Anatómico Forense: 40 años de autopsias y una mudanza inminente

El Instituto de Medicina Legal comienza su traslado al «donut» de Valdebebas y dice adiós al mítico edificio de Ciudad Universitaria, donde se han practicado 95.000 análisis forenses

«En las películas siempre nos sacan comiendo un bocadillo, como si tuviéramos poca empatía hacia la víctima, pero es todo lo contrario: nos afecta todo y mucho. Cuando tienes niños pequeños y tienes que hacerle la autopsia a un bebé, se te ponen los pelos de punta, pero no podemos llevar en la mochila todo el drama que vemos. Sería insoportable». El doctor Eduardo Andreu lleva 32 años en el oficio de la medicina forense y lucha por eliminar los clichés asociados a la profesión: «Nos tachan de personas grises cuando, precisamente al ver la muerte de forma cotidiana, somos muy vitalistas porque somos conscientes de que lo que puede llegar a pasar sin haberlo previsto un minuto antes». Andreu es el director de Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses (IML), organismo dependiente de la Consejería de Justicia, Interior y Víctimas de la Comunidad de Madrid, y es la cuarta generación de forenses de su familia. Dice que su bisabuelo, uno de los pioneros en la materia, ya practicaba autopsias en el edificio del Tribunal Supremo y él decidió seguir la saga familiar tras «desenamorarse» de la vida hospitalaria después de terminar la carrera de Medicina. Lleva 32 años practicando autopsias y estos días está centrado en la mudanza desde el mítico edificio de Ciudad Universitaria anexo a la Facultad de Medicina (que se devolverá a la Universidad Complutense) al llamado «donut» de la Ciudad de la Justicia de Valdebebas.

Siete autopsias al día

Los cerca de 300 profesionales que trabajan aquí lo hacen, en realidad, bajo las órdenes de un juez, Fiscalía o el Registro Civil. Su labor principal consiste en dirimir que una muerte tenga o no indicios de criminalidad y dar parte a la autoridad judicial. Tras los muros de este ya decrépito edificio se han practicado unas 95.000 autopsias desde que abrió en el año 82: unas 2.500 al año. Es decir, cada día entran 7 cadáveres de media. Pero no se asusten: no son números de la criminalidad en Madrid. Afortunadamente, la mayoría de los ingresos (el 54%) son muertes naturales pero que, por la razón que sea, no se ha podido emitir el certificado de defunción: bien porque el médico no conocía identidad del fallecido, no tenía suficientes datos clínicos o por las circunstancias en las que se ha producido: forma abrupta, en la vía pública... Es decir, el objetivo es descartar la criminalidad. Luego, dentro del grupo de las muertes «no naturales» las hay de naturaleza suicida (la más habitual), accidental y homicida.

Todas las tragedias de los últimos 40 años

Así, todas las tragedias que recuerde en Madrid en los últimos 40 años han pasado por aquí: desde víctimas de ETA a las cinco chicas del Madrid Arena en 2012, Blanca Fernández Ochoa el año pasado, el atentado del 11-M o la tragedia de Spanair en 2008. Aunque, dado el volumen de víctimas, para estos dos úlimos casos se habilitó un «Anatómico» en Ifema. Son dos de los sucesos que más han marcado la carrera del doctor Andreu «más que por lo complicado del estudio de los cuerpos, por el caso en sí mismo, porque te somete a un estrés muy elevado: no puedes cometer errores en la identificación». Pero reconoce que lo que más les afecta siempre son los menores.

Andreu explica que, en un pequeño porcentaje de los casos, se encuentran con lo que se denomina «autopsia blanca»: no es posible determinar la causa de la muerte pero sí, al menos, pueden descartar si es de etiología violenta, que es lo que le interesa al tribunal ya que el fin es una «autopsia judicial, no clínica». No es algo habitual y se comprende viendo cómo trabajan en el viejo edificio de Ciudad Universitaria. De aquí salen las evidencias científicas imposibles de tumbar en un juicio por homicidio, o los tóxicos que había en la sangre o hígado de un suicidado.

