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150 años dando las campanadas

El reloj más famoso de España está de aniversario y, como cada año, se encuentra a punto para restransmitir el último minuto de 2015 el próximo jueves.

  • Jesús López se encarga de la puesta a punto de los históricos engranajes para que nada falle, no sólo la noche del 31, sino durante todo el año
    Jesús López se encarga de la puesta a punto de los históricos engranajes para que nada falle, no sólo la noche del 31, sino durante todo el año / Gonzalo Pérez
  • Gonzalo Pérez 22 de diciembre de 2015 reloj de la comunidad de Madrid
    Gonzalo Pérez 22 de diciembre de 2015 reloj de la comunidad de Madrid

Tiempo de lectura 4 min.

26 de diciembre de 2015. 23:09h

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Wenxian Ying.  26/12/2015

Como cada Nochevieja, las agujas del reloj de la torre de la Real Casa de Correos marcarán el comienzo de un nuevo año. Pero en esta ocasión las campanadas llevarán sintonía de aniversario, ya que se cumplen 150 años desde que fue donado por el relojero José Rodríguez Losada a la reina Isabel II en 1866. Un especial regalo como el que hacen Jesús López Terrades, Pedro Ortiz y Santiago Ortiz a todos los madrileños al lograr que esté en servicio cada día del año.

La importancia del reloj de la Puerta del Sol, o como era conocido en la antigüedad, de «la Casa de la Gobernación», se debe a la tradicional y multitudinaria congregación de gente que la noche de fin de año se acerca hasta allí para dar la bienvenida a un nuevo año. Entre otros factores, la altura considerable a la que se sitúa el reloj permite que los asistentes de la céntrica plaza puedan comerse las 12 uvas de la suerte. El ascensor de la Real Casa de Correos permite subir tres plantas, pero no es suficiente para alcanzar el reloj. Así, los pasos del relojero Jesús López continúan a una sala con unas escaleras de caracol a dos alturas. En la primera altura está en funcionamiento un hipnótico péndulo que se balancea cada segundo. Una escalinata más arriba, cuatro paredes de un tono anaranjado rodean la clásica maquinaria de un reloj de torre del siglo XIX. «Esta torre era mucho más baja en sus orígenes y fue reconstruida a principios del siglo XX, de modo que se adaptó a las necesidades estructurales del reloj» explica Jesús. Así, cuatro esferas semitransparentes con la opacidad suficiente para que la luz traspase hasta el interior, se insertan en cada una de las paredes. Fijar la vista en la maquinaria requiere una concentración especial debido al cúmulo de engranajes y piezas que la conforman; el contraste de piezas doradas y plateadas consiguen trasladarnos a épocas pasadas.

Un martes cualquiera a primera hora de la mañana, Jesús coge una palanca que inserta en una pieza y comienza a girarla, como si «diera cuerda» al aparato. Entrecomillado porque, como asegura Jesús, los antiguos relojes de torre cargaban las poleas con una manivela. En torno a estas poleas se enroscaba una cuerda de la que a su vez colgaban unas pesas, de forma que si el relojero no recogiera las pesas al final del día, el aparato dejaría de funcionar. Sin embargo, la correa se sustituyó posteriormente por engranajes. Y esos engranajes son los que dan vida a la máquina de la Real Casa de Correos: cada sesenta segundos una palanca impulsa la de los minutos, que asimismo cada sesenta minutos mueve el engranaje de la hora. Aunque «el funcionamiento de los relojes de esta época en adelante no responden a esta expresión sí hay que subir las pesas. Eso sí, ahora se hace cada semana, porque si se encuentran abajo el reloj dejaría de funcionar», explica.

Encargados de mantener viva esta extraordinaria pieza de 1866, Jesús y los hermanos Ortiz, además, tienen que supervisar los engrasadores y los cables, por si alguno requiere ser sustituido, la precisión –mediante la comparación con un medidor del tiempo que funciona con GPS, para una mayor exactitud– así como los transmisores, que traducen los movimientos de cada engranaje a la vista humana, o las agujas que se mueven por la esfera marcando la hora. «Cualquier pieza es esencial», aclara Jesús, «de modo que el fallo de cualquiera de ellas supondrá que el mecanismo no funcione. Si se rompe una pieza nos veremos obligados a desmontarlo completamente». Y eso fue lo que ocurrió en los años 90. Pues la reconstrucción del edificio que se llevó a cabo obligó a despiezar el reloj en su totalidad. «Pero desde 1997 que está en nuestras manos se ha conservado el mayor número de piezas posibles. De hecho un 90 y mucho por ciento de las piezas que tienen son las originales», afirmó Pedro Ortiz.

Si el objetivo de la relojería se ha basado en la búsqueda de la precisión, esa es una de las características que hacen a esta máquina tan especial. Según expuso Pedro Ortiz «se trata de un reloj que muestra una exactitud extraordinaria, tanto es así que a diferencia de otros muchos, sólo se retrasa cuatro segundos al mes».

Para que todo esto sea posible hay que ser constante y acudir a la torre todas las semanas. «Si lo dejáramos todo para el último día sería un poco arriesgado», aseguró Pedro. La cercanía del 31 de diciembre no es para estos relojeros un motivo de cambio en sus agendas ya que el mantenimiento del reloj es una tarea que hay que desarrollar durante todo el año y al parecer, como clave del éxito funciona.

En el clásico «Principito», Saint–Exupéry expresaba que «lo esencial es invisible a los ojos» y es lo que ocurre con estos artefactos casi perfectos. Muy pocos conocen todo lo que se esconde más allá de la esfera y las agujas, aunque es verdaderamente lo que da vida a los relojes. Sin embargo, no es menos cierto que los pocos que conocen son grandes profesionales. Así, la calidad extraordinaria de esta pieza y su mantenimiento han permitido que este aparato llegue a cumplir este año su 150 aniversario, y los que le quedan.

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