No se puede enseñar a escribir, ¿o sí?

Puede que los ateneos y las clases de escritura creativa no sean tan populares como hace una década y hayan perdido un poco el respeto de ciertos autores, pero lo cierto es que los grandes escritores de siempre los celebran

Una de las mentes más claras, irónicas y tiernas a un tiempo de la literatura norteamericana, Mark Twain, autor de los Huckelberry Finn y Tom Sawyer y compañía
Una de las mentes más claras, irónicas y tiernas a un tiempo de la literatura norteamericana, Mark Twain, autor de los Huckelberry Finn y Tom Sawyer y compañía

Puede que los ateneos y las clases de escritura creativa no sean tan populares como hace una década y hayan perdido un poco el respeto de ciertos autores, pero lo cierto es que los grandes escritores de siempre los celebran.

Los escritores son gente rara, ellos mismos lo dicen siempre. «Ya sabes como son los escritores... se crean ellos mismos a medida que crean su obra. O puede que creen su obra precisamente para crearse a sí mismos», decía Orson Scott Card, célebre autor de «Los juegos de Ender», misionero de La Iglesia de los Santos de los Últimos Días, mormón, padre de cinco hijos a los que bautizó como sus escritores favoritos y un tío con las ideas tan claras que aseguró que «destruiría» cualquier gobierno que apoyase el matrimonio homosexual. Está muy bien el ímpetu y la pasión por tus propias convicciones. ¿Cualquiera que estas sean? Sí, claro, hay que entender que los escritores son por definición gente rara. Según Scott Card, escriben para crearse a sí mismos, o sea, legitimar esa rareza. Es posible, pero si es así, mejor alejarse de sus libros pues han sido creados para establecer mormones de ideas fijas y odiadores de la homosexualidad.

No hay duda, los escritores son raros en busca de legitimar y extender su rareza. Por tanto, ¿es posible aprender a escribir a partir de sus enseñanzas o corremos el riesgo de convertirnos en la rareza de otro? «Yo estoy a favor de mantener alejada cualquier arma peligrosa de toda mente estúpida. Y deberíamos empezar por la máquina de escribir», decía el arquitecto Frank Lloyd Wright. Y no, no pensaba en Orson Scott Card, pero está claro que escribir puede ser una arma muy peligrosa precisamente porque legitima toda rareza.

Las clases de escritura creativa abundan y están llenos de alumnos en busca de encontrar eso que llaman «su propia voz». Ocurre que a veces lo máximo que les pasa es que encuentran la voz de cualquier otro. ¿Un loro que repite un poema es un poeta? Si la respuesta es sí, entonces por lógica el poeta sólo es un loro y a los loros, ¡a enjaularlos!, qué demonios, o a la selva. «Yo tengo un objetivo, un trabajo, déjamelo decirlo de esta manera, una pasión. La profesión de escritor es siempre violenta e indestructible», decía George Sand, escritora romántica por excelencia, amante de Chopin, y que convirtió la pasión en su fuerza motriz a la hora de ponerse a escribir.

Porque quién son esos escritores y por qué hay gente que quiere aprender a ser como ellos. Si lo piensas, no tiene mucho sentido. Ya hemos establecido que son raros, pero ¿qué más pueden ser? «Los escritores son personas interesantes, pero perversas y merzquinas», señalaba Lillian Hellman, genial guionista, pareja durante más de 30 años del gran Dashiell Hammett y cuyo nombre significa literalmente «hombre del infierno». Conoció a tantos escritores a lo largo de su vida que sabía de lo que hablaba. Sólo por estadística, está claro que no se equivocaba. Además, ella también era escritora, así que sabía a la perfección lo perversa y mezquina que podía ser.

Porque lo que queda claro es que, por principio, todo lo que queda escrito es verdad, en el sentido que significa exactamente lo que pone. Armas léxicas contrarias como la ironía sólo sirven para legitimar este precepto imprescindible para continuar leyendo lo escrito, que como mínimo lo que ponga tenga significado. «Todo lo que inventas es verdad. Puedes estar seguro de eso. Por ello, la poesía es tan precisa como la geometría», afirmaba Julian Barnes, autor de obras de genio como «El loro de Flaubert» o «Inglaterra, Inglaterra», obras que inventan ciertos mundos paralelos y reales en sí mismos con el rigor geométrico de la poesía. Porque, como él dice, las palabras inventan, pero lo que queda siempre es verdad.

No todas las impresiones de los escritores son negativas, muchos abrazan la rareza, la celebran y quieren servir de consuelo a todos los raros que haya por ahí. «Cuando una persona se convierte en escritor, creo sinceramente que adquiere una sagrada obligación de producir belleza, iluminación y confort a máxima velocidad», señalaba Kurt Vonnegut, autor de «Matadero nº 5» y «Cuna de gato», cuya escritura siempre tuvo esa apariencia de rapidez y fricción, de una casa fría que se calienta al segundo al pasar la primera página.

En realidad, cada escritor tiene sus propias razones de dar sentido a lo que hace, a justificar un acto tan raro, raro, raro como escribir. «El trabajo de un escritor es escribir con rigor, con compromiso, para defender lo que él cree con todo su talento. Es es parte de la obligación moral de un escritor, que no puede limitarse a lo puramente artístico. Creo que el escritor tiene cierta responsabilidad al menos en participar en el debate cívico», señala Mario Vargas Llosa, premio Nobel y autor de novelas de tanta obligación moral que se venden con aspirinas.

