Un globo... la tierra es el globo dónde vivo yo

Aranjuez sube al cielo con sus globos y lo que antes no podíamos ahora queremos

Vivimos un puñetero paréntesis en el que uno de sus efectos colaterales –puede que alguno piense que es el más inocuo; que sí, pero cuando la perspectiva nos coloca a cada cual en nuestro sitio, remite a una pataleta de caprichosos, algunos más, otros menos–, nos va situando a cada uno en nuestro sitio. Ejemplo práctico: ahora que los madrileños estamos como los perros y nos llevan con esas correas que se estiran hasta que las autoridades dicen «¡Hasta aquí!», en un acto de rebeldía nos da por querer ir más allá de lo que pensábamos hace unos meses producto de la desidia, de otro año será, de que «¡Ay, que casualidad, este fin de semana no me viene bien!» y demás excusas de circunstancias porque se está bien apoltronado en el sofá.

Pero la pandemia cambió la prioridades cotidianas y nos dejó una pulsión por salir como si no hubiese un mañana. Ayer, pasó. Había una nueva exhibición de doce globos aerostáticos en Aranjuez. Llevan años ofreciendo ese espectáculo, el festival viene de lejos. Y sabiéndolo, y antes teniendo la voluntad a nuestras anchas, lo dejábamos pasar porque pensábamos que la vida no ponía más fronteras que nuestra disposición. Pues ahora que no podemos, queremos. Porque los globos son muy bonitos –cómo si no lo fueran antes– y, ya que se está allí con los mayores y la muchachada disfrutando, se podía pasar el día en Aranjuez, incluso ver el Palacio Real, y después pegarse un homenaje gastronómico. Una excursión como mandan los cánones, a 60 kilómetros que ahora parecen un mundo si se quiere ir de un Madrid con restricciones.

Me da a mí que el año que viene, si la buenaventura nos da de cara, que me voy a acercar a ver la exhibición de globos y a poco me den la oportunidad me haré «un Calleja» porque como muchos, todos, nos hemos caído del guindo y pensábamos que «ancha era Castilla» hasta el confinamiento, las prohibiciones y demás contratiempos. Y, si se puede dentro de doce meses incluso le daré permiso a mi vértigo para después gozar de la comida aunque tenga el cuerpo revuelto.