De balbuciente a doctorando

La Razón
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Los chavales del equipo juvenil habían ganado el Campeonato de España y el presidente Torres, Javimorote para el siglo, aprovechó su puesto en el Ayuntamiento de Sevilla para rendirles un merecido homenaje en forma de recepción en el salón más noble de la casa consistorial. «Me piden de Protocolo que pasemos unas notas sobre el club». Resultaba pretencioso anunciar la existencia de un «departamento de prensa» propiamente dicho en una entidad tan modesta como el Ciencias Rugby. «Gratis et amore», desde una dirección de correo creada ad hoc, mandaba los comunicados y a los cuatro periodistas que se interesaban por el balón oval, los atendía por teléfono. Por pura casualidad, coincidió que estaba por la zona el día de autos, así que me uní a la chavalería para espanto de los asesores municipales, que no esperaban la presencia de un acreditado tocapelotas en tan amable acto. ¡Parecía que se le hubiese aparecido el fantasma de Jack el Destripador! Llegó el primer edil, tan campanudo como lerdo, y leyó sin cambiarle una coma el papelajo que había enviado la víspera. Habría leído con el mismo –nulo– entusiasmo el listado de la guía telefónica, si se lo hubiesen puesto por delante. Si eso hace un electo en una recepción solemne con público, ¿qué no hará esta mediocre tropa con un trabajo académico que sabe que será evaluado por amiguetes? En la universidad andaluza, seguro que también en la española, se obran prodigios alucinantes, pues de repente brillan en sus claustros cabestros a los que durante su andadura política vemos sufrir apoplejías al simple contacto con una oración subordinada. Incapaces de repentizar un parlamento de cinco minutos ante treinta adolescentes, ¿de verdad alguien concede algún crédito a los títulos que obtienen a destiempo, cuando ya frisan la cuarentena?