No todos tienen principios tan elevados. «El propósito de un escritor es conseguir que la civilización no se destruya a sí misma», decía el autor judío Bernard Malamud, demostrando que algunos incluso tienen principios todavía más elevados. Malamud, autor de «El mejor», «El dependiente» o los cuentos de «El sombrero de Rambrant». Empezó a escribir a mediados de los años 50 y si creemos en sus principios, hay que deducir que es el mejor escritor de la historia porque ha conseguido que en los últimos 70 años la civilización no se haya destruído a sí misma. Han habido sus desastres, claro, pero sin sus libros todo podría haber ido a peor. sus novelas son ejemplos de cómo la cultura y el respeto son básicos para poder convivir todos los días con extraños.

Los hay que sólo quieren poner el ojo en la llaga, mirar la vida en sociedad como un coche que no funciona y señalar lo que se puede hacer para arreglarlo.»¿Ha de tener un escritor un objetivo social? Cualquier escritor honesto está deseoso de convertirse en un crítico de la sociedad en la que vive. A veces, como Mark Twain, Kurt Vonnegut, Leon Tolstoi o François Rabelais, se convierte en un crítico más que duro. Los demás son sicofantes, cortesanos y animadores. Shakespeare no dejaba de ser un sicofante, lo que ocurre es que además era un muy buen poeta», decía Edward Abbey, el hippie medioamvientalista autor de «La banda de la tenaza», que como asegura le gustaba ser duro con la sociedad en la que le había tocado vivir.

¿Shakespeare era un sicofante? Para todos aquellos que hace un minuto no sabíamos lo que era un sicofante, un sicofante era una especie de abogado litigante de la Antigua Grecia que hacía suyas las denuncias de gente que le pagaba por ello y se tiraba al cuello de aquello que le señalaban que tenía que tirarse al cuello. Repetimos, ¿Shakespeare era un sicofante? Si pensamos en «Ricardo III» no hay duda alguna. Los Tudor le recompensaron muy bien para que pusiese de vuelta y media al último monarca de la casa de York. Shakespeare era tan gran poeta que ahora todo el mundo cree que Ricardo III era un villano, un monstruo, un ser despreciable. Porque esa es el poder de la poesía, «todo lo que inventa es verdad».

Claro que hay escritores que defienden que el arte está por encima de cualquier cosa. «La única responsabilidad del escritor es hacia su arte. Será por completo impacable si es uno de los buenos. Tiene un sueño. Le angustia de tal manera que siente que tiene que deshacerse de él. No tendrá paz interior hasta que lo consiga. Todo lo demás se cae por la borda, honor, orgullo, decencia, seguridad, felicidad. Si tiene que robar a su madre para escribir, no lo dudará. Una obra de arte vale más que cualquier número de ancianitas», señala Faulkner y al leer libros como «El sonido y la furia» o «Mientras agonizo», tienes esa sensación, que apaleaba a su madre para conseguir inspiración.

Qué hay de la fama

Claro que muchos escriben por razones más prosaicas, como dejar rastro de sus propias pesadillas. «Desnuda a un escritor, señala sus cicatrices, y te contará la historia de cada una de ellas, incluyendo las más pequeñas. De las grandes se sacan novelas. Es bueno tener un poco de talento si quieres ser escritor, pero el único requisito auténtico es la habilidad para recordar la historia de cada cicatriz... El arte consiste en la persistencia de cada memoria», comenta Stephen King, autor de más de un centenar de libros. ¿Pueden un centenar de libros salir de una única cicatriz? Sólo si cada libro sirve para abrirla y volver a sangrar.

King escribe tanto por una gran razón, porque sabe muy bien por qué escribe, algo que no ocurre muy a menudo. «Las personas calladas tienen las mentes más ruidosas», afirma, Cuando era un adolescente, a King le llamaban el gallina, porque permanecía callado pero moviendo la cabeza en extraños espasmos. El ruido de su mente era tan evidente que una vez se cayó, se cortó la mano y de la cicatriz se oyeron 28 voces. Un genio, sin duda.

Lo que queda claro ante todos los testimonios de célebres escritores es que todos corresponden su idea de escritor a sus propias creaciones. Como decía Orson Scott Card: «Ya sabes como son los escritores... se crean ellos mismos a medida que crean su obra. O puede que creen su obra precisamente para crearse a sí mismos». Todo escritor es a imagen y semejanza de sus libros,por lo que enseñar a escribir según ciertos parámetros es lo mismo que enseñar a ser Vargas Llosa, William Faulkner o Stephen King. Y eso, precisamente, no es enseñar a escribir.

Entonces, ¿no se puede enseñar nunca a escribir? Al contrario, se ha de enseñar a escribir, se ha de enseñar que escribir crea al escritor, no al revés, así que lo mejor es escribirse lo más grande posible, creando genios titantes amantes del posibilismo, o sea, todo lo que es posible, siempre será. ¿Puedes ser un gran escritor? Eso es lo que ha de enseñarse en las escuelas, que por supuesto que puedes serlo.