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De Serra Ferrer a Ferrer, alias Rubi

El Betis abre nueva era sin el balear y con las heridas de su guerracivilismo crónico más sangrantes que nunca

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Sevilla.

Tiempo de lectura 2 min.

12 de junio de 2019. 23:04h

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Lucas Haurie Sevilla. 13/6/2019

Ayer se abrió una nueva era en el Betis. ¿Se abrió ayer una nueva era en el Betis? La pregunta es pertinente porque todo lo que ocurre alrededor del club verdiblanco tiene un extraño aire de déjà vu, como si la repetición de errores del pasado no constituyese un vicio evitable, sino una maldición de la que es imposible escapar. Ayer fingieron los dirigentes del Betis, o sea, que se abría una nueva era con la presentación de Joan Francesc Ferrer ‘Rubi’ como entrenador del primer equipo. En realidad, lo que se vivió fue el enésimo episodio del guerracivilismo según el Betis, una cruenta lucha por el poder y el dinero cuya última víctima se llama Lorenzo Serra Ferrer.

A Rubi lo acompañaron en su primera comparecencia como bético, que fue realmente sui generis, Ángel Haro y Alexis Trujillo, un simpático ex futbolista que vivaquea desde hace un lustro largo por las oficinas del Benito Villamarín. Un hombre de sólida formación académica, prosodia de prócer decimonónico, capaz de expresarse con fluidez en una docena de idiomas, desde el latín clásico hasta el klingon de Star Trek, y pionero en la implementación del cálculo de base algorítmica como herramienta para el estudio del rendimiento futbolístico. Habría parecido que se trataba del nuevo director deportivo si esa función no la desempeñara in pectore Josemi López Catalán, consejero delegado ausente y eminencia gris, más lo segundo que lo primero, de la gloria que viene.

El presidente Haro, que ha superado la autocracia de Ruiz de Lopera y se dirige hacia un modelo providencialista a mitad de camino entre Florentino Pérez y Fidel Castro, limitó su intervención a un discurso escrito por inspirado negro, parido para vibración de la concurrencia pero, ay, enfriado por una dicción tórpida, monótona e irregular, esto por la frecuente confusión en el punto de articulación de algunos fonemas fricativos sordos. No le sobraría invertir un pellizquito de ese patrimonio astronómico del que presume constante y cansinamente en un cursillo de hablar en público, siquiera uno por correspondencia. Pronunciado el pregón, no hubo lugar a preguntas. Por si alguna era incómoda, más que nada.

El nuevo entrenador venía aleccionado sobre lo perjudicial que había para su antecesor la aspereza que impregnaba su discurso. Aplicado, tiró de manual para ponderar la grandeza del Real Betis, la fidelidad de la afición e incluso su predisposición a aceptar las críticas que fuesen menester, dictadas no por una exigencia desmedida, sino por el deseo del aficionado de que su equipo progresase. Tenía expresión de no haberse visto en otra, el hombre, que escuchó de Haro y Alexis elogios desmedidos sobre sus éxitos y la forma brillante en que los alcanzó. «Pero si un día hay que colgarse del larguero, lo haremos», advirtió a modo de certificado de defunción del setienismo que sobrevolaba el ambiente.

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