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Fernando Aramburu: «Soy feliz con mis cazuelas, mi cucharón y mi delantal»

No hay dudas de que el suyo, «Patria», es el libro del año: 300.000 copias dan fe de ello, pero, aun así, sigue dando «preferencia» a sus lectores de toda la vida. Su regreso a Alemania, donde vive desde hace décadas, intenta liberarle de los «absorbentes» últimos nueves meses.

  • Fernando Aramburu
    Fernando Aramburu / Gonzalo Pérez

Tiempo de lectura 8 min.

13 de julio de 2017. 03:32h

Comentada
Ángeles López.  12/7/2017

Fernando Aramburu lleva un tiempo de verdadero frenesí tras la publicación de «Patria», el libro estrella de esta temporada que ha resultado un verdadero fenómeno social, con más de 300.000 ejemplares vendidos. Él mismo confiesa que desde hace nueve meses le absorbe todo. Que la obra se ha instalado en su cabeza y no deja espacio para otros proyectos. Por ello ha regresado a Hannover, donde reside desde hace 32 años, a empaparse de su familia, su casa y sus libros. En la maleta se ha llevado el Premio de la Crítica y los elogios de Vargas Llosa al compararle con Joseph Conrad y André Malraux. Con el humilde hombre tranquilo, culto y atento, vasco de una pieza, hablamos como en tantas ocasiones... mucho antes de tanto premio y tanto éxito.

–Así es que «el libro del año». ¡Le parecerá bonito!

–Bonito es poco (risas). Me parece maravilloso y no solo por mí. También por el editor, por los libreros y, claro está, por aquellos lectores a quienes mi novela haya podido aportar una experiencia literaria positiva.

–¿Ahora qué pasa con sus lectores de toda la vida, los que amaban su «Bami sin sombra»?

–Los lectores que amaban a Bami son aquellos que siguen mostrando por mi literatura un grado alto de fidelidad. Pienso con preferencia en ellos cada vez que emprendo la escritura de un nuevo libro.

–Nació el mismo año que ETA... ¿No habría completado su ciclo como escritor de no haber abordado «Patria»?

–«Patria» estaba esperándome. Ahora lo veo claro. Intuyo que, haga lo que haga, en el futuro seré juzgado por este libro, lo cual no significa que sea mi último horizonte creativo.

–¿Cómo recuerda los años de violencia durante su juventud?

–Fue en la adolescencia cuando fui consciente de la violencia que procedía de la dictadura de Franco y la que desplegaban las distintas ramas de ETA. Hoy todo aquello me recuerda esos cuadros de El Bosco, con cientos de figuras en continuo movimiento, agitadas por diferentes pulsiones y utopías. Aquella experiencia y el conocimiento adquirido con la lectura de los libros me alejaron para siempre de la tentación totalitaria.

–Según Juan Cruz, cuando Rubalcaba concluyó el libro, dijo: «Así fue»... Pero no necesitaba que se lo dijeran, usted estuvo allí y conoció a todos los arquetipos que describe, ¿no cree?

–Estuve allí, viví allí, allí me crié. Me complace que los lectores, sean conocidos o no, tengan una sensación de veracidad durante la lectura de mi libro.

–Por cierto, señor Aramburu... ¿la paz era esto?

–La paz no es esto; pero esto, la ausencia de violencia, es un buen comienzo.

–¿Hay linimento para el dolor de la resaca violenta? Alemania lo consiguió, poco a poco, en su segunda generación.

–Alemania necesitó décadas. De su horrenda historia aprendimos que la condición de víctima es para siempre y que las generaciones venideras necesitan y exigen la verdad. La medicina es amarga, pero hay que tomarla.

–Aún hoy nos preguntamos: ¿cómo pudimos vivir en aquel caldo de cultivo?

–El ser humano es capaz de adaptarse a toda clase de situaciones.

–En el libro se dice: «Las víctimas estorban». ¿En qué situación cree que están ahora las víctimas?

–Para saberlo basta con escucharlas. Nos dicen que quieren justicia, comprensión; si es posible, solidaridad, y, en modo alguno, la impunidad de los agresores.

–¿Vuelve de vez en cuando por San Sebastián? ¿Qué «feedback» recibe de su tierra?

–Percibo tranquilidad, un deseo extendido de recomponer los lazos sociales, un consenso más o menos tácito de no repetir la sangrienta historia que tuvimos.

–¿Qué es lo que más echa de menos de esa ciudad?

–Lo habitual: mi infancia, el mar, los amigos.

–A nivel personal, ¿alguna vez sintió miedo cuando vivía allí?

–Por supuesto. No es agradable sentirse en el punto de mira del odiador.

–¿Qué relación tiene con el nacionalismo?

–La del hombre que no pasa por los orificios del filtro.

–¿Qué piensa del nacionalismo hoy en Europa?

