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Educación especial vs ordinaria: Rodri sí, Nico no

Los dos quieren seguir en su colegio de educación ordinaria, pero las valoraciones «de media hora» que les han hecho no han sido favorables. El apoyo o no del centro ha sido clave para «condicionar el resto de su vida».

  • Rodri, a la derecha, va al mismo cole que su hermana y es el alma de la clase. Nico, a la izquierda, lleva casi un mes en casa, aprendiendo con sus padres. Lleva escayola y en su cole dicen que no tienen medios para atenderle. Fotos: Jesús G. Feria/Alejandro Olea
    Rodri, a la derecha, va al mismo cole que su hermana y es el alma de la clase. Nico, a la izquierda, lleva casi un mes en casa, aprendiendo con sus padres. Lleva escayola y en su cole dicen que no tienen medios para atenderle. Fotos: Jesús G. Feria/Alejandro Olea

Tiempo de lectura 8 min.

13 de abril de 2019. 23:23h

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Belén V. Conquero 13/4/2019

Rodri y Nico no se conocen. Tienen la misma edad, seis años. Son dos culos inquietos. Y los dos tienen un cromosoma extra, el 21. Sus ojos rasgados denotan que tienen síndrome de Down. Ambos van a colegios ordinarios y les toca dar el salto a Primaria. Sin embargo, mientras el primero va a seguir jugando con sus compañeros del Sagrado Corazón de la capital, Nico va a tener que cambiarse del colegio público donde estudiaba hasta ahora, el Fuente del Palomar de Alcorcón. «No nos ha quedado otra opción que pasar a la educación especial concertada», afirma resignada su madre, Laura.

El problema tanto de Laura como de Bárbara (madre de Rodri) empezó hace unos meses, cuando sus hijos debían pasar una prueba de valoración para saber si podían seguir cursando primero de Primaria en el centro ordinario en el que estaban desde Infantil. «Va a ser un mero trámite», le dijeron en el centro a Bárbara. Y así lo creyó. El día concertado, el equipo de valoración «se reunió con Rodri unos 40 minutos». La sorpresa llegó al salir. «Su hijo no llega al nivel para seguir en la ordinaria y debe cambiarle a un centro especial». Así le dijeron que debía sacar a su hijo de su zona de confort. ¿Por qué? No había superado el test que le habían realizado, «según su criterio y no llegaba al 50 por ciento de cociente intelectual que ellos consideran adecuado para seguir en integración me dijeron», explica Bárbara con indignación. Lo que más le preocupaba es que su hijo es muy feliz en el colegio en el que estudia y, según los informes de la fundación a la que acude desde que nació, su evolución este último año ha sido especialmente buena. No entendía que una prueba de media hora le obligara a cambiar de centro, de profesores, de amigos... «No está adaptada a menores con discapacidad y no se dan cuenta de que esto condiciona el resto de la vida de mi hijo».

El test que le realizaron a Rodri, el WPSSI–III, «no tiene en cuenta si el menor al que se le hace tiene una discapacidad o no. Es una prueba que no se ajusta a la problemática de las personas con síndrome de Down, básicamente porque se centra en el área verbal (el gran talón de Aquiles de estos niños) y el manipulativo que incluye mucha figura abstracta que tampoco les favorece mucho», ya que «les cuesta muchísimo asimilar conceptos abstractos». A todo esto se suma que la prueba requiere una velocidad de procesamiento. Miden tiempos para encontrar figuras, por ejemplo, lo que «para una persona con discapacidad intelectual se convierte en una bomba de relojería porque es casi imposible que pueda darte una imagen objetiva real de sus capacidades», insiste la madre del pequeño. «Le pidieron que buscara siete muñecos en diez segundos. Lo imposible».

Lo que realmente indignó a su madre es que el futuro de su hijo se viera condicionado por un test no adaptado y prescindiera de las opiniones de los profesionales que le tratan. «¡Era surrealista, me negaba a aceptar eso!». Por eso, Bárbara no se achantó, todo lo contrario, decidió que iba a pelear con uñas y dientes para conseguir que su hijo siguiera en el centro al que cada mañana acude con una sonrisa. «Le di a la valoradora los teléfonos de sus terapeutas y profesores para que les confirmaran que Rodri está integrado, que juega con sus amigos como uno más y que, aunque aprende a su ritmo, este año ha mejorado mucho».

Desde Down Madrid también se pusieron en contacto con la directora del colegio y con el equipo de valoración de la Comunidad de Madrid para intentar frenar la decisión de mandarle a enseñanza especial. «Si yo viera que mi hijo no está contento, que no avanza, optaría por una educación más individualizada, pero no es el caso. En su clase le adoran, es uno más, es un ejemplo de integración», sostiene su madre.

