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Más que balonazos

Dos libros se meten en las entrañas del fútbol en pleno mundial

  • El ilustrador Juan Cruz aporta su talento al libro de DHoldan. En la imagen, Nabokov
    El ilustrador Juan Cruz aporta su talento al libro de DHoldan. En la imagen, Nabokov
Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

29 de junio de 2018. 20:12h

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Pepe Lugo.  Sevilla. 29/6/2018

Todo lo que intentemos hacer para desviar la atención del fútbol será inútil hasta que levanten la copa dentro de unos días. No hay remedio, las miradas y las emociones se enfocan en ese espacio formado por 8 hectáreas en las que 22 hombres luchan por el control de un balón que debe acabar en la red que defiende el equipo contrario. Un cuerpo a cuerpo de 90 minutos que es capaz de frenar el aliento a millones de personas, un juego incontrolado por mucha tecnología que se invente sobre él y al que se lanzan los instintos más básicos del ser humano. Dicen que en cada español hay un entrenador y que todo el mundo sabe de fútbol. Para llevarles la contraria, dos libros llegan en plena fiebre mundialista para tratar de explicar realmente la esencia de un deporte amado y odiado en las mismas proporciones.

David Cerdá, entre muchas otras actividades que le ocupan la vida, se dedica a pensar y a reflexionar. En ocasiones lo que saca de esas cavilaciones lo pasa a papel y le sale un libro como «Sangre en la hierba (Los porqués del fútbol)», editado en Funambulista, que dedica a trata de explicar por qué lo amamos u odiamos de manera tan visceral. A primera vista parece una cuestión fácil de dirimir, pero como sucede con las grandes cuestiones de la existencia humana, y el fútbol es una de ellas, no hay una respuesta clara que desvele el origen de una pasión de estas proporciones. «Se trata de algo terrenal, que todos podemos hacer», explica mientras trata de encontrar una explicación saludable. Al ser algo terreno, sus héroes, los futbolistas, adoptan la forma de los grandes héroes clásicos al asumir lo mejor y lo peor de nosotros. Tienen las mismas pulsiones: honradez, elegancia, suerte, solidaridad, por hablar del lado positivo, pero también lo peor de la mala bilis que todos llevan en su interior. «Podemos sentir empatía por lo que sucede en el campo, porque en cierto modo es una especie de metáfora de la vida».

El autor ahonda en «un deporte de pobres», porque no se necesita nada más que algo para darle con el pie. En cualquier calle del mundo, un niño o un anciano puede sentirse como el mejor delantero centro al meter una lata de refrescos por un hueco hecho en la pared. Es la magia. «Se trata de un deporte que está lleno de cenicientas, es muy injusto a veces y presenta grandes miserias». Por eso, pese a que ahora no haya tantos, los jugadores con vidas complicadas, los antihéroes, reciben los mayores elogios, las grandes muestras de adhesión y el honor de colocarse en la cima de los semidioses del balompié. Ahí están Cruyff, Best, Maradona o Mágico González; personalidades repletas de aristas ante las que no se puede enfrentar casi ninguno de los grandes astros, como dicen en Sudamérica, del panorama actual. Vidas que sirven al resto de la humanidad de espejo en el que mirarse para amar o para odiar.

«El fútbol es uno de los deportes donde más veces se cumple aquello de que no siempre gana el mejor», escribe Cerdá, para explicar más adelante que los jugadores surten de gloria a seguidores que llevan una vida gris y carente de éxito. Es una de las claves para entender cómo pese a las duras circunstancias por las que pueda pasar un país, el prestigio de este deporte permanece intacto y los campos repletos. Es una religión, una experiencia sagrada que provoca una catarsis de 90 minutos durante los que expulsar lo peor y lo mejor de uno mismo. Como jugador y como espectador, desde luego. Pero también conduce a una falsa irrealidad a una infantilización grosera que sirve de tapadera para ocultar los espacios más opacos. Lo explica con acierto el autor: «Salvo en los casos que alcanzan un grado patológico, el fútbol sigue siendo una fuente de lágrimas no inquietante, porque en el fondo es un juego que queda lejos de nuestra jurisdicción personal. La vida es otra cosa, lo sabemos; pero aún podemos simular, a base de exagerar nuestros afectos, que el próximo partido de nuestro equipo es la batalla que realmente nos queda por ganar».

«El fútbol es un invento de los niños, no de los ingleses». Lo dice Joaquín Dholdan, que acaba de publicar con la editorial El Paseo, «Genios del fútbol», un libro peligroso con múltiples lecturas y que se presenta bajo el formato de relatos cortos para contar la relación que tuvieron o tienen gente tan dispar como Nabokov, Pasolini, Warhol, Marley, Eco o Camus. Se trata de una especie de ensayo narrativo que pasa por encima de estas personalidades pero no de manera inocente, en el sentido de que rescata gran parte de la esencia de este juego. En concreto eso, que sea un juego más que un deporte y que esta nobleza se vea más en las ligas inferiores y en los equipos femeninos que en los grandes conjuntos. También sucede en los mundiales, donde no existe un margen tan amplio para la mercantilización y el control del deporte. «En estas semanas se constata que en el fútbol se mantienen cosas que insisten en ocultar», asegura el autor.

«En genios del fútbol» asistimos al último partido de Nabokov, al encuentro entre Warhol y Pelé en la discoteca Studio 54, a la verdadera historia que inspiró a John Houston «Evasión o Victoria» o a cómo Camus escribió el texto «Lo que le debo al fútbol», donde contó lo siguiente: «Lo que más sé, a la larga, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol». Para ambos autores, la verdad se encuentra en los pies de los niños, en los grupos de amigos que juegan en la playa, en la soledad de una portería vacía y un balón casi roto, en la alegría con la que se vive esta pasión en los países pobres. Hablan de ilusión, algo que el consumo no necesita pero que se ha sustituido por una afición desmedida e injustificada. Quedemos con una de las reflexiones, en este caso, en este caso sobre el porqué le gusta tanto a Pasolini. «Decía que jugar al fútbol lo llevaba al patio de su colegio, a esos días en que se podía ser completamente feliz».

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