor. Una vez que Gahona desapareció de su vida Chiquetete dejó de cuidarse. Cuentan que la separación tuvo que ver con las discusiones que tenían cuando ella decidió participar en «Supervivientes» y en los posteriores programas de Telecinco, donde el nombre del artista era recurrente. Y a algo más que no perdonó Gahona, una deslealtad a la que se le puso rápidamente nombre, Inma Cuevas. Ella se encargó de difundir que era la última conquista del cantante y Gahona de ponerla de patitas en la calle entre gritos en la misa funeral.

Raquel Bollo y su derecho a hablar

Muchas han sido las críticas hacia Raquel Bollo en las redes por su aparición en «Sálvame» a los dos días de la muerte de Chiquete. Habló sin hipocresía en el programa en el que colaboraba hasta hace poco. No tuvo palabras desagradables hacia el padre de sus dos hijos, sino reales, y las podía haber tenido por la situación complicada y violenta que vivió en una etapa muy difícil para ella y sus hijos. Cuando en estos días se han recordado los malos tratos que sufrió, no ha entrado a matar. Tan solo explicó que no sentía nada y que lo único por lo que siempre había padecido era por sus hijos, que se criaron sin un padre. Pero incluso en este aspecto no cargó las tintas y fue elegante al contar cómo Manuel, su primogénito, acudió al funeral en Sevilla roto por dentro y por fuera, «a pesar de lo mucho que ha sufrido». Estos mismos que reprueban su presencia en un programa de máxima audiencia quizá olvidan que durante un tiempo ella fue la sufridora silenciosa a la que muy pocos creían. Hizo falta que alguien filtrara unas imágenes suyas en condiciones muy tremendas para que la creyeran. Ahora ha querido dar su opinión y tiene todo su derecho. «Nunca le he deseado mal a nadie y menos la muerte, pero no puedo tener sentimientos. El único dolor que puedo sentir es el que sientan mis hijos», expresaba.