Pelillos a la mar

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Estamos en tiempos de ser correctísimos y quitar importancia a aquellos que incumplen todas las normas y no digamos las leyes. Quim Torra era proclamado ayer lunes presidente de la «Generalidad» –eso si no surge alguna sorpresa de última hora, a la que tan acostumbrados nos tienen los independentistas, una vez redactada esta columna–. Dado lo pintoresco que resulta últimamente acceder a tan relevante cargo, hay que dejar claro que Torra es una especie de presidente consorte. Él mismo reconoce que el auténtico es el que está en Alemania. Tanto es así que ya le han advertido de que el despacho y demás habitaciones privadas del honorable Puigdemont ni se miran, ni se usan ni se envidian. Supongo que le habilitarán el cuarto de la plancha. ¿Qué pasa si en sus discursos de investidura no tiene el menor reparo en afirmar que lo primero que se hará es proclamar la república catalana con negociación o vía unilateral? No pasa nada, pelillos a la mar. Doy por hecho que los tiempos judiciales requieren ciertos actos concretos para actuar, pero si alguien se pone en mitad de la calle diciendo que va a matar a diez personas imagino que por amenazas habrá que detenerlo y no se espera a que cumpla la amenaza. Algo parecido nos pasa a la mayoría de los ciudadanos, que no entendemos que después de dos referéndum ilegales, de declaraciones de independencia, de proclamaciones de la república, de fugas y de declaraciones totalmente sediciosas no ocurra nada. Torra tiene un historial anti español de primerísima fila. Se podría decir que es miembro del Ku Klux Klan (KKK) por su supremacismo dentro de su partido. Si no se puede hacer nada hasta que no se hayan consumado las amenazas, no hace falta ser un fino analista para saber que la nueva aplicación del artículo 155 de la Constitución les pilla con el drama que representan mucho mejor ensayado. Algo falla en este larguísimo serial porque todo va a peor y a los independentistas no les pasan facturas ni las encuestas.