Pepe Viyuela: “Los políticos no son payasos porque no tienen gracia”

El actor representa en el Teatro Circo Price “Mil Novecientos Setenta Sombreros”

Pepe Viyuela, en uno de sus rincones favoritos de Madrid
Pepe Viyuela, en uno de sus rincones favoritos de MadridLuis DíazLa Razón

Es un tipo que mantiene las pretensiones a raya y la humildad como una medalla, esa que nadie otorga y que se merece según el comportamiento de cada cual. Esa distinción no es perceptible, aunque sólo hay que observarle para vérsela en la solapa de una camisa que bien podría ser de Chema, pero es de Pepe Viyuela. Un actor que como dice él, desaparece en el personaje –sea el tendero de «Aída» o Alfonso en «Matadero»–, aunque siempre es reconocible porque su bonhomía hace las veces de su seña de identidad y de percibe desde lejos.

Nacido en Logroño, es uno de esos madrileños de vocación que exprime la ciudad cuando el trabajo y otros afanes se lo permiten. Uno de sus lugares de parada y fonda emocional es el Museo del Prado. Dice que «me escapo allí porque es un sitio que cuando estoy muy estresado me relaja». Dicho de otra manera, se olvida de sí mismo para dedicarse al oficio, nunca pagado, de contemplar. Algo similar le sucede con el Parque del Retiro. «Es un pulmón dentro de Madrid», pero también un espacio abierto en el que aparte de respirar, gracias al arbolado «oxigena el alma gracias a conversaciones con amigos cuando tengo ganas de charlar». Y, por supuesto, el Teatro Circo Price, donde ahora está representando «Mil Novecientos setenta sombreros», un homenaje y una reivindicación al Circo Price que –después de estar casi un siglo en el centro de Madrid, en la Plaza del Rey, al lado del ministerio de Cultura– fue demolido en 1970. «Reúne las dos actividades que más me gustan: el teatro y el circo».

Viyuela tiene un semblante de buena persona que tira para atrás. Tiene modales y actitud de «clown», a pesar de que afirma que ni tuvo que hincar los codos ni ir a clase para serlo. «Desde la infancia, ya tenía conmigo el lenguaje gestual. Es verdad que siempre he sido muy histriónico, utilizó mucho la cara para expresarme. Es una de mis bazas más importantes. Sin embargo, a veces puede ser un estorbo. Incluso a veces me han pedido ser más austero y económico en los gestos. Pero creo que el actor tiene que ser algo más que un busto parlante porque las personas también hablamos con nuestro cuerpo».

Por saber, le pregunto si aquel Circo Price, con Pinito de Oro y Charlie Rivel, no era un refugio para artistas minusvalorados. Niega la mayor: «La gente era muy consciente de eran grandes artistas u otros como los Hermanos Tonetti. Esta función creo que lanza un mensaje muy potente: no hay que regodearse en la nostalgia porque puede que no nos deje ver lo que tenemos hoy en día. Si miras hacia atrás y observas tanto talento puede que sea un señuelo cuando lo que se necesita ahora mismo es la renovación del circo y también de la sociedad».

¿Y de esa frase tantas veces dicha como «Pan y circo» que venía a sugerir que al pueblo se le entretiene con veleidades». Viyuela no puede ser más rotundo: «Las dos cosas son muy importantes, por el pan es el nutriente para el cuerpo y el circo para el alma porque tiene un carácter acogedor: se han mezclado razas, lenguas y se arropaba a los más desfavorecidos como la mujer barbuda, los enanos o la gente contrahecha. Allí sí que les valoraban y podían ganarse la vida».

«Mil Novecientos Setenta Sombreros» la escribió junto a Aránzazu Riosalido antes de la pandemia. «Pero parece que habla de los instantes que estamos viviendo. Ahora dan ganas de tirar la toalla, nos hundimos en nuestras pesadumbres y no puede ser. Hay que superar el «más difícil todavía», hacer cabriolas casi imposibles y caer de pie. Es nuestra obligación».

Cree que los políticos de ahora «son muy mal payasos porque no tienen gracia, ese don que te permite comunicarte y lo que nos dicen no puede ser más triste: transmiten lo que no necesitamos: enfrentamiento, partidismo. Luchan por sus intereses y su imagen y nos envían mensaje básicos a través de Twitter». La clase política cada vez está más alejada de lo que se dice y se escucha en la calle».