No paro

Estos días de sequía informativa que preceden al veraneo, como todos los inicios de mes, regalan al articulista diario la posibilidad de cubrir el expediente con el desentrañamiento de las cifras del paro. Uno, sin embargo, resiste a esa tentación porque lo asalta el reflejo volteriano de plantear dilemas indescifrables a través de preguntas en apariencia inocentes. Por ejemplo, ¿pudiera ser que los distintos «agentes sociales» –el entrecomillado es del autor, fruto de la perplejidad ante tamaña cursilería– tuviesen preparadas sus reacciones antes de conocerse los datos? Sin siquiera saber cómo ha sido la fluctuación de junio en Andalucía, ascendente o descendente, el firmante asegura que gobierno y oposición han recurrido al término absoluto o al comparativo, según conveniencia en el acercamiento del ascua a su sardina; que los dos sindicatos de clase –¿de qué clase?– han agitado con expresión de novicia mancillada los términos «estacionalización» y «precariedad»; que la Confederación de Empresarios sigue embarcada en la paradoja del caradura, al reclamar al mismo tiempo menos impuestos y más subvenciones; que esa asociación de autónomos nada autónoma ha escudriñado posibles contribuyentes a su chiringuito entre los nuevos afiliados; que el telediario, según el sesgo ideológico del editor, van a mostrar a un camarero feliz o a un parado sin rescatar; y que quien ha tenido la fortuna de escapar de las garras del desempleo espera que el trabajo le dure al menos tres meses y que el líquido a percibir exceda al menos de mil euros. Con pequeñas variantes en el introito y el estrambote, esta columna podría aliviarnos la tarea doce veces al año. En ocasiones, resulta complicado saber si necesitamos con urgencia unas vacaciones o si la realidad se ha vuelto desoladoramente previsible.