Ese controvertido continente

La revista «Litoral» dedica al cuerpo humano su último número y Renacimiento reedita las ineludibles «Memorias» de González Ruano

n tiempos en los que sólo miramos a los demás desde la vida real o virtual no viene mal fijarse en lo único que tenemos. Estamos tan solos en este barullo, vivimos arrojados a un vacío tal que únicamente tratamos de cerciorarnos de que hay alguien esperándonos. Pero las alegrías, el dolor, la soledad, la dicha, el placer o la enfermedad se quedan para nosotros, para nuestras carnes y para la memoria. Parece que pese a las riquezas y la sabiduría, somos poco más de un metro cuadrado de carne y pelo, un 90% de agua repartida en el envoltorio que nos dan al nacer. Lamentablemente somos poco más.

La revista «Litoral» dedica titula número 264 «El cuerpo. Arte y literatura» con su habitual manera exquisita de presentar versos e ideas trascendentes. De la cabeza a los pies, se escribe y se piensa sobre él como objeto de deseo, compendio de maldades, representación divina, alojamiento de felicidad, geografía doméstica de los placeres. Nunca ha sido ajeno al devenir de la humanidad, pues desde el principio se convirtió en el centro en la adoración y mística de las más variadas civilizaciones. De las diosas tiranas de Mesopotamia a las gozosas venus barrocas pasando por el joyero divino de la Virgen María. La mujer creadora, madre, fuente de riqueza y bienestar de sus súbditos o tirana que arrebata la vida de sus amantes. Ellas estaban allí junto a los guerreros, mensajeros y volubles diosecillos que caían a sus pies en uno y otro credo. Situadas en las alturas de las creencias, pero los hombres sencillos también poseían esos mismos dones carnales, pues el panteón no era ni es más ni menos que una prolongación de ellos. Ahí, en esa creencia, en esa verdad se entrelazaban los versos de la etapa clásica, de la poesía oriental y del Siglo de Oro que tan bien se han recogido en la edición comandada por Lorenzo Saval y Antonio Lafarque para abrir el libro. Tan sólo una muestra, escribe Pe Lo Ye: «Sólo aislando del mundo nuestro cuerpo/ llegaremos a islar nuestro espíritu» (sic).

En ese separar, el número se desarrolla con una disección continua de cabeza, mano, lágrimas, huellas dactilares, vagina, músculos, piel y carne, orina... Esta deconstrucción lírica la realizan autores dispares y alejados en tiempo y sensibilidades. Aparecen versos de Rafael Alberti, Gioconda Belli, Juan Ramón Jiménez, Ángel González, Gustavo Adolfo Bécquer, Vicente Huidobro, Luis Alberto de Cuenca o Emily Dickinson. Aparecen muchos más y también unos textos de Aurora Luque, Antonio Muñoz Molina y Blanca Montalvo. Junto a las letras surgen las ilustraciones maravillosas que el lector descubre como un verdadero tesoro y que alternan creaciones pictóricas, escultóricas o directamente performances que se han acercado al registro corporal a lo largo de los siglos. Resulta gratificante y conmovedor como pese al cambio de las épocas en esencia seguimos siendo los mismos. Frágiles y desnudos trozos de carne lanzados a tiempo. Valga como pincelada, ahora que se acaba el año, los versos finales del poema «Envejecer» de Eloy Sánchez Rosillo recogidos baja el epígrafe Cuerpos decrépitos. «El tiempo no/ quiere soltar su presa, y va ganando/ terreno al deterioro en la indigencia/de un hombre al que se acerca, ineludible,/ el momento fatal de la derrota».

Recordando al césar del periodismo

Merece la pena bucear en la reedición de los recuerdos de César González Ruano (1903-1965) que recientemente ha reeditado Renacimiento. «Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias» recorre cincuenta años de vida, periodismo y literatura de uno de los personajes más controvertidos del panorama cultural español. Nadie en realidad supo bien quién era este hombre que vivía de una manera aristocrática sin contar en su familia con ningún título nobiliario, tampoco se conoce realmente si colaboró o no con los nazis para saquear a los judíos perseguidos. ¿Franquista? ¿Monárquico? ¿Traidor? Hay tantos perfiles que a estas alturas puede que lo mejor sea quedarse con sus artículos y reportajes. Textos que desde la profesión se leen con verdadera vergüenza y envidia sana, pues González Ruano escribe como si estuviera practicando esgrima. Elástico, sin pesadez, rapidísimo y certero. Así era este hombre de bigotito imperial, dos trajes (el que llevaba y el otro), pero que era capaz de escribir tres artículos diarios como quien se toma tres vasos de agua. Es decir, sin esfuerzo.

«Memorias» se divide en cinco libros que recorren desde los años de la niñez para finalizar en 1950. Un periodo de tiempo que el protagonista vivió en primera persona y que narra con una inusual distancia y escepticismo. Sin apasionamientos, pasa casi lo esencial del siglo XX con nombres y apellidos. De uno y otro bando con la misma frialdad que con la que mira sobre su propio pasado en la casa que alquiló para escribirlas. «Si a esta edad, son el calor, el campo, las moscas y las dolencias habituales de una salud que falla, no es uno sincero, es que es uno tonto». En el caso de que las filias y fobias políticas no le permitan leer a González Ruano, cosa que se pierde uno sin más, no se permita el lujo de obviar el prólogo de Manuel Alcántara que abre el volumen. Una joya escrita en 1979 que deja atónito al lector porque no se puede escribir mejor sobre alguien que pese a su vida entendió el periodismo como un sacerdocio.