Lope de Vega,catalán y flamenco

La Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico y la del Lliure se unen en Madrid para esta versión firmada por Francisco Rico

Javier Beltrán (tumbado) está al frente del joven reparto

El Palacio de los Papas de Aviñón fue la sede de la curia en el siglo XIV. En el XX logró convertirse en la capitalidad del teatro gracias al festival escénico que se celebra cada verano. Durante la edición de 1992, Lluís Pasqual, entonces director del Odeón (el teatro de París que dirigió desde) fue el encargado de coordinar toda la programación hispánica (se cumplía el cuarto centenario del Descubrimiento) y además dirigió «El caballero de Olmedo» de Lope de Vega. Aquella fue una producción grandiosa en la que más de tres mil espectadores al día observaban a los actores en una gigantesca extensión de trigales castellanos. Entonces el director subrayó la épica del autor español. Ahora, cuando Helena Pimenta le propuso que eligiera otro texto del autor para entregárselo al reparto conjunto de la joven Compañía Nacional de Teatro Clásico y La Kompanyia (los más juniors del Lliure, que ahora vuelve a dirigir), Pasqual fingió darle vueltas, pero acabó pidiendo el mismo título que entonces: «No me gusta volver a transitar por caminos que ya he recorrido, pero es verdad que tenía la espinita de montarla en castellano». Ahora, con una propuesta mucho más minimal, sacará lustre a la vena lírica del maestro. Aunque, él mismo advierte que incluso en un texto tan mayúsculo como éste hay de todo: «Para mí lo fundamental es el subtítulo: tragicomedia. Si cargas las tintas en algún aspecto o te fuerzas en subrayarlo, puedes cargarte ese equilibrio de un género tan propio, tan español. Es una farsa gruesa y, a ratos, muy delicada, pero es que así funciona el cerebro: uno puede estar haciendo el amor con toda intensidad y acordarse, de repente, que no recuerda dónde dejó aparcado el coche», comenta el director.

Ha trabajado con un equipo joven: Laura Aubert, Javier Beltrán, Paula Blanco, Jordi Collet, Carlos Cuevas, Pol López, Francisco Ortiz, Mima Riera, David Verdaguer y Samuel Viyuela González. Asegura que no son tan pequeños como cuando su equipo montó el Lliure, «aunque son mejores que nosotros en algunos aspectos». Pasqual señala como déficit la escasa relación de los españoles con el Siglo de Oro:

«El teatro clásico es laborioso. Y más dada nuestra falta de tradición, ya no solo entre los actores, sino en las escuelas. Esto hace que no tengamos ningún tipo de familiaridad y, además de otros recursos, exige cantar, clases de esgrima, decir el verso con liviandad... La gracia es que nada parezca un esfuerzo», comenta. Para colmo, muchos de ellos tienen el catalán como primer idioma, así que han tenido que trabajar la entonación y el acento en castellano. «El verso es todo cuestión de tempo, como en una sonata: si la tocas muy rápido, te pierdes; y si avanzas demasiado lento, te olvidas de la letra». El maestro de actores también critica que en la actualidad «se ha impuesto una naturalidad falsa en el teatro, pues nadie está tan natural ni siquiera en su casa».

Aun así, considera que esta es una gran oportunidad para los neófitos en este terreno. Primero, por mérito del propio autor: «Se trata de un teatro poético y popular al mismo tiempo. Es una característica que todavía conserva. Puede que alguien sea capaz de escribir sobre apenas dos de sus versos todo un tratado, pero también es cierto que cualquiera puede comprender lo que está diciendo». La otra ventaja tiene que ver con esta versión, más reducida que el original y que ha partido de un encargo que hizo hace tiempo a su maestro, Francisco Rico: «Primero hicimos un "peinado"tanto mi maestro como yo y nos dimos cuenta de que habíamos coincidido en lo mismo. Se trata de pulir esos versos que antes servían para acercar la obra al público, pero que ahora lo congelan porque no se entiende». Y pone como ejemplo que antes «correrse» significaba «avergonzarse» o «discreto» servía como sinónimo de «inteligente». Tampoco ha tenido miedo a meter tijera: «Eliminé algunas escenas hacia el final, aunque no tantas como Federico García Lorca. El último título que representó La Barraca fue este precisamente durante 1936 en Tarrasa. Para él, la obra acababa cuando muere el Caballero. Para nosotros no, pero nos ha inspirado», subraya.

La puesta en escena está inspirada en las actuaciones flamencas, ya que todos los actores están en escena sentados en sillas que se van disponiendo de diferentes maneras según avanza la acción. De esta manera se evitan además transiciones y entradas y salidas de actores, lo que redunda en la agilidad de la propuesta. Todo con la intención de potenciar uno de los grandes textos del autor, que a juicio de Pasqual «es un cruce de muchas cosas: es una historia de amor entre Alonso e Inés; de amistad incondicional entre Telmo y Alonso; también un sufrimiento infernal, pero es que además hay una cuestión política: el rey decide separar por vestimenta a cristianos, judíos y moros; ante una decisión así hay personajes que creen que se puede permitir que puede asesinar al vecino del pueblo de al lado».