–Que sigue vigente. En los países nórdicos está aposentado en la extrema derecha; en los mediterráneos, en el ala opuesta. A diferencia de los nacionalismos del siglo XX, que eran expansivos y racistas, estos de ahora son claramente de repliegue. Quieren ponerle límite a la globalización, establecer cotos pequeños, salvaguardar tradiciones, construir el jardín social de los selectos.

–Dice que en España se abraza bien, ¿es porque somos cariñosos, quizá algo tocones o porque palpamos la cartera del otro?

–Por todo eso y porque somos rápidos y naturales practicando las relaciones amistosas de contacto. Lo que nos falta en espiritualidad lo compensamos con abrazos, besos y un tono bastante alto de voz.

–Luego , siempre según sus palabras, hay abrazos y abrazos... El de Landero parece gustarle, ¿no?

–Landero es, además de un grandísimo escritor, un hombre afable.

–¿Su infancia son recuerdos de anzuelo y lombriz? ¿De tardes de pelota?... ¿De qué?

–De salud constante, de piernas arañadas, de pescado frito, del primer beso en unos labios, de los primeros libros. La lista sería interminable.

–Nacer en el seno de una familia obrera, ¿curte y nos impulsa hacia adelante?

–No sé a otros, pero a mí, mis orígenes humildes me obligan a la gratitud y a la conciencia de que nada se obtiene sin aplicación ni esfuerzo.

–¿Es cierto que tiene previsto publicar un libro de poemas que no lo son? De ser así, sería su reconciliación con la poesía, ¿no?

–Lo mío con la poesía es el reencuentro de dos personas que se amaron en tiempos de juventud y que, pasados los años, se ven de vez en cuando a escondidas. Yo refreno el humor y ella, a cambio, no exige que me exprese en verso.

–Ha confesado que le encanta marcarse obstáculos a la hora de escribir: un párrafo sin adjetivos, una página sin utilizar una letra determinada... ¿Se echa pulsos a sí mismo?

–¡Todo el tiempo! Me estimulo con obstáculos y dificultades. En cuanto noto que la tarea fluye se me activa la suspicacia.

–Lleva muchos años viviendo en Alemania, ¿ha logrado soñar en ese idioma?

–A veces sí. Va por rachas.

–¿Qué palabras le salen antes en alemán que en español?

–Quizá algunas que tienen que ver con la vivencia familiar cotidiana.

–¿Cómo se nos ve desde allí?

–Como vecinos no bien avenidos.

–¿Se imagina algún día volviendo a vivir en España... con permiso de la «Guapa», su mujer?

–No. Presiento que seré enterrado en suelo alemán.

–Anda el Congreso revuelto, ¿asistiremos a una nueva moción de censura?

–Se acababa de presentar una cuyos promotores sabían de antemano que fracasaría. Con semejante perspectiva, todo es posible.

–¿Y es usted seguidor de series? Todo el mundo tiene al menos una preferida...

–Vivo desapegado del televisor.

–Sí, le imagino muy cinéfilo. ¿Me confiesa su mito del celuloide?

–Siento decepcionarla. El cine no me ha abastecido nunca de mitos.

–Le gusta el fútbol, ¿se le puede preguntar de qué equipo es forofo?

–Me gusta con un entusiasmo razonable. Mi corazón late por la Real Sociedad y, en Alemania, por el Hannover 96, equipos modestos, no aptos para remisos al sufrimiento.

–Cuando no lee ni escribe, ¿a qué dedica su tiempo libre? Si ahora me dice que arregla enchufes me deja muerta.

–Escribo las 24 horas del día, aunque no de manera, digamos, física. Saco, por ejemplo, a mi perra a pasear y voy escribiendo mentalmente por la calle, imaginando episodios, discurriendo argumentos. Y lo mismo se puede decir cuando leo. Vivo pendiente del provecho literario de cuanto me sucede.

–Digo yo que como buen vasco, será aficionado a cocinar, ¿o me equivoco?

–Ha acertado usted plenamente. Soy feliz con mis cazuelas, mi cucharón y mi delantal.

–Después del añito que lleva de promoción, ¿cómo piensa pasar el verano?

–La promoción se ha terminado, el verano seguirá sin mí. Me esperan dos meses de riguroso encierro creativo. Hay un libro, que aún no existe, y me da pena el pobre porque lo estoy haciendo esperar. Él quiere existir, pero como tiene ese hermano gordo («Patria») delante...

–Una duda: ¿desde cuándo no le regala nadie un chestoberol (un objeto esférico que inventó el propio escritor)? Se lo digo porque no es sano perder los buenos hábitos.

–Conservo como oro en paño mis tres chestoberoles. Llegué a recibir una oferta lucrativa de compra, que rechacé. No descarto la posibilidad de sacarlos de nuevo algún día en algún relato, tal vez en un episodio de novela.

–Por último, ¿qué está leyendo el señor más leído?

–Pues ahora me he metido a disfrutar los tres tomos de «Los enemigos del comercio», de Antonio Escohotado.

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