Literatura

Relatos de andar por casa contados desde un almanaque

l El escritor y poeta Felipe Benítez Reyes agrupa en «Cada cual y lo extraño» sus últimos cuentos

La Razón
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Un calendario no es más que un billete hacia la incertidumbre. A comienzos de enero, en la cima del año, el resto de los meses se ven como una escalera cuyo último peldaño está tan abajo que parece diminuto. No se ha terminado de asimilar este pensamiento cuando el ruido de un matasuegras te saca del ensimismamiento existencial en plena Nochevieja. Se acabó el año. El tiempo es así, caprichoso, y Felipe Benítez Reyes ha jugado con eso, con el tiempo y su calendario en «Cada cual y lo extraño», que acaba de editar Destino en su colección Áncora y Delfín. Doce relatos cortos, doce cuentos que se adaptan a lo habitual de los meses en los que están insertos.

Un almanaque da para mucho y más cuando se le quiere dar un armazón a los relatos, «que en general suelen ser dispersos y se me ocurrió una estructura que acogiese las distintas historias para presentarlos como una suerte de calendario». En la lógica del año, hay meses que son más difíciles que otros. La tristeza con la que se afronta septiembre no es la luminosa alegría de abril después del frío o el sofocante agosto en una orilla atiborrada de bañistas. No es lo mismo. En el caso del libro también hubo algunos «cuyos temas venían más cantados, como enero con los Reyes Magos o el último con la cena de Navidad, pero también otros en los que se debió buscar la manera de encajar los temas con mayor dificultad».

El tono de «Cada cual y lo extraño» se mueve entre el humor sencillo y lo mordaz cuando el lector dobla la esquina de la página y se ve sorprendido en pleno párrafo. Para el autor, estas punzadas de risa son procuradas «para contar cosas que en principio pueden ser terribles. Es un error literario decir cosas terribles con un tono de estar diciendo cosas terribles. Entonces, corres el riesgo de caer en el patetismo o en el tremendismo. Para mí, el humor es un contrapeso a lo que quiero decir, aunque creo que todas las historias que se cuentan son bastante graves, están dichas con una manera que permite el humor para rebajar esa tensión». Por estos relatos, Benítez ha dejado escapar varias gotas del ambiente de Rota, su pueblo gaditano natal, en el que se desarrollan algunas historias. Siempre como un telón de fondo mágico, aunque no se puede decir que se trate de un texto autobiográfico como tal. «Hay cosas que son mías, pero procuro inventar conciencias, imaginarme modos de pensar donde contar historias», sentencia.

La inocencia perdida, la consciencia de la muerte, aventuras piadosas con fines macabros o la volatibilidad de las fortunas son algunos de los temas de estos relatos preñados de personajes de andar por casa a los que les suceden milagros cotidianos asomados al balcón del salón de su casa. Idas y venidas sobre el eje de la vida, jugando con el tiempo desde distintas perspectivas que enmarcan los cuentos. «Mi relación con el tiempo es de verdadera extrañeza, pienso que como todo el mundo. Un día estás haciendo la primera comunión, luego te estás casando y cuando te das cuenta te mueres. En medio de todo eso, uno tiene tendencia a verse como un ser anacrónico en el sentido de que se ve fuera del propio tiempo, porque sólo vemos el tiempo que afecta a lo demás, no a nosotros».