Los vecinos confinados del sur de Madrid, al límite: “Esta situación no se va a sostener”

Resignados y también abatidos porque, aunque sea por su bien, han sido señalados. Los dueños de los bares temen unas pérdidas del 80 por ciento en la caja al cerrar a las diez de la noche, la hora de la cena

Parece igual, pero no es lo mismo. En marzo, España estaba en Estado de Alarma y todos confinados. No había distinción. Ahora, las restricciones van por barrios y pueblos de la Comunidad de Madrid: los que tienen más casos, señalados. Aunque las cifras sean contundentes, la sensación es que se ha pasado a “ghettos”. Por su bien, dicen, y es verdad. Pero la letra pequeña que interpretan los barrios con restricciones es que «aquí estamos los torpes, a los que se nos ha ido la mano, sin irnos de vacaciones de verano, y los más humildes... también podrían decir que las colas en los bancos para sacar dinero de caja es de 09.00 horas a las 11:00 haciendo fila india en aceras estrechas o que Correos atiende de diez a las dos de la tarde con todos los vecino arracimados», afirma Juan.

Cuando Isabel Díaz Ayuso apareció fue como si la meteorología se alió con lo que iba a decir. Mientras ella hablaba, y después el vicepresidente Ignacio Aguado y el consejero de Sanidad, Enrique Ruiz, el sonido ambiente en el sur de Madrid eran truenos acompañados de una lluvia torrencial, que no era lluvia ácida como la de “Blade Runner”, pero lo parecía.

El caso es que las personas estaban pendientes de la televisión para comprobar –cual día del Gordo de Navidad, perdón por la comparación– a ver si les había tocado. Pero en esta situación lo que se esperaba era la pedrea en toda la frente. Oían las parrafadas, pero lo que querían era saber qué zonas de Madrid y de pueblos para agarrarse los machos por si tenían todos los números.

Pocas veces he visto a gente llorar de impotencia. Lo más afectados eran los dueños de los bares y cafeterías que se pusieron a echar cuentas y pocas cuadraban. Primero el pesimismo en general. Así lo explica Carlos: “No creo que se pueda frenar. Muchos trabajadores del sur de Madrid tienen sus labores en otros barrios y su asistencia es presencial... ¿Cómo se va a parar eso? Y el Metro, ¿no seguirá siendo una fuente de contagios?”, dice.

Mientras hace cuentas, si ya no se puede servir en la barra, y solo en las mesas, sin contar las de las terraza, el aforo se queda en 24 personas. «Con un 50 por ciento de aforo esto no se sostiene. Y las mesas fuera del local, ¿qué serán, cuatro? En invierno, las personas no van a esperar», explica.

Pero hay otra variable que daña el órgano vital de un bar: cerrar a las 22:00 horas. «Esto no es un país de Europa, donde los comensales salen a las ocho a cenar. Aquí vienen como muy pronto a las nueve de la noche. ¿Qué les digo?, ¿qué tienen una hora para comer mientras yo estoy recogiendo para echar el cierre?». Calcula que perderá un 80 por ciento de caja. Otro detalle que parece baladí pero no es tanto: el fútbol, que se retransmite por canales de pago que no están al alcance de todos. «Si un partido empieza a las nueve, ¿qué hago?, ¿decirles que solo van a ver el primer tiempo? Pago 400 euros al mes y lo voy a cancelar». Lo dice mesándose la barba y pensando en el lunes, si abrir a la 06:00 de la mañana, para sacar algo más de los desayunos, o apretar el acelerador y darlo todo en los aperitivos del mediodía. Lo que tiene seguro es que tres trabajadores son muchos para tan poco trajín y vuelta al ERTE de los que algunos todavía no han dejado.

Los vecinos están como están: mal. El estupor y la impotencia se ha adueñado de sus vidas. Familias que, por precaución, no se han visto en meses y vuelta a la casilla de salida. Blanca Gutiérrez, una camarera de 23 años que vive en el Puente de Vallecas, está en paro y sin un futuro más negro que el cielo de Madrid a las 18:00 horas. “Las restricciones habrá que cumplirlas pero somos cuatro en casa y pagamos un alquiler de 900 euros por 60 metros cuadrados (esa es otra historia, tan dramática como el virus)”. “Lo que tendremos que hacer es ayudarnos, estar en casa pero encerrados, pero si me infecto y estamos cuatro o cinco en casa, ¿dónde caigo? Pues tendremos que tener paciencia», dice. David de 21 años, ya está concienciado, o lo parece, de que su barrio no es un lugar de paso. Por lo menos en los próximos días será el sitio de parada y fonda. Pero ha recibido las medidas bien: «Así se evita que la gente se mezcle. Se había que haber impuesto antes, pero mejor tarde que nunca”.

Con todo, reconoce que limita mucho sus desplazamientos, “pero que le vamos a hacer. Si todo el mundo fuese responsable no habría este tipo de problemas, pero es lo que hay”. Espera que se respete las indicaciones de la Comunidad de Madrid “pero conociendo este barrio... no sé”. Adolfo, que se dedica a las reformas en casa ya intuye lo que le sucederá: “Cuando se entra en las casas de las personas lo primero que pensarán es que si estamos infectados”. Luchador y protestón afirma lo que piensa la mayoría; “La medidas se están ejecutando en los barrios pobres” e insiste en la lógica de que en estos sitios “no hay pisos de doscientos metros cuadrados y estamos asalariados por 800 o 900 euros y hay personas que tienen que compartir piso porque no les da el sueldo. Aquí respetamos, pero tenemos que trabajar y que salir y si uno es asintomático y sale al centro contagia y eso a ver cómo se para”.

Los ancianos creían que no se iban a ver en otra igual. Marcan la diferencia porque muchos ya están resignados de serie. Una mujer lo único que pide, que no es poco, “es que el Gobierno y la presidenta de la Comunidad se pongan de acuerdo. Que yo no pueda salir, pues me aguanto, porque los hospitales van a estar como antes, la gente en salas muriéndose”. Otras, como María, se enfadan, “porque si ocurre y me toca, no merezco morir así, sola. Pasé un cáncer, pero nunca pensé que tendría que lidiar con este miedo a lo desconocido”.