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Así vivió un policía el tiroteo de Juanín: “El miedo se apodera de tí”

Relato policial del tiroteo de Aranjuez

  • Varios policías custodian la vivienda en la que se produjeron los hechos
    Varios policías custodian la vivienda en la que se produjeron los hechos

Tiempo de lectura 4 min.

14 de junio de 2019. 11:14h

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Belén V. Conquero 14/6/2019

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Lo que ocurrió el domingo pasado en la calle Victoria Kamhi de Aranjuez aún está muy presente entre los diferentes cuerpos de Policia que acudieron al suceso. Uno de ellos, A.T., ha recordado en una carta cómo vivieron el tiroteo que terminó con la vida de dos mujeres: Montse, de 23 años, y Lisette, de 35. Su ex cuñado, Juanín, las disparó con una escopeta de caza desde la ventana, a ellas y a su madre que se recupera en el hospital.

El agente inicia su relato: “Domingo. 21: 40 horas, mi compañero y yo nos disponemos a realizar la última batida de la tarde para finalizar el servicio y volver a casa, pero el destino entra de forma descabellada”. Juanín, ahora en la cárcel, había iniciado su ventana. “La voz desgarradora de mis compis nos hace temer lo peor. Varias víctimas en el suelo y los nervios se apoderan de mí”, prosigue. “Solo una cosa me viene a la cabeza: saca la pistola. Ha llegado uno de esos momentos que no desearía nunca”.

"El miedo se apodera de mí"

Describe cómo, al llegar al lugar se encuentran con otros compañeros, “arrastrando a una víctima por el suelo en un charco de sangre”, la otra, es auxiliada por sus familiares que la meten en un coche para trasladarla rápidamente al hospital. “Sólo corremos, corremos para apoyar a los compañeros”, pero reconoce que la escena se ha convertido en un caso: “Hay niños, hombres, ancianos y mujeres que no saben qué hacer y el miedo se apodera más de mí”. En ese momento de completo desconocimiento, “no sabes si es uno, si son dos, diez... si es una pistola o una escopeta. Solo quieres ayudar”.

“¿Ahora qué?¿a dónde voy?”

Entonces localiza a la tercera víctima, “está herida en una pierna, no puede moverse, pide ayuda”. El agente la cogió y la llevó a un lugar que considera seguro. De su herida, “no para de emanar sangre y pongo en práctica mis conocimientos de primeros auxilios”. “Todo va a salir bien”, le dice A. T.. Busca tranquilizarla. Una vez controlada la hemorragia, le pide a uno de sus parientes que se quede con ella. Y, “¿ahora qué?¿qué hago?¿a dónde voy?”, se pregunta el policía. Miembros de la Policía Local están apostados en las columnas y acude a apoyarles. El desconcierto está latente. Nadie sabe qué ha ocurrido.

Por fin, por el relato de los vecinos que están en las terrazas, comprenden que “Juanín se ha vuelto loco y ha disparado con una escopeta a la gente”. El agente conoce al presunto asesino. Es el mismo que, “años atrás, decía que antes de dejarse coger por un madero se lo lleva por delante”. Localiza el balcón desde el que ha efectuado los disparos y, con el arma empuñada, aguarda por si decide volver a disparar. Los nervios son evidentes: “La mano te suda, la pistola se te escurre, la bajas, para limpiarte la mano rápidamente para volver a subirla”, reconoce. Le rodean sus compañeros, “te sientes seguro, arropado, pero sabes que el peligro acecha en cualquier momento”.

“Rezas para que no vuelva a sacar el cañón”

Inician la negociación para que el tirador desista. “Le gritas que tire la escopeta y salga con las manos en alto. Él no contesta”. Los familiares de las vícimas siguen en la escena, corren, “hay niños en la línea de fuego y decides abandonar tu mundo seguro para proteger a ese niño”, aunque, “te expones a una muerte casi segura si decide volver a disparar. Pero eso no importa”. Mientras, otros compañeros deciden entrar en el portal para subir a la casa donde esá atrincherado Juanín, para ve si depone su actitud. A. T. mantiene la mirada fija en la ventana desde la que se efectuaron los disparos. “Solo rezas que no vuelva a sacar el cañón de la escopeta y todo el cuerpo se tensa”.

Rendición

Finalmente, logran hablar con él, “tiene mucho miedo. De las represalias de los familiares, de que le maten...”. Y sale del domicilio, “ha abandonado su locura, decide rendirse”. Le escoltan un grupo de policías que le meten, rápidamente, en un coche patrulla. Y, por fin, “llega la calma, tus brazos se relajan y bajas el arma. Parece que todo ha terminado, pero la familia de las víctimas le ve salir y se acercan como una marabunta”. La situación vuelve a desbordarse. “Hay tanta gente que, prácticamente te arrollan”, pero él se mantuvo firme.

“Tus compañeros están ahí, codo con codo”

Por fin llegan los antidisturbios, los sanitarios... y la situación se controla. “Entonces tu cuerpo llega a su fin, caes de rodillas por la tensión y los compañeros se acercan, te tocan el hombro. Los mismos que han estado ahí durante los últimos 120 minutos”. Se miran, “sonríes, hemos conseguido que la locura de un ser malvado no vaya a más”.

El agente realiza una reflexión final antes de agradecer la rapidez de los antidisturbios, de los compañeros de la sala de control y de “mis compañeros de faena”: “Esta situación me ha hecho ver que, aunque me sienta solo y atemorizado ante una situación de peligro, tus compañeros están ahí, contigo, codo con codo. En las buenas y en las malas”.

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