Opinión

Bendito desobediente

Hace justo un año, compareció Albert Boadella en el sevillano Casino de la Exposición, que esta semana está reproducido en versión efímera como portada de la Feria, para dar ante una numerosa congregación de fieles «El sermón del bufón», y también estuvo en ese mismo teatro Lope de Vega hace unos años para pronunciar el pregón taurino. Escribía en aquel 2006 su libro «Adiós Cataluña», que daría a la imprenta al año siguiente, anticipo del exilio que ya se ha sustanciado y que lo trajo al Real, donde debutaba, para recibir la Caseta de Oro, un premio concebido como quintaesencia de la ranciedad pija y que ha mutado, así están los tiempos, en trinchera de resistencia contracultural. «Nunca he obedecido a nadie». Así se presentó el fundador de Els Joglars sin necesidad de blandir su prontuario de gamberradas irreverentes. Por eso sorprende, o quizás no tanto, verlo arropado por aristócratas, terratenientes y hasta por el general Juan Gómez de Salazar, Jefe de la Fuerza Terrestre del Ejército con mando en la Capitanía de Sevilla, otrora fuerzas vivas y hoy representantes casi moribundos de instituciones que el pensamiento único se empeña en desprestigiar. Faltaba algún clérigo de la jerarquía eclesial, pero ya se sabe que el Papa Francisco no simpatiza con la señora de Boadella, Dolors Caminal, quien le afeó en oportuna misiva su tibieza para con uno de los curas trabucaires del independentismo ascendido recientemente a la cátedra de la Archidioecesis Tarraconensis. Las sinuosidades jesuíticas, desde Carlos III a Xabier Arzalluz, siempre chocaron con los intereses de la nación española, a la que la Compañía nunca distinguió con su aprecio. El magnífico pastor Juan José Asenjo Pelegrina, arzobispo hispalense, se habría sentido cómodo entre tanta buena gente. Pero él no es feriante.

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