Tres semanas más tarde, la valoradora de la Comunidad volvió a ponerse en contacto con Bárbara. Le envía por correo un test de comportamiento social para poder tener una visión completa. Se llama Abas II. Consta de 12 páginas y está dirigido a escolares de entre 5 y 21 años. «Cuando lo vi no lo podía creer. Sabía que con la edad de Rodri no iba a poder ni rellenar una hoja, pues las preguntas no se corresponden a su edad madurativa». Y es que la prueba, como ha podido comprobar LA RAZÓN, plantea preguntas como: ¿pide consejo a otras personas sobre dónde comprar?, ¿encuentra y utiliza un teléfono público? o ¿reserva entradas con antelación para actividades como, por ejemplo, conciertos o eventos deportivos? Bárbara se negó a cumplimentar la prueba: «La edad madurativa de mi hijo, como marca su informe, es de 4,8 años, por lo que no llegaba ni al mínimo para realizar este test», argumentó ella. «Creo que con esto lo único que intentan es justificar su decisión de enviar a educación especial a los niños con síndrome de Down», asegura. Por suerte, desde el Sagrado Corazón le han mostrado todo su apoyo y, por eso, tras aprobarse una resolución de la Comunidad el pasado 29 de marzo, «parece que la decisión va a depender del equipo de orientación del cole, por lo que todo apunta a que podrá seguir estudiando en el mismo centro», dice Bárbara exultante. Nico no ha tenido tanta suerte.

En el centro público al que acude no hay orientador, cada quince días va uno de la Consejería para evaluar a los menores. «A principio de curso nos reunimos con ella y, sin conocer a Nico, nos recomendó que fuéramos viendo colegios de educación especial, sin hacerle ninguna prueba», explica Laura, la madre del pequeño. A lo largo de los dos primeros trimestres, estuvo con la orientadora 20 horas y, dentro de este tiempo, se incluyen las tres pruebas que hicieron. Tras esto, «me reuní durante 45 minutos con ella y sólo me dijo todo lo que no sabe hacer mi hijo. Y es que las pruebas que le realizaron eran todas verbales, su punto débil, ninguna con pictogramas», denuncia su madre. El principal escollo que ha tenido Laura es que, al contrario que el cole de Rodri, en el de Nico, asegura, no le quieren. «No apuestan por él». El director del centro «nos ha dicho que necesita 20 horas de apoyo, cuando sólo se le están dando siete. Quiere que tenga un profesor dentro de clase sólo para él e insiste en que no tiene recursos». Para ellos, «todo el problema es tu hijo, no que no se destinen los recursos necesarios para que pueda integrarse en el centro». En lo que no piensan desde el Fuente del Palomar es que «mi hijo es feliz en este cole, que sus amigos vienen a sus cumpleaños, que está integrado. No habla bien, pero tiene su forma de relacionarse».

A Laura no le han dado alternativa: «Nos vamos a especial porque en ningún otro centro público de Alcorcón le quieren». Ha optado por un centro especializado concertado, pero el final de este curso tampoco está siendo fácil. A Nico le operaron de la rodilla a principios de marzo y, desde entonces, no ha podido ir a la escuela. Lleva la pierna escayolada y debe moverse en silla de ruedas. «Cuando se lo comenté al director me dijo que no tenía personal para empujarle». Laura se quedó atónita. Solicitó enseñanza a domicilio, pero «como es lógico, tienen prevalencia los niños en tratamiento oncológico», así que el pequeño lleva más de un mes en casa, donde sus padres intentan convertirse en profesores improvisados. Esperan que a la vuelta de vacaciones se pueda reincorporar. Sólo hay una espinita que le ha quedado clavada: «No busco la inclusión por la inclusión, si no que le den la posibilidad a Nico de demostrar si funciona o no en Primaria. Nos han negado esta oportunidad».

La suerte está en el valorador

Y estos dos casos no son los únicos. «Tenemos claro que cada equipo de valoración tiene su propia visión, por temas ideológicos o por limitación de medios, y que por eso algunos padres pueden tener más suerte que otros», sostiene José María Escudero, presidente de la Plataforma Inclusiva Sí, Especial También. Todo esto choca con la idea que tienen desde Cermi y otras instituciones de promover, exclusivamente, la educación ordinaria. «Es un modelo para el que los colegios no están preparados como demuestran estos casos que vivimos cada día».

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