Política

La gran dinamitera

La Razón
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Dura, áspera y resentida. Así la definen sus compañeras en la Asamblea de Madrid pertenecientes a todos los partidos políticos. Bajo esa melena rubia y un indiscutible atractivo personal, Tania Sánchez Melero esconde una personalidad arisca, propia de una chica de clase media a la que sus padres inculcaron un fuerte fervor hacia el Partido Comunista de España, en el que ambos militaban. «Con lo mona que es y lo reseca que está siempre», dicen algunas diputadas madrileñas que bien la han conocido en estos años de vida parlamentaria. Lo cierto es que «la infanta roja», como algunos dentro incluso de Izquierda Unida la llaman, es una mujer de modales rocosos, verbo caústico y, sobre todo, controladora y ambiciosa.

Tania nació en un hogar de profesores muy vinculados a Comisiones Obreras, el auténtico germen de poder del PCE en los años de la Transición. Inquieta y agitadora, estudió en el Instituto público Las Lagunas, en Rivas Vaciamadrid, el municipio rojo por excelencia de la capital. «Era una activista de primera», recuerdan algunos alumnos de la época, que la eligieron delegada de curso y lideresa de una plataforma estudiantil de izquierdas. Allí empezó a forjar su enorme admiración por Dolores Ibárruri, «La Pasionaria», y sobre todo por Rosario Sánchez Mora, una miliciana antifranquista inmortalizada por Miguel Hernández en uno de sus poemas con el sobrenombre de «La dinamitera», por su enorme furia en arrasar todo cuanto no fuera comunista.

De esta figura femenina aprendió Tania el compromiso político, las ansias de poder y el mando estalinista de apartar todo lo que molesta en tu camino. Tras sus años en el instituto, donde aún la recuerdan como «guapa y peligrosa», vivió un tiempo en Suecia. Allí estudió Antropología y comprobó que la socialdemocracia se le quedaba pequeña. Por ello, regresó a Madrid y se matriculó en Diplomacia Social en la Universidad Complutense, formando parte de la llamada «cédula roja», como se conoce al grupo de jóvenes cachorros de estas facultades instruidos por el PCE y Comisiones Obreras. Fue aquí cuando conoció a Pablo Iglesias, entonces asesor de algunos dirigentes del partido, y a Juan Carlos Monedero, un profesor implacable contra quienes no comulgaran con sus designios. «Un hombre terrible si no le caías bien», aseguran.

«Eran estalinistas puros», dicen compañeros de facultad de aquella época al recordar al grupo, hoy flamantes líderes de Podemos. Fervorosos de la Unión Soviética, leían a Lenin, defendían a Stalin y proclamaban su fe comunista. Según quienes bien les conocieron, Tania y Pablo tuvieron un flechazo de pareja. «Ella, guapa y él, provocativo», afirman en el ámbito universitario. Lo cierto es que ambos, con ayuda de algunos dirigentes de IU, entre ellos Gaspar Llamazares, comenzaron a medrar en el partido y Tania se coló en las listas municipales de Rivas Vaciamadrid, hasta ser concejala de Participación Ciudadana. De aquí pasaría a la Asamblea como diputada regional por un partido que ahora deja en manos de Podemos.

Traidora y arribista, dicen veteranos de Izquierda Unida de esta damita rubia, roja y combativa. En su casa de Rivas tiene siempre la puerta abierta para su pareja, Pablo Iglesias, y para su perrita del mismo nombre, Tania, a quien domina con férreo carácter. «Dormimos juntos cuando Pablo no está en Estrasburgo», confiesa la ya nueva lideresa de Podemos, que se ha cargado a veteranos como Gregorio Gordo o Ángel Pérez. Tiene poco más de treinta años y nadie duda de que alberga una estrategia soviética en su cabeza. Es decir, depurar a cuantos la molesten, como ha hecho con su partido de siempre. Es, como Rosario, aquella miliciana guerracivilista, una gran dinamitera. Nadie puede dudarlo a tenor de lo que deja atrás y aún está por venir.