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Gran Vía: historia de cambios y modernidad

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Tiempo de lectura 8 min.

03 de junio de 2018. 16:33h

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Angel del Río,  Ángel del Río, cronista de la Villa.  3/6/2018

La Gran Vía se diseñó como el gran proyecto de descongestión del casco histórico de la ciudad. Se pretendía que fuera la vía neurálgica en el eje este-oeste. Después de dos proyectos fallidos, se llevó a cabo el que conocemos actualmente. Con el derribo de las viejas edificaciones a principios del siglo XX (312 casas), se liberaba suficiente terreno, para construir lo que iba a ser el escaparate de Madrid, a partir de la primera demolición, que fue la de la Casa del Cura, junto a la iglesia de San José. Alfonso XIII dio el primer golpe de piqueta, el 4 de abril de 1910, y al día siguiente, el periodista y cronista de la villa, Serrano Anguita, firmaba una información sobre éste acontecimiento cuyo titular fue polémico: “Alfonso XIII hinca el pico”.

La Gran Vía estaba a ser destinada el gran escaparate del Madrid del siglo XX. Atraídos por esta previsión, grandes empresas, nacionales y extranjeras, instituciones y marcas comerciales, compraron terrenos para instalar sus sedes, y encargaron los proyectos a los mejores arquitectos de la época. De ahí, y sin pretenderlo, la Gran Vía se convertía en una especia de “museo al aire libre”, con muestras de la mejor arquitectura del siglo pasado. Entre esos modernos edificios, el primer rascacielos de Madrid: el de Telefónica, hasta que años después se levantara el segundo, el edificio España, destronando en altura al primero.

El templete de la estación de Metro

Durante varias décadas, la Gran Vía tuvo un elemento emblemático: el templete de acceso a la estación de Metro, a la altura de la Red de San Luis. Se inauguraba en 1920. Se trataba de la cubierta de un ascensor para bajar y subir a la estación. El templete era de granito, cubierto por una marquesina de hierro y cristal. Una escalera de caracol rodeaba el pozo vertical por el que transcurría el ascensor, que no era gratuito, sino que había que pagar un coste adicional de cinco céntimos por utilizarlo.

Pero a final de la década de los años sesenta, se realizaron en este punto pasos subterráneos para acceder a la nueva línea 5 del Metro, lo que hizo que, en 1970, el ascensor dejara de prestar servicio y el templete se desmontara dos años después.

La Compañía del Metropolitano cedió al Ayuntamiento de O Porriño, ciudad natal de Antonio Palacios, su autor, el templete, que fue instalado en un parque infantil de la ciudad pontevedresa. Durante la década de los años noventa, y dentro de uno de los planes de remodelación de la Gran Vía, se intentó recuperar esta obra para Madrid, pero las gestiones fueron baldías, ya que el Ayuntamiento de O Porriño, no accedió al regreso de esta obra a la capital de España.

Pudo ser peatonal en dos ocasiones

La idea de hacer peatonal de la Gran Vía, no ha sido sólo ocurrencia de la actual alcaldesa, Manuela Carmena. A partir de los años setenta del siglo XX, se convertía en un quebradero de cabeza para la movilidad circulatoria. Empezaron a barajarse ideas para resolver esta situación, que iban desde la reducción de la superficie de las aceras y aumentar los carriles de circulación, hasta hacer un paso subterráneo desde Cibeles hasta la Plaza de España, rápidamente desestimado, porque para salvar la cota de rasante, los vehículos tendrían que ascender y descender en montacargas, debido a la profundidad por la que habría de descubrir el túnel, salvando la red de Metro, las canalizaciones de las galerías de servicio y otros obstáculos.

En la postrimería de la década de los ochenta, pero existió, con anterioridad, un proyecto en firme que no llegó a ejecutarse. Era alcalde de la villa el conde de Mayalde. La Gran Vía se llamaba por aquel entonces, avenida de José Antonio. El regidor andaba preocupado por los problemas de circulación que empezaban a aflorar en una ciudad, por la que entonces transitaban 160.000 vehículos al día. Piensa que es el momento de ir buscando soluciones, sobre todo de cara al futuro que se presumía incierto, y uno de los puntos a resolver estaba localizado en el eje Plaza de España-Cibeles.

El alcalde encargó al ingeniero municipal Paz Maroto, un proyecto para la construcción de un gran túnel que arrancara desde el subsuelo de Cibeles y llegara hasta las inmediaciones de la antigua Universidad de la calle de San Bernardo, con un recorrido subterráneo paralelo al de la avenida de José Antonio. El proyecto se completaría con un aparcamiento bajo tierra de dos pisos en la plaza del Rey, y otro en las cabeceras de las calles de Fuencarral y Hortaleza. Se hicieron los planos, pero fueron condenados al olvido. Nadie dio explicaciones. ¿Elevado coste? ¿Complejidad técnica para la construcción del túnel? ¿Peligro para la cimentación de viejos edificios próximos? No hubo respuesta, sólo olvido.

Varias obras de remodelación

La Gran Vía madrileña ha estado sujeta a varias obras de reformas y remodelaciones. Durante la etapa de Alvarez del Manzano en la alcaldía, se realizaron trabajos de acondicionamiento y ensanche de las aceras, pero sobre todo se tuvo en cuenta la necesidad de que el peatón pudiera transitar de forma más cómoda. Para ello se ejecutó un plan de reducción de los elementos urbanos que había sobre las aceras, especialmente de las señales verticales que abundaban y suponían un auténtico circuito de obstáculos para los transeúntes. Se eliminaron muchas de éstas y también se suprimieron algunos puestos y quioscos.

En la etapa en la alcaldía de Ruíz Gallardón, se puso en marcha la Ordenanza de Publicidad Exterior, que obligaba a la retirada de los luminosos publicitarios repartidos por las fachadas de toda la ciudad, especialmente en el distrito Centro, y de forma muy significativa, en la Gran Vía. Se hizo una excepción con aquellos que, por su historia y carácter popular, formaban ya parte del paisaje urbano y eran como un ornamento más. Se indultaron los del Tío Pepe, en la Puerta del Sol; el de Schweppes, en la Gran Vía; el del BBVA, en el paseo de la Castellana, y el de Firestone, en la calle de O´Donnell, aunque este último sería retirado. La Ordenanza prohibía la instalación de nuevos luminosos en el centro. En 2006, se contabilizaron un total de 120.000 de estos carteles, cientos de ellos en plena Gran Vía.

Ciento diecinueve años después de iniciadas las obras, ha aparecido resto del primitivo adoquinado, después de que, para su construcción, se quitaran 26.365 metros cuadrados, tanto de adoquines como de empedrado.

La Gran Vía ha sido una constante de cambios, reformas y proyectos imposibles. Hasta se llamó de forma distinta: inicialmente el primer plano se denominó Conde de Peñalver; el segundo, Pi y Margalla, y el tercero, Eduardo Dato. Más tarde se unificó en uno toda la avenida: Gran Vía, pero tras la guerra civil, se llamó avenida de

José Antonio, y con la llegada de la democracia municipal, de nuevo Gran Vía.

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