Juan Cobos Wilkins: «Un pelotón de fusilamiento apunta a quienes reivindicamos la conciencia»

Con “Matar a poetas” cierra una trilogía en la que comparecen la mayor parte de las inquietudes que atacan nuestros días y sus «fantasmas personales»

Con “Matar a poetas” cierra una trilogía en la que comparecen la mayor parte de las inquietudes que atacan nuestros días y sus «fantasmas personales»

Juan Cobos Wilkins se «separó» temporalmente de la poesía durante once años. En 2009 volvió a ella, con una «Biografía impura», a la que siguió el poemario «El mundo se derrrumba y tú escribes poemas». «Matar poetas» es el cierre de una trilogía en la que comparecen la mayor parte de las inquietudes que atacan nuestros días y sus «fantasmas personales».

¿Como poeta se siente amenazado de muerte, en peligro de extinción?

En ocasiones singulares el título de un libro contiene y concentra tan alto grado de valor simbólico que deviene en espejo y referencia de su tiempo. En «Matar poetas» un solo verbo y un solo sustantivo, dolorosamente unidos, provocan una sacudida, un sobresalto que agita las conciencias y nos desasosiega. Rápidamente comprendemos que digo poetas pero estoy nombrando cualquier forma de Arte, de Creación, de Cultura. En tan solo dos palabras «Matar poetas» nos implica: nos obliga a mirar ese pelotón de fusilamiento que en este tiempo convulso apunta con los ojos vendados a quienes, con los ojos abiertos, reivindicamos de palabra y obra la conciencia ética y estética.

Los poemas abordan un mismo tema desde dos premisas aparentemente opuestas: «intenta explicarme...» y «no intento explicarte...»; uno en verso, el otro en prosa. ¿Con qué intención?

Son poemas contrapuestos y, a la vez, complementarios, son como las dos caras del dios Jano. Poemas que nos dejan en el vértice mismo de nuestros precipicios, aliados en ocasiones a un lenguaje pulcramente científico, aséptico, que, por contraste con la palabra iluminada y luminosa, aún potencia más el asombro en la comunión con el lector.

Esta obra conforma una trilogía con «Biografía impura» y «El mundo se derrumba y tú escribes poemas». ¿Qué los une?

Ni cuando escribí «Biografía impura», el primer libro, ni el segundo, «El mundo se derrumba y tú escribes poemas», ni siquiera mientras iba creciendo «Matar poetas» tenía voluntad de formar una trilogía, pero al concluir este último sí percibí con claridad que en los tres extendían sus blancas sábanas mis fantasmas personales para que, como en un folio virgen, yo dejara mis huellas, incluso para que trasplantase a esos fantasmas salvajes mi corazón, sístole y diástole de los temas fundamentales y fundacionales de mi obra y que podría resumir en Pasión y Armonía.

Su publicación está separada por una década. En ese tiempo, ¿siente que ha cambiado más usted o el mundo que nos rodea?

Si nadie se baña dos veces en el mismo río no es sólo porque su corriente no es igual un minuto antes y un minuto después. Obvio que las aguas han fluido, han pasado, pero es que también nosotros hemos mudado en el transcurso del tiempo, por breve que sea. Lo sabemos: nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Yo intento vivir mi metamorfosis como los gusanos de seda de mi infancia. Al mundo me parece que lo someten a dolorosas y terribles mutaciones sin anestesia.

Dice en un verso: «Amor, inesperada conquista de la alegría». ¿El amor en los tiempos de internet es una alegría cada vez más efímera?

En ese mismo poema, y refiriéndome igualmente al amor, escribo: «Eterno / en su fugaz instante inmarcesible / porque –y es suficiente colma- fuisteis jóvenes juntos». Todo tan lleno, tan plagado, de contradicciones: eterno, fugaz, instante, inmarcesible... Pero así es. Y en el poema que sigue a ese describo todas las reacciones químicas que el amor produce en los miles de millones de los circuitos cerebrales, y digo: «Química, sí». Y concluyo: «Pero alquimia».

¿La poesía debe ser algo más que un refugio en días de tormenta?

La poesía es la tormenta misma. Su relámpago, su rayo, su trueno. Y también es la hermosa calma, la bella serenidad que la sigue.

Acaba de estrenarse la película «Mientras dure la guerra», sobre el papel de Unamuno en los primeros compases del alzamiento contra la República. Usted fue promotor de la Fundación Juan Ramón Jiménez y dirigió su Casa-Museo en Moguer. ¿Nos quedan intelectuales a los que aferrarnos?

El pensamiento no se extingue con la desaparición física del organismo. Queda y permanece vivo en su obra. Afortunadamente podemos volver a Juan Ramón. O por citar algunos nombres que aparecen en mi libro, a Pasolini, Pavese, Lorca, San Juan de la Cruz...