Temen que las Campos riñan con Bigote en América

El novio de María Teresa nació en Chile y vivió en Argentina, por lo que acompañará a la matriarca y a sus hijas en el programa que rodarán en esos países, pero su presencia desconcierta.

Edmundo Arrocet y María Teresa Campos en el aeropuerto de Madrid
Edmundo Arrocet y María Teresa Campos en el aeropuerto de Madrid

El novio de María Teresa nació en Chile y vivió en Argentina, por lo que acompañará a la matriarca y a sus hijas en el programa que rodarán en esos países, pero su presencia desconcierta.

Se hacen apuestas. Raúl Prieto, director de «Sálvame» y buen conocedor del percal, acopió un cargamento de tranquilizantes porque anticipa todo tipo de catastrofismos por el nuevo viaje americano de las Campos, nuestras intocables Kardashian de andar por casa. «¡Uff!», se queja Prieto, consciente de la que se avecina. Hablo porque las adoro y las conozco bien tras veinticinco años con ellas, por eso no entiendo los reparos, augurios pesimistas y casi miedo ante el viaje que emprendieron a Chile y Argentina. Confío igualmente en el carácter, buen tono y afabilidad de Edmundo –ex Bigote– Arrocet, que las acompañará como buen guía: nació en Chile y creció humana y artísticamente en Argentina, país que considera su auténtica patria. Allí se casó y triunfo durante casi cuarenta años, hasta que Chicho Ibáñez Serrador lo pescó para el imborrable «Un, dos tres...», donde la tierna pero exigente Mayra Gómez Kemp se reveló después de Kiko Ledgard. También fue una oportunidad para las divertidas hermanas Hurtado, hoy desaparecidas, mientras que la mayor, Paloma, vive felizmente casada en Florida. O tales eran mis últimas noticias. Edmundo es producto de aquello y por eso me chocan los reparos sobre si surgirán celos al imaginarlo más entregado a María Teresa que a sus hijas, ya muy creciditas y con familias propias. Carmen Borrego gana adeptos cada día tras ser el descubrimiento de la serie. Desconocían su sorna, simpatía y estar de muchas vueltas sin aspirar a sobresalir, feliz como directora tras la cámara.

Récord de teatro

Las Campos no son cándidas palomas y conocemos igual sus prontos que su profesionalidad. Nueve días no dan para mucho y los pasarán entre rodaje y desplazamientos, quizá pasmándose con la buena comida chilena, ya no digamos en el maravilloso Buenos Aires, que ofrece una amplia carta de tentaciones: desde la elitista recoleta a las atiborradas calles de Santa Fe y Florida, con un restaurante en cada puerta. La cartelera ofrece ochenta teatros –ochenta, se dice pronto–, muchos más que en París o Nueva York, que casi le roba el envidiable récord. En Madrid cada día quedan menos, ya no digamos Barcelona, con solo una veintena que trabajan exclusivamente en catalán. El Goya y Borràs sostienen y subsisten contra viento, marea e independentismo, poniendo al mal tiempo buena cara con la lengua cervantina. Ya pasó la época dorada cuando las compañías madrileñas repartían el año con grandes ciclos en el Poliorama, el Tívoli o el Talía de Martínez Soria, mientras el Victoria y el Apolo de las «alegres chicas» que trajo Colsada para quitarnos el mal humor eternizaba sus revistas con Tania Doris, mientras Ethel Rojo, «la del enorme poto», vendía rojo-rojísimo. Época de Mary Santpere con sus gracietas y El Molino con Lita Claver, que esta Navidad llenó poco unida a Fernando Esteso. El ambiguo Johnson pasmaba a Fellini y a Dalí por su surrealista «destripe» y el bisoñé con que las chicas tapaban –más bien resaltaban– su intimidad.

De charla con Osborne

Son unos años recordados por Quique San Francisco en su desnudadora entrevista de esta semana en el programa de Osborne, donde lo respaldó su casi hermano Jorge Sanz. Fueron dos niños prodigio de nuestro cine y han crecido bastante. San Francisco evocó sus años catalanes sin problemas lingüísticos. Vivió en la misma casa que luego ocuparía Encarna Sánchez y la pequeña a la que casi crió. La llevó con ella a Madrid al crearse la Cope en un estrecho primer piso de Juan Bravo, 49, frente a la antigua cárcel que tuvo por recluso a Buero Vallejo. Juntaron tres número uno bien diferentes: entre ellos el «Protagonistas», con el que Del Olmo se comía la mañana radiofónica como hace hoy Ana Rosa en televisión.

San Francisco es hijo de la actriz Queta Ariel, gran amiga y buen sostén y ánimo mío en mi debú barcelonés. Además, el primer esmoquin que usé en mi vida me lo prestó el padre adoptivo del humorista, Manolo San Francisco, un galán de poca fortuna, y no puso reparos en que lo luciera en la entonces suntuosa gala de la Alta Moda en Piel del Palacio Nacional. Fue en 1965, año en que declararon a Carmen Franco la más elegante junto con Jacqueline de Ribes, gran figura francesa, y el encanto desparecido días atrás de Carmen Mateu, señora de Peralada, de las últimas clientas, además de íntima, que mantuvo Pertegaz junto con Bibis Samaranch. Mateu creó un gran festival veraniego con los mejores nombres de la ópera que llegó a dirigir Carlos Caballé cuando el Liceo era el Liceo y la ópera la ópera. No sé si cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero lo parecía.