La oficina del escritor

El libro «Proyecto escritorio» nos permite adentrarnos en la intimidad del lugar de trabajo de varios autores

El libro «Proyecto escritorio» nos permite adentrarnos en la intimidad del lugar de trabajo de varios autores.

El mejor secreto de un escritor es el lugar en el que trabaja, aquel espacio en el que nacerá su creación literaria. Ese laboratorio está cerrado al público y de él solamente conocemos su fruto en forma de libro. Jesús Ortega es uno de esos curiosos hombres de letras que ha tenido la buena idea de pedirle a una serie de autores que le envíen imagen de sus escritorios, además de un texto con sus impresiones de ese espacio único. El resultado es un libro fascinante y maravilloso titulado «Proyecto Escritorio» y que acaba de publicar Cuadernos del Vigía. Por sus páginas pasan nombres como los de Fernando Aramburu, Cristina Fernández Cubas, Ignacio Martínez de Pisón, José Luis Merino, Jesús Marchamalo, Carlos Marzal o Luis García Montero, entre muchos otros, quienes permiten que miremos por una imaginaria cerradura sus mesas de trabajo.

Ortega, en declaraciones a este diario, explicó que «el proyecto nace a principios de 2012, pensando en crear un blog con el mismo nombre y que también tenga presencia en redes sociales. En un principio fue planteado a amigos escritores a los que solicité una fotografía de su espacio de trabajo, ya fuera desde una mirada realista o poética. Debían aceptar que se publicaría y enviar un pequeño texto. La respuesta fue entusiasta, muy positiva. Así que me lo tomé muy en serio y amplié el abanico de escritores, una lista que se prolongó hasta mayo de 2013».

El resultado final se traduce en un libro con 77 autores de un lado y otro del océano, poetas, narradores y ensayistas que escriben en lengua española. El volumen viene a ser una exposición de papel, una visita a aquellos cuartos en los que la mesa está presidida por un ordenador, aunque también cabe un cuaderno, lapicero o aquellos fetiches que hacen más cómoda la labor del escritor.

«Hay un aspecto tanto de exhibición como de mirar en este proyecto. Para el escritor es un desnudo en toda regla, algo a lo que se suma que son ellos mismos los que tienen que hacer la foto. Eso hace que los puntos de vista sean de lo más diverso. Por un lado, tenemos a los realistas, con una imagen que es algo parecida a la irrupción en esa habitación. También hay los que hacen que el espacio sea poético, fijándose en detalles. Luego hay casos como el de Ricardo Menéndez Salmón que envió una imagen de un paseo cerca del mar en Gijón. Todo esto hace que el proyecto sea muy rico en matices».

Igualmente podemos encontrar excepciones, como la de Cristina Morales que no facilita fotografía alguna de su escritorio, pero sí un largo texto en el que, como explica Jesús Ortega, «critica el proyecto y me reta a aceptar su texto. Me pareció interesante como excepción y lo hemos incluido en el libro».

Otra de las condiciones es que los autores no se autorretrataran. Pero Raúl Brasca optó por fotografiarse en un bar en el que podemos verlo trabajar mientras, en la mesa de al lado, se juega al dominó. «Yo no quería que aparecieran en el espacio porque no se trata de hablar de ellos sino del lugar en el que escriben. Me gusta la idea de que la ausencia del escritor revele su presencia. Brasca aparece en un bar popular de Buenos Aires con jubilados de fondo y él nos explica que acude allí buscando inspiración. Por todo ello, tenía que entrar en el proyecto, aunque se saltara las normas que le dimos», dijo Ortega.

Hay curiosidades de todo tipo, como José Antonio Garriga Vela que muestra el reflejo de la pantalla apagada de su ordenador. Frente a él están las películas de su estupenda biblioteca, a la que se suman fotografías de Albert Camus, Samuel Beckett, Billie Holiday o Frida Kahlo. Por su parte, Marina Perezagua nos hace mirar al techo, a una escotilla que nos enseña el cielo que la protege mientras está trabajando en un barco.

Otra escritora, Clara Janéshabla de algunos de los tesoros que guarda cerca de ella en una cajita de «tesoros»: una piedra de Wadi Ram, un fósil de Montalbán, una hoja de laurel del Carmen de los Mártires o una estatuilla casi prehistórica que le regaló Ilham Berk. Jordi Doce tiene frente a su ordenador los direccionarios de consulta, pero también un cartel de Audrey Hepburn en «Desayuno con diamantes» y a Obélix meciendo a Idéfix.