El «boom» de los pisos patada

Carabanchel se ha convertido en las últimas semanas en el nuevo paraíso de los «okupas»

Una de las viviendas de Carabanchel que los vecinos han tapiado para evitar la entrada de «okupas»
Una de las viviendas de Carabanchel que los vecinos han tapiado para evitar la entrada de «okupas»

En numerosos barrios del sur de la capital, como Carabanchel, Villaverde, La Latina o San Cristóbal de los Ángeles, el elevado desempleo, una inmigración muy superior a la del resto de la ciudad y los frecuentes desahucios de los últimos meses han disparado un fenómeno que mantiene en vilo a los vecinos: la ocupación de viviendas. En algunos enclaves, son pocas las calles que no «sufren» a estas alturas alguno de los conocidos ya como «pisos patada». El procedimiento se repite una y otra vez: una familia es desahuciada, la entidad bancaria no consigue venderla y, al poco tiempo, es ocupada de forma ilegal.

Hace algunos meses, el fenómenos despertó todas las alarmas entre los ciudadanos de San Cristóbal de los Ángeles. Cerca de medio millar de domicilios alquilados al margen de la ley llegó a haber de forma simultánea en este barrio de Villaverde, según los cálculos de las Asociación de Vecinos. Su presidenta, María del Prado de la Mata, que además es concejala de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Madrid, cree que la movilización de los vecinos ha propiciado que el problema vaya poco a poco a mejor. En algunos casos, familias, en su mayoría rumanas o gitanas, dan la patada en la puerta de una vivienda y entran a vivir. Otras veces, los nuevos inquilinos pagan un alquiler a una mafia que se lucra con los desahucios. «Muchos cobran una renta, pero otros directamente cambian el bombín de la cerradura y venden la llave por unos 2.000 euros. El precio que se paga también depende del estado en el que se encuentra la vivienda», asegura la concejala. En algunos casos, familias o parejas que son desahuciadas deciden ocupar un piso en ese mismo edificio, aunque, según María del Prado, se trata de una minoría ya que «la gente cuando tiene que abandonar su casa no tiene ganas de volver a sufrir y pasar por lo mismo».

La aparente mejoría que ha experimentado en este terreno San Cristóbal de los Ángeles es inversamente proporcional a lo que sucede actualmente en Carabanchel, en el entorno de la calle Vía Carpetana. «Los vecinos no aguantan más», asegura Conchi, de la Asociación de Vecinos Amigos del Canódromo. De hecho, se están planteando crear patrullas ciudadanas para controlar que nadie entre a vivir en una casa que no sea suya.

La consecuencias más visibles de los «pisos patada» han degradado la convivencia en estas calles. Más robos, más agresiones y un mayor clima de inseguridad son el pan de cada día de aquellos que viven o tienen que atravesar determinadas vías. Es el caso, por ejemplo, de la calle Gallur, situada en La Latina aunque casi lindante con Carabanchel. Allí, en los números 93 y 95 viven ahora varias familias de origen gitano. «Hay decenas de niños. Ellos aseguran que están escolarizados y seguramente el trámite lo han hecho, pero lo cierto es que si uno se da una vuelta por aquí a las once de la mañana, todos los chiquillos están en la calle», subraya una vecina que vive cerca de este punto. El entorno de estas dos viviendas se asemeja mucho al de un barrio fantasma: las persianas permanecen bajadas, ningún viandante en los alrededores y es difícil encontrar un solo coche estacionado cerca. «Si alguien se atrevía a aparcar, se subían encima y lo destrozaban», denuncian los vecinos. En la plaza situada junto a estas dos viviendas, las familias «okupas» llegaron a improvisar durante semanas su lugar de trabajo. Allí cortaban y organizaban la chatarra para su posterior venta. «En estas casas bajas vivían dos familias muy honradas. El banco no tuvo problemas en echarlas a la calle y, con éstos, nadie puede a hacer nada», denuncian desde la Asociación de Vecinos. Las entidades bancarias propietarias de las viviendas de Gallur, ofrecen pocas soluciones: «Hoy mismo me han dicho que han iniciado los trámites para poder echarlos, pero todo va tan lento...», subraya Conchi.

Las quejas hacia estos nuevos vecinos son interminables: saltan por los patios, protagonizan disturbios, enganchan la luz de forma ilegal y la mantienen encendida durante todo el día, estacionan enormes furgonetas y camiones colapsando el paso por algunas calles y no dudan en amenazar a los pocos vecinos que se atreven a reprocharles su actitud. Dentro del amplio abanico de viviendas vacías, las promociones de obra nueva que la crisis dejó sin vender son algo así como el trofeo más deseado por los «okupas». Uno de estos edificios, propiedad de un abogado, fue asaltado el pasado puente de la Constitución: «No se ha llegado a vender, rompieron la verja y lo destrozaron».

También grupos de antisistema ligados al 15-M han encontrado en esta zona de Carabanchel el lugar ideal para llevar a la práctica el lema de «un desahucio, otra ocupación». La pasada semana, algunos de ellos repartieron por el barrio periódicos con sus consignas. La alerta corrió de voz en voz entre quienes, aseguran que van llamando de puerta en puerta para saber qué viviendas están vacías «para fijar así sus próximos objetivos».