La revolución de los claveles

La Feria supone un ejemplo de integración de razas y pueblos

Si preguntas a alguien medianamente enterado de lo que pasa en Sevilla y sus alrededores, que es el resto del mundo –al menos eso piensan miles de «cansinos» sevillanos– a qué se le llama la revolución de los claveles, te contestarán que a un levantamiento civil y militar que se produjo en Portugal el 25 de Abril de 1974, hace 44 años, y que terminó con una dictadura de más de 50 años. Con esta respuesta, de producirse en un programa televisivo, el concursante se hubiese llevado los 10 puntos en juego. Sin embargo, para mí, la verdadera revolución de los claveles se produjo en 1846, cuando la Feria de Abril comenzó su andadura. Los claveles fueron y siguen siendo la flor oficial. Se ha perdido la costumbre del clavel rojo en la solapa de los hombres que acuden al ferial, pero en 170 años siempre se producen ajustes y mucho más en esto del adorno. Hasta hace pocos años eran mujeres de etnia gitana las que vendían esta flor tan racial. Con los años aparecieron las mujeres del imperio chino, sin que tuviesen problemas de convivencia, todo lo contrario de lo que ocurrió el año pasado entre taxistas y las nuevas fórmulas de servicios de coches. Pero muy recientemente también te ofrecen claveles mujeres de países del este europeo. Un ejemplo de integración de razas y pueblos. Lo achaco a que desde la fiesta todo tiene mejor arreglo. Por ello, lo que procede es que en la ONU y otras organizaciones de apaciguamiento mundial monten un mes al año una especie de Feria de Abril siguiendo el ejemplo de las vendedoras de claveles en Sevilla. El efecto de un buen fino, una manzanilla, incluso un rebujito acompañado por un magnífico jamón, unos langostino de Sanlúcar, o uno de los guisos de la caseta de Carlos Herrera, puede ser muy positivo a la hora de resolver las más grandes crisis mundiales. Pero estoy casi seguro de que no tomarán en cuenta el consejo. Muy conectada con la Feria está la noticia que paso a comentar. La revista «¡Hola!» en su portada y en rigurosa exclusiva anuncia: el duque de Huéscar y Sofía Palazuelo se casan en octubre. Lo cierto es que forman una pareja de cine y dentro de su relevancia social llevan una vida discreta. La revista también nos adelanta que la boda se celebrará en el palacio de Liria, residencia oficial del duque de Alba en Madrid. Con este escenario para el enlace se rompe una tradición de más de 70 años en la casa ducal. Cayetana de Alba se casó en primeras nupcias en Sevilla en 1947; la segunda boda, mucho más discreta por varias circunstancias, sí fue en Madrid. En su último matrimonio con Alfonso Díez quiso una boda con toda la sevillanía que ella atesoraba, por lo tanto, esta unión se convirtió, como en la primera, en una explosión popular. El actual titular de la casa también se casó en Sevilla. Les aseguro que desde el miércoles muchas señoras y más de un señor de alto nivel social de la capital del Reino y de la capital de Andalucía han entrado en una dura crisis, en una especie de ser o no ser. ¿Estaré o no estaré invitado? Los más decididos empezarán a montar fiestas varias en honor del padre del novio, para forzar la posible invitación. Otras mandarán delicados obsequios tanto a los novios como al duque padre, felicitándolos por tan acertada decisión. Las más lanzadas terminarán el tarjetón con un «nada me haría más feliz que asistir a tan extraordinaria boda». Los más sibilinos harán objeto de múltiples atenciones a personas muy cercanas a los protagonistas de la historia, para que estos les consigan un hueco entre los invitados. A partir de ahora, una tensa espera. Teniendo el verano por medio, lo razonable es que las invitaciones lleguen a primeros de julio, pensarán. Hasta entonces, qué nervios. Los duques, padre e hijo, a partir de ahora, se tienen que convertir en diques que contengan el aluvión.