Cuando una bata de médico es un sudario

El doctor se llamaba Manuel Garrido y el coronavirus le pasó por encima

Nos rompimos las manos aplaudiendo a las ocho de la tarde. Por ellos, pero, sobre todo, por nosotros porque sabíamos que estábamos a merced de su temple, su estado emocional y en sus manos. Era como un mantra a corto y medio plazo. La empatía no faltaba, tampoco los agradecimientos al llegar al centro de salud primaria. Pocas veces fuimos tan generosos y tan amables con fecha de caducidad. Eran los héroes sin voluntad de serlo, los mismos sanitarios a los que antes mirábamos de reojo porque, como casi todos los asuntos, nos hemos doctorado en opiniones arbitrarias y caprichosas porque listos somos un rato, pero hay una acepción, según la RAE, de «presume de saber o estar enterado de todo».

En este centro de Salud Primaria, las verjas –hay que ver poco estéticos son todos– se llenaron de flores y de una bata blanca colgada, no en un armario, como si se la fuese a poner mañana, era un epitafio, en donde se dejó la vida y la pagó con la muerte. El médico, ese que pasaba consulta y escuchaba a pacientes con dolencias que hace unos meses eran para salir del paso, salvo causas mayores –en ese momento sacaría de su impresora una petición para el especialista– no es un número a pesar de las estadísticas. Se llamaba Manuel Garrido y el coronavirus le pasó por encima. Quién sabe si por algún paciente que fue con tos y fiebre muy alta y, en ese momento, lo único que buscaba era consuelo o remedios casi de chamán para que le curase sin pasar por el tránsito del hospital. Que los médicos de cabecera, si se les tiene confianza descongestionan hasta al más asustado.

Lo que hace pupa es ver a ese señor mayor pasar por allí como si no quisiese verlo, en la creencia de que lo que no se ve, no existe. Sería de necios, por solo una fotografía, juzgarle. A lo mejor pasea con su chándal de diario sin querer mirar o simplemente porque está barruntando sus asuntos, que algunos ancianos están en vela por sus hijos en paro o en ERTE o a saber que les quita el sueño.

Esta pandemia no sólo tiene la impertinencia de mandar a muchos a la tumba; también está sepultando a vivos para los que la supervivencia va a ser muy difícil. Y punto.