¿Arte+amor+odio =porno?

El Macba acoge la obra de Andrea Fraser en la que ironiza sobre las instituciones artísticas

¡El contexto! Sacado fuera de contexto, todo puede ser ofensivo. Sacados de nuestros contextos, todos seríamos realmente ofensivos. Por ejemplo, un artista muestra en un museo un vídeo de 60 minutos donde se ha grabado a sí misma de forma gráfica en una relación sexual, de principio a fin. Sin ese contexto, una obra así sería una película pornográfica. Ah, pero la magia de ese contexto convierte el porno en metáfora de la prostitución del artista para hacer cualquier cosa para entrar a formar parte de las instituciones del arte. Por tanto, sólo la intención de una obra de arte puede determinar su valor. ¿La obra no tiene valor en sí? Por supuesto, pero el valor en sí mismo de cualquier cosa es pornografía. Señores egomaníacos y narcisistas, sólo sois actores porno.

La artista Andrea Fraser pidió a su galerista que buscase a un coleccionista que quisiese participar en una de sus «performance». Junto a ella, se encerraría en una habitación de hotel de Nueva York y grabaría con él una escena sexual real. Encontró su «artista invitado» y el resultado se puede ver ahora en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba). «Quería visualizar la vieja metáfora que une vender arte con la pornografía, cómo se pueden mezclar los valores artísticos, financieros y personales», comentó esta semana la artista en Barcelona.

El Macba acoge así una retrospectiva de la obra de Fraser, que realiza un juego performático para, desde un punto irónico, repensar la relación de amor/odio entre todos los estamentos del arte. «Me interesa investigar los rituales de reconocimiento y legitimación del gusto y lo hago con obras de arte porque podría mantenerme en la distancia y apuntar con el dedo lo que está bien o mal, pero me parece más interesante trabajar desde dentro y demostrar en primera persona todas las trampas», comenta Fraser, que lleva desde los años 80 creando piezas que sacan los colores a museos, críticos, galeristas, coleccionistas y artistas, pero formando parte precisamente de todos estos grupos, que la han reconocido y legitimado como una de los suyos.

Fraser dejó el instituto a los 16 años y se mudó a Nueva York para intentar abrirse paso en el mundo del arte. Al principio, lo único que hacía era pasar 6 días a la semana en el Metropolitan Museum y allí vio la absurdidad general del mundo del arte. Siempre con humor, y una crítica salvaje, ha conseguido convencernos que la intención de la obra de arte es más importante que la obra en sí. ¡El contexto!