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La teoría del origen íbero del valenciano no niega la unidad de la lengua

Los íberos no procedían de África y realizaron su expansión desde Cataluña hasta Almería

  • El Rey Jaume I nos «libró» del yugo musulmán, pero los valencianos le entendían cuando llegó cuando llegó
    El Rey Jaume I nos «libró» del yugo musulmán, pero los valencianos le entendían cuando llegó cuando llegó

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22 de julio de 2013. 00:20h

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22/7/2013

VALENCIA– La teoría del «sustrato» que alude el PP en su Proposición no de Ley -en la que reclama a la Real Academia Española que vuelva a la definición del valenciano como lengua de los valencianos que aparecía en el Diccionario de 1959- no niega en ningún momento la unidad de la lengua catalana/valenciana. Más aun, recupera la teoría de las «repoblaciones» aunque para concederle su autoría a los íberos, varios siglos antes de Cristo, y no al Rey Don Jaime en el siglo XIII.

El estudio más importante que está en la base de la Proposición no de Ley impulsada por el diputado Rafael Ferraro, es de Xaverio Ballester, catedrático de Filología Latina de la Universitat de Valencia, bajo el título «Del latín-ibérico al romance valenciano/catalán», en el que amplía un artículo publicado en el volumen «Del llatí al romanç, com hem emplenat el buit», editado por J. Morán y publicado por el Institut d'Estudis Catalans.

La teoría, discutible como todas, no es acientífica sino que está profusamente documentada por el profesor Ballester y con una extensa aportación bibliográfica. Tampoco es un excéntrico alegato al secesionismo lingüístico, como ha criticado la oposición.

El estudio recupera la teoría del sustrato, que ha estado presente en teorías filológicas de diversos autores como Badia i Margarit o Coromines.

Precisamente la teoría sorotáptica de Coromines es de las primeras que se analiza en el estudio para concluir que «entre las muchas razones de estricta índole lingüística para promover el olvido del fantasma lingüístico sorotáptico en la concepción de Coromines, citemos al menos el hecho de que bastantes de las clásicas voces sorotápticas, cuales avenc o balma, han resultado no ser otra cosa que celtismos». Además, dice que si la cultura de los «campos de urnas» hubiera aportado una lengua, ésta no hubiera sido indoeuropea sino íbera.

Sí le reconoce a Coromines el mérito «del gran etimólogo catalán fue poner sobre el tapete la existencia de un fondo lingüístico indoeuropeo en el catalán y demás hablas del Levante peninsular».

Otro «prejuicio decimonónico» que refuta el profesor es «el de que los íberos procedían de África» y aboga por un origen septentrional.

Afirma el estudio que «en la zona de posterior emergencia del llamado catalán oriental encontramos un número considerable mayor de etnónimos que en la zona de posterior emergencia del valenciano y del catalán occidental. Es este también otro detalle que apunta a una más antigua y densa población ibérica en Cataluña vella. En este sentido, la única repoblación con repercusiones lingüísticas para la Comunidad Valenciana tuvo lugar probablemente en tiempos de los íberos».

Y añade que «una cultura agrícola como la ibérica estaba sobremanera interesada en la adquisición o conquista de territorios de buen clima y de mejor irrigación lo que fácilmente explicaría la llamativa cuña de penetración ibérica desde la costa mediterránea y que en época histórica encontramos en tantas cuencas fluviales y notoriamente en el Ebro». Concluye por ello que los románicos catalán y valenciano serían primariamente el producto de la mezcla del latín y del ibérico y que «sería ésta la primera coición de la lengua, quizá no la más importante y no, desde luego, la única, pero quizá sí la más idiosincrásica, la más singular, pues, aunque el latín se mezcló con otras muchas tradiciones lingüísticas, muy probablemente solo lo hizo con el ibérico en las tierras del Levante español».

Cita a Germá Colón en el sentido de que «sería casi inverosímil admitir la asimilación del catalán a valenciano solo por el hecho de la Reconquista, si no confluyeran otros determinantes más categóricos» y añade citando al mismo autor que «no hay bastante con la teoría de la reconquista para explicar la gran diferenciación dialectal de la lengua catalana».

Dice Ballester que los últimos estudios arqueológicos y filológicos hacen coincidir las fronteras de la lengua ibérica con los vernáculos románicos de la zona y determina la cristalización de dicha cultura entre los siglos VI y I a.C.

«Esta reubicación del territorio verdaderamente iberofónico supone un cambio de perspectiva pues hasta hace solo unos pocos años se consideraba que la lengua ibérica tenía su histórica patria ancestral en las zonas más meridionales de España. Hoy, en cambio, sabemos que en época histórica grecorromana la lengua ibérica resulta la genérica, auctóctona, original y exclusiva del territorio donde siglos más tarde aparecerán el catalán o el valenciano».

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