Una trituradora en el garaje para «grandes trozos de carne»

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Los agentes analizan los restos de la casa de «el Siniestro» para saber si son humanos.

Adriana, argentina de 55 años, viajó desde Buenos Aires a Madrid el domingo 29 de marzo en un vuelo de Aerolíneas Argentinas. Siempre la apenaba dejarlos atrás, pero durante los días que estuvo con ellos había disfrutado intensamente de la compañía de su familia. Estaban muy unidos, a pesar de la distancia. Poco después de que su avión aterrizara en el aeropuerto de Barajas, ya el lunes 30, envió un whatsapp a su hermano avisándole de que todo había ido bien. El hombre la llamó varias veces al comienzo de la Semana Santa, pero no logró localizarla. Nadie desde Argentina conseguía hablar con ella, ni por teléfono ni por Skype. Insistieron hasta la desesperación. La ausencia de repuesta los llenó de angustia. No conocían a nadie en Madrid que le pudiese ayudar, así que su hermano compró un billete y el día 6 de abril, una semana después, acudió al cuartel del la Guardia Civil de Majadahonda a dar la voz de alarma. El equipo de Policía Judicial de Las Rozas se hizo cargo del caso. Al día siguiente, sin todavía haber compuesto una imagen clara de qué podía haber ocurrido, hicieron lo lógico, ir a a buscarla a su domicilio. A primera hora de la mañana tocaron el timbre del número 6 de la calle Sacedilla en Majadahonda. Les abrió la puerta Víctor, de 31 años. Tras charlar un poco con él, los agentes, siguiendo el protocolo de desapariciones de alto riesgo y basándose en el olfato de años de investigación, le pidieron que les acompañase para tomarle declaración en calidad de testigo.

Su testimonio fue confuso y contradictorio. Les explicó que Adriana le había alquilado una habitación hacía meses, que él se dedicaba a eso y que por su casa había pasado mucha gente. Cuando le apretaron un poco más, se cerró como una piña, aunque, al tiempo, insistía de palabra en que quería colaborar. Los agentes hábilmente le pidieron permiso para ir a la casa y registrarla. Él accedió, pero exigió que sólo entrasen en las zonas comunes como cocina, salón, hall, garaje etc. La excusa era que había que preservar su intimidad y la de su inquilina. Además, argumentó que en esas dependencias no iban a encontrar nada. Hasta allí se fueron varios guardias civiles. Dividieron el trabajo. Unos se dedicaron a llamar puerta por puerta preguntando a los vecinos y otros participaron del registro. Al principio no encontraron nada que pudiese señalar al dueño como responsable de la desaparición, pero cuando bajaron al garaje se encontraron una máquina industrial de picar carne que había sido usada. La revisaron, pero no localizaron nada que objetivamente lo incriminase. Le preguntaron y él dijo que le gustaba comprar «grandes trozos de carne» y que usaba la máquina para picarla. El joven, según pasaba el tiempo, fue poniéndose nervioso. No le gustaba que nadie tocase sus cosas. En un arrebato les pidió que parasen y les retiró el permiso para estar en el interior de su domicilio. Los agentes obedecieron inmediatamente.

Coincidente en el tiempo, los investigadores de la Guardia Civil, que se habían desplegado para recabar testimonios por el barrio, averiguaron que un vecino, a las cinco de la madrugada, había visto a Víctor días antes con tres bolsas de basura. «Al chico le pareció raro que “el Siniestro” (como apodan al sospechoso en el barrio), en vez de arrojar las bolsas al contenedor sin cuidado como hacemos todos, las posase dentro, con delicadeza. Además, las distribuyó en tres contenedores distintos. Las bolsas eran normales, de las de la basura», comenta una mujer que reside en la zona. «No le dio importancia hasta que vino a preguntar la Guardia Civil. Entonces lo recordó inmediatamente». Los agentes, ante el temor de que pudiese destruir pruebas, y con los indicios y testimonios que ya habían recabado, le leyeron los derechos y lo detuvieron en su misma casa como sospechoso de la desaparición de Adriana. A partir de ahí la maquinaria judicial se puso en marcha. El juez encargado del caso entendió la premura de la situación y dictó un auto de registro casi de inmediato, pero todo se ralentizó hasta la llegada del abogado de oficio.

El registro, ya con una orden, comenzó a la 1.00 de la madrugada y se prolongó hasta pasadas las 9.00 de la mañana del día 8 de abril. La casa estaba ordenada y limpia, aunque hubo varias cosas que llamaron la atención de los investigadores: unas gotas de sangre en una pared, la máquina industrial de picar carne y unos cuchillos. Fuentes judiciales apuntan: «Hay que ponerlo todo en su contexto porque los medios tienden a la exageración. Se ha descrito la casa como si fuera de los horrores y allí no había ni animales disecados colgados de garfios ni nada por el estilo. El garaje estaba desordenado, porque lo utilizaba de trastero. Había muebles, como un aparador, una mesa, alguna silla rota, lámparas, herramientas, alargadores, papeles... vamos lo típico que uno, cuando es desordenado, va acumulando con los años. Lo único inusual es la picadora, pero es que el joven no está muy bien mentalmente. Es un psicótico, con un desorden cerebral grave diagnosticado. Su enfermedad es crónica y estuvo ingresado en un psiquiátrico, pero mejoró con la medicación y le dieron el alta».

Los investigadores, con buen criterio, embolsaron la picadora y la mandaron analizar. Se espera que los resultados lleguen a lo largo de esta semana, pero ante la hipótesis de que Víctor hubiese triturado o descuartizado a su inquilina y arrojado las bolsas a la basura, el juez instructor ha ordenado que una zona concreta del vertedero de Pinto, a la que van los residuos de aquella zona, sea acotada y precintada.

Para el juez las evidencias son claras, tanto que lo ha mandado a prisión provisional imputado por un delito de detención ilegal, que de confirmarse los peores presagios, puede tornarse en asesinato y profanación.