Cien días de laboratorio político

Pese a las tensiones por su gobierno de cohabitación con Cs, Díaz Ayuso sortea la «trampa» de Avalmadrid y pone en marcha las primeras medidas estrella de su programa

Díaz Ayuso, ayer, en la empresa Airbus, en Getafe, donde firmó un convenio para la puesta en marcha de nuevos ciclos formativos de FP Dual
Díaz Ayuso, ayer, en la empresa Airbus, en Getafe, donde firmó un convenio para la puesta en marcha de nuevos ciclos formativos de FP DualCAM

Se cumplen 100 días de la elección de Isabel Díaz Ayuso como presidenta de la Comunidad de Madrid, un periodo de tiempo marcado por las dificultades, más hacia dentro que hacia fuera, que es lo que suele ocurrir cuando se cohabita en el ejecutivo con otro partido. Tras las elecciones autonómicas del pasado mayo se abría una legislatura atípica, sin precedentes en los 36 años de existencia de la autonomía madrileña: un partido que no gana los comicios pero que gracias a acuerdos con otros dos partidos gobierna; un gobierno de coalición (PP-Ciudadanos); un partido (Vox) que apoya la investidura, pero que no entra en la casa común del centro derecha, y una Asamblea regional con participación récord de partidos en la Cámara. Y, al frente de este nuevo experimento, una mujer joven, Isabel Díaz Ayuso, con escaso perfil político, pero que gozaba de la confianza del presidente de su partido, Pablo Casado. Pocos son los que al principio creían en ella, y muchos los que ahora, después de cien días de permanecer a pie de probeta en ese laboratorio donde se experimentan cada día fórmulas políticas, han cambiado de opinión a la vista del trabajo realizado. Incluso, los que pensaban que el futuro político de Díaz Ayuso entraba en arenas movedizas por el caso Avalmadrid, han podido comprobar cómo ha sido capaz de salir airosa y hasta reforzada de la primera trampa que le puso la izquierda al dar carpetazo al asunto el juez.

Partiendo de cero

Cuando el recuento del último voto en el pleno de la Asamblea le otorgaba a Díaz Ayuso la mayoría suficiente para ser presidenta de la Comunidad, lo primero que vio a su alrededor fue un panorama erizado de dificultades, una situación peliaguda que la hizo pensar: «¡Madre mía, en la que me he metido!». Pero ya no había tiempo para echarse atrás, sino para coger por los cuernos el toro astifino de la gobernabilidad, consciente de que no le podía perder la cara, ni por la derecha de Vox, por donde el morlaco podía derrotar, ni por el pitón izquierdo de Ciudadanos.

Díaz Ayuso se convertía a sus 40 años, en la presidenta más joven de la Comunidad. Pronto empezaría a darse cuenta de que un gobierno bipartito, apoyado por otro partido no comprometido con la gobernabilidad, era como caminar sobre un campo minado por el fuego amigo.

Ayuso se encontró un mapa lleno de dificultades: ahí estaban los daños producidos por los huracanes «González» y «Cifuentes», que habían arrastrado a una parte del electorado; los negros y amenazantes nubarrones en el horizonte de Ciudadanos, y las tormentas, imprevisibles en su intensidad y contundencia, producidas por el anticiclón «Vox». Y enfrente, una oposición dispuesta a marcarla de cerca; recordarle de forma permanente los casos de corrupción en los que se había visto envuelto su partido, y repetirle que ella no había ganado las elecciones.

Relación con sus socios

Ella había dicho en público alguna vez, y en privado con frecuencia: «Estaré al lado de Vox, no enfrente», y en menos de cien días, ha podido ver cómo Vox ha estado a su lado, y también enfrente cuando el momento lo requería, lo que ha hecho preciso en determinados momentos, ponerle una vela a Rocío Monasterio y otra a Ignacio Aguado.

En estos tres primeros meses de Legislatura, el gobierno bipartito, que nunca tuvo vocación de ser tripartito, ha tenido que gestionar el presupuesto heredado, la deuda, también heredada del gobierno central y el acoso legítimo de la oposición enemiga, a veces también de la oposición amiga, en la Asamblea.

La convivencia con los «aliados» de Vox ha sido la esperada: difícil, sobre todo en los temas que tienen que ver con el aborto, la violencia de género o la política de inmigración. La cohabitación con sus socios de gobierno, Ciudadanos, la presumía complicada, pero no hasta el extremo que ha llegado en algunas ocasiones. Hubiera querido que su relación personal y política con Ignacio Aguado, fuera al menos como la que en el Ayuntamiento mantienen Martínez-Almeida y Begoña Villacís. No ha sido así, y las discrepancias con Aguado han sido visibles, y mucho más acentuadas en la intimidad del gobierno. Otro objetivo para Díaz Ayuso, era salir del «anonimato», romper ese desconocimiento personal en buena parte de los ciudadanos y acercarse a ellos para que conocieran su faceta de persona cercana. Por eso, desde el primer día, ha salido a la calle.

Tras cien días de gobierno, en lo que nada ha sido fácil, Isabel Díaz Ayuso e Ignacio Aguado hacen hoy balance de su gestión en la sede de la Comunidad. Días Ayuso cree que está en ese momento dulce en el que Madrid es el escaparte del Partido Popular, el laboratorio político donde se pueden experimentar fórmulas para un gobierno de futuro de España.

Bajada de la presión fiscal, entre las primeras acciones
Díaz Ayuso siempre ha tenido claro que la mejor forma de contentar entrar en el electorado que la votó, y también en el que no lo hizo, era sacar adelante las propuestas más fundamentales de su programa electoral, por encima de las dificultades que se planteaban desde la bancada de la oposición y desde los escaños amigos. Y se han abordado en estos primeros cien días medidas que pretenden reducir la presión fiscal, las deducciones en el tramo autonómico del IRPF, las ayudas sociales y los beneficios en el abono transporte para los jubilados, a modo de tarjeta de presentación del cumplimiento de un compromiso electoral. Ahora también Díaz Ayuso se ha convertido en abanderada de la libertad de enseñanza para hacer frente a política educativa de Sánchez.