Pollo asado con penaltis

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El escritor Javier González-Cotta, cuyos textos refieren con idéntica pertinencia sobre dos de sus pasiones, Turquía y el fútbol, tiene pendiente un libro sobre la tercera: la combinación entre la cerveza y el galanteo con el sexo opuesto. Recientemente, nos ilustró con un artículo pertinente sobre el Mundial en el que venía a rescatar una tesis que sonaba a Julio Cortázar: todos los mundiales son el mismo Mundial, o sea, el primero que vivimos con plena consciencia. Es verdad que un aficionado memorioso, como el que firma, sería capaz de recitar la composición de todos los grupos, los de la primera y la segunda fase, de España 82, también los resultados de la mayoría de los partidos con sus goleadores correspondientes, pero resulta más llamativo, en materia de recuerdos mundialistas, eso que algunos autores denominan «memoria episódica». Recordamos perfectamente, gracias a este mecanismo, a qué olía la cocina cuando mamá trataba de explicarnos qué era un golpe de Estado la tarde del 23 de febrero de 1981 igual que sentimos aún en las posaderas el cemento ardiente de la grada del Sánchez Pizjuán en la semifinal de Schumacher y Battiston, sabemos con qué palabras textuales anunció el piloto por megafonía el empate a cero contra Uruguay, falló un penalti Rubén Sosa, u oímos con claridad los berridos indignados del amigo granadino a la familia italiana en el entorno hostil de Roma, con la nariz de Luis Enrique manando sangre: «Porco Tassotti». Así, y ya para siempre, el rocambolesco final del partido contra Marruecos y la eliminación a manos de Rusia serán para siempre asociaciones indisolubles a las risas de aquella noche y al pollo asado de aquel mediodía, incluso cuando ni siquiera acertemos a precisar en qué año se introdujo el VAR para acabar con las polémicas arbitrales.