Domingo de Resurrección

La Razón
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Hay días en señalados en los que la ciudad estrena. Fiestas de siglos donde todo tiene un ambiente mágico, un ambiente especial. Dicen que Sevilla, la tierra de María Santísima, estrena cada Domingo de Ramos. Y es cierto. Sólo hay que ver sus calles, con personas que vienen de todos sus pueblos y rincones, perfectamente vestidas, con prendas nuevas para la ocasión. Y estrena du Semana Santa, con niños que descienden por la rampa del Salvador para ser la primera cofradía que pida venia en La Campana. Estrena en las manos del Señor del Gran Poder. Pero hay otro domingo de estreno. Otra tarde donde todo parece renacer. Ha pasado ese día sin noche de la Resurrección y Cristo alza su mano en señal de triunfo sobre la muerte. Y cuando se marcha el palio de la Aurora, cuando parece que todo vuelve a acabarse, todo vuelve a empezar y se abre la puerta de los toreros. La Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Y comienza un nuevo ritual. Una liturgia muy antigua. Las marchas se sustituyen por pasodobles y las calles, cubiertas de cera, por el albero. El golpe de llamador se apaga al tiempo que repican los cascos de los caballos sobre el patio de cuadrillas. Es el tiempo sin tiempo. Donde lo eterno se muda de la catedral a los arcos de una plaza que sueña con la gloria. Y cuando se descerroja el portón de los miedos, la Ciudad también estrena y mira ya hacia esa otra ciudad efímera del real de la feria. De las casetas y atracciones. Estrena el color azul Guadalquivir y plata del vestido de Morante de la Puebla y las matas nuevas de romero en recuerdo a su torero eterno, el faraón Curro Romero.