Opinión

Que no vengan

Que no vengan

Mi primo Riccardo y Andrea, su socio, ya tenían el billete de avión sacado antes de que el sorteo terminase. Cuando el bombo uefo emparejó al Sevilla con su Lazio, quedaban cinco eliminatorias por definirse, diez bolitas por salir que tardaron en ver la luz más de lo que ellos en asegurarse plaza en el vuelo que los trae el lunes próximo. ¿Les digo que no vengan? Son «tifosi» acérrimos, nadie vaya a creer lo contrario, pero son sobre todo personas inteligentes que ven en cada partido una oportunidad para entregarse al más variado ocio: final del invierno bajo el sol de Andalucía, alojamiento gratis y una parentela deseosa de agasajarlos... no se irán del todo felices si los eliminan de la Liga Europa, desde luego, pero está claro que el resultado adquiere una importancia relativa cuando otros placeres ya han justificado el viaje. Sucede, sin embargo, que una pandilla de hijos de la gran puta convierte la apacible excursión de Riccardo y Andrea, y de muchos romanos más, tantos como los dos mil sevillanos que andan estos días por Città Eterna, en una aventura no exenta de peligro. Repito, ¿les digo que no vengan? Hace poco más de un año, un estudiante belga estuvo a punto de morir aquí porque cometió el pecado imperdonable de cenar con unos aficionados de la Juventus. La amenaza procede de una organización delincuencial identificada por la Policía, que espera órdenes para impedir que, el martes por la noche, salgan a la caza de todo paseante al que oigan hablar en italiano. A causa de esa relación tóxica entre el fútbol y la política, esas órdenes no llegarán, de modo que los cafres volverán a campar a sus anchas por la ciudad. ¿Digo a Riccardo y a Andrea que no vengan? Porque resulta que tres docenas de niñatos descerebrados consideran muy gracioso propiciar riñas tumultuarias.

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