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Jugarse la paga es una (peligrosa) cosa de niños

Uno de cada diez jóvenes valencianos apuesta al menos una vez al mes. El negocio del juego ha movido en el último trimestre en la Comunitat Valenciana más de 82 millones de euros. Ante este escenario, los especialistas alertan de las consecuencias entre los más vulnerables mientras las administraciones legislan para frenar una tendencia que amenaza a toda una generación.

El Gobierno valenciano le ha puesto cerco al juego con la reciente aprobación de una ley que pretende proteger a los más vulnerables, los menores y los ludópatas, de un negocio que solo el último trimestre sumó 82 millones de euros en apuestas, cifra récord.

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Pero la había saltado hace tiempo cuando informes como los de la Conselleria de Sanidad advirtieron tendencias como que más de la mitad de los jóvenes ha jugado en alguna ocasión -vía internet o de manera presencial- o que un diez por ciento lo hacía al menos una vez al mes.

No existen datos concluyentes que demuestren si existe un perfil prototipo que distinga a los jóvenes que llegan a la adicción de los que no lo hacen. «Lo que sí sabemos es que suele tratarse de un varón que domina la tecnología y que juega sobre todo a apuestas deportivas, casino ‘online’ (especialmente ruleta) y ‘póker online’». Lo cuenta Rosa Sierra, especialista en adicciones que trabaja en una Unidad De Conductas Adictivas.

Los más jóvenes -entre los 14 y los 22 años- juegan en su mayoría a apuestas deportivas, y siempre se inician en el grupo de amigos. Esta característica, la participación en grupo, podría ser considerada como la principal diferencia entre el juego en adolescentes y adultos.

«Esta forma de jugar puede retrasar la detección de una ludopatía. Los jóvenes asocian que jugar en grupo no es comparable al tipo de juego que puede realizar una persona con ludopatía, pese a que pueden pasar mucho tiempo jugando o apostar con el objetivo de un beneficio económico y no por la diversión implícita en el juego». En los adultos, además, se da una mayor probabilidad de comorbilidad con otras adicciones (alcohol 40 por ciento), y juegan sobre todo a tragaperras y bingo presencial.

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«Como el resto de drogas (y otros comportamientos humanos) el juego incide en un sistema cerebral, en el que están implicadas varias estructuras, conocido como circuito de recompensa, donde actúa un neurotransmisor llamado dopamina, que es el responsable de que los humanos sintamos placer. El que juega siente placer cuando gana, una gran sensación de activación psicofisiológica, pero también mientras está en proceso de juego. El premio induce euforia y aumento de la autoestima. Por eso los nuevos juegos (apuestas, ruleta online, etc.) están programados para inicialmente devolver mucho dinero, puesto que este factor es determinante a la hora de generar adicción».

La especialista explica que, además, existen otros factores relacionados con la adolescencia, como que empezar a jugar significa iniciar la transición a la vida adulta, la competitividad en el grupo o la búsqueda de nuevas sensaciones.

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«Que no se olvide, sin embargo, que el factor más importante que mantiene el juego cuando empiezan los problemas, no es el placer, sino la necesidad de recuperar las pérdidas».

¿Cómo puede evitar la familia que caigan en esta adicción? «Cuidar los valores que trasmitimos en relación al juego y la importancia de lo material. Si el juego se considera una forma de ganar dinero sin objetivo de disfrute con el juego en sí, la probabilidad de adicción es mayor. Tenemos que estar atentos al dinero del que disponen nuestros hijos y ser coherentes y consistentes en nuestra forma de dárselo.

También es importante facilitar la comunicación con ellos, así como enseñarles a manejar el estrés y promover el acceso a estilos de ocio saludables».

Como señales de alarma más comunes apunta la irritabilidad, los cambios bruscos de humor, la dificultad para concentrarse, la demanda excesiva de dinero o las conductas no habituales para conseguirlo (como vender sus cosas o las de la familia, pedir prestado al entorno...) o tener deudas sin explicación lógica. También pueden darse cambios en patrones de sueño o la alimentación, problemas en el rendimiento escolar, estado de ánimo decaído, mentiras, el abandono de actividades que le gustaban (ocio, deporte) o pueden dejar de frecuentar a su grupo de amigos habituales, aislarse. En ocasiones también padecen síntomas físicos difusos (dolor de cabeza, problemas estomacales...).

La psicóloga no duda a la hora de afirmar que uno de los factores de riesgo implicados en el desarrollo de la ludopatía es la accesibilidad a los juegos de azar, así que la proliferación de salones de juego aumenta la exposición al estímulo desencadenante del deseo de jugar.

«Es muy complicado en algunos barrios intentar evitar pasar por casas de juego para disminuir el nivel de ansiedad que provocan a la persona adicta».

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Por otra parte, muchos jóvenes recurren a los salones de juego como lugar de ocio, ver deportes, tomar algo (siempre hay uno cerca, las consumiciones son baratas y a veces gratis y retransmiten todo el deporte que se te ocurra). Esta cultura de ocio asociado al juego normaliza la conducta de jugar y favorece la patología, además de retrasar la detección del juego patológico». Por todo ello se muestra convencida de que «si no conseguimos cambiar esta cultura de ocio unido al juego entre nuestros adolescentes, aumentará la incidencia del juego patológico con total seguridad también en adultos en los próximos años». Pero manifiesta un claro optimismo al afirmar que todas las adicciones son recuperables y que, afortunadamente, en la Comunitat Valenciana existe una buena red pública de tratamiento en adicciones (Unidades de Conductas Adictivas) donde se trata de hacerles entender que el juego no es una cosas de niños.