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Tómbola

Hubo un tiempo, cuando Francisco Franco moraba en El Pardo sin momificar, en el que a Josefa Flores González, Marisol en los carteles, le estaba vedada una simple Mirinda en una terraza de cualquier localidad del territorio nacional por temor a desbordamientos de fans de dimensiones beatlemaníacas. Niña prodigio e icono erótico ‘avant la lettre’, la actriz superó los traumas de una adolescencia atroz, devorada por la fama y los depredadores, para reconvertirse durante su primera madurez en una intérprete dramática de fuste a la que sacaron partido realizadores como Juan Antonio Bardem, Carlos Saura o Mario Camus, entre otros. Pero el cine español, reflejo fiel del país, está podrido por el sectarismo cainita y la izquierda, todopoderosa en el ‘diktat’ cultural, despreció a la malagueña hasta orillarla por completo, ostracismo kafkiano que ella ha soportado con dignísimo estoicismo. Pero incluso el ensañamiento progre se mitiga con los años y en enero, en ceremonia que se celebrará en su ciudad, recibirá la artista un Goya honorífico, justo tributo a una inmensa carrera. Bastante han tardado en perdonarle sus pecados, dos especialmente mortales en un mundillo tan singular: una fecha de nacimiento, 1948, que la convierte en cómplice del franquismo desde la cuna, y el haber llenado las salas durante dos décadas. Aquí son mucho más molones esos falsos malditos que resultan ser genuinos acaparadores de subvenciones. Es posible que la influencia de Antonio Banderas, que explota su condición de pope en beneficio de todos con un permanente ejercicio de libertad y hasta de liberalismo, haya sido decisiva en este reconocimiento necesario y tardío a su paisana. Porque la vida, en efecto, es una tómbola y ella llevaba demasiado tiempo mereciéndose este premio que los miserables le negaban.

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