Un archivo con todos los crímenes

Lo primero que se hace al recibir un ingreso es cosa del especialista en fotografía científica Antonio Ramírez –que lleva aquí desde el 89– o alguno de sus compañeros: Manuel o Miguel Ángel. Cualquiera de ellos hace una fotografía a todos los cuerpos que entran al Instituto, independientemente de la etiología de la muerte para tener un registro y, cuando el forense lo reclama (los casos que van a ser judicializados) también fotografía las lesiones o partes del cuerpo que sean relevantes. En un enorme fichero conserva todos los negativos desde su creación hasta 2012, cuando se pasaron a la era digital. «Hasta teníamos un archivo de tatuajes», asegura, al tiempo que aprovecha para hablar con el director Andreu: «Ya que está aquí, le pregunto ¿En qué planta vamos a estar?». Las dudas sobre el traslado a Valdebebas y las cajas amontonadas son estos días la tónica general. Después de la foto, el cuerpo pasa al forense que, antes de abrir, analiza todo lo exterior tal y cómo se encontró.

Desde si tiene uña rota, restos de tierra e incluso todo lo que había alrededor del cadáver: todo dará información sobre las circunstancias del fallecimiento. Después viene el estudio de las cavidades internas, donde se encargan de analizar los órganos o extraer, por ejemplo, un proyectil; analizar un corte que dirá qué tipo de arma blanca se usó o con qué clase de objeto se golpeó a la víctima, según el traumatismo que presenta el cráneo. Hay autopsias «sencillas» por lo evidente («la de un politraumatismo muy claro puede durar media hora», según Andreu) pero las hay que pueden durar días, según el estado del cadáver o si existe un consumo de tóxicos. Porque el forense no solo hace la autopsia «macro», también encarga estudios a otros departamentos, como el de Histopatología Forense. La jefa de sección es María José Sagastizábal y analiza con pasión los tejidos del cuerpo humano. Cuando el forense reclama el estudio más detallado de un órgano, su departamento lo recepciona, toma una muestra de las partes a estudiar, la deshidrata, la trata con parafina para no alterar la forma celular, la tiñe y la coloca sobre un cristal que la doctora situará bajo la lupa de su microscopio. Ahí puede ver daños inapreciables a la vista en un corazón, un pulmón o en el cerebelo, por ejemplo. Luego, firma un informe que va directo al juzgado.

Sus compañeros del Laboratorio de Toxicología, con los doctores Segura y Tortosa a la cabeza, se encargan de analizar muestras para averiguar el consumo de tóxicos «orgánicos»: alcohol, drogas de abuso o medicamentos. Si existe sospecha de metales pesados como cianuro, se enviaría muestra al Instituto Nacional de Toxicología. Estos profesionales pueden determinar a través de una muestra de sangre, de orina, de piel o de pelo si el consumo de ciertas sustancias produjo a la persona fallecida una intoxicación que tuviera relación con la causa de la muerte. Hasta pueden aproximar la data de la muerte por los niveles de potasio. Sus análisis dependen mucho del estado del cuerpo y no es extraño que también analicen parte del hígado, donde se metabolizan los tóxicos. El proceso para averiguarlo no es sencillo: primero «trituran» la porción y le aplican un tratamiento químico para separar la parte protéica (que no interesa) del resto a analizar. Luego, a través de disolventes orgánicos lo tratan y evaporan el contenido en atmósfera de nitrógeno. El resultado es un tubito, a simple vista vacío, pero que contiene microscópicas partículas para analizar. Con un espectrómetro van valorando si da positivo en equis sustancia a partir de ciertos niveles. Este laboratorio también analiza productos que estuvieran al lado del cadáver y fuera de interés su estudio.

Los cuerpos más deteriorados quedan en manos de la Sección de Antropología, liderado por el doctor Enrique Dorado. Él se encarga de cadáveres quemados, putrefactos, esqueletizados o descuartizados y trata de determinar por el estudio óseo el sexo, la data y las cricuntancias. «Si es un descuartizado, por ejemplo, según el corte podemos inferir si lo hizo con prisa o sin prisa, nervioso, experto o no...», resume Dorado, que tiene mucho feedback con los investigadores para, por ejemplo, orientarles en el tipo de arma utilizada según la forma del corte. En definitiva, se trata de un equipo multidisciplinar con el único objetivo de «traducir» al juez lo que «dice» la víctima sobre las circunstancias de su muerte.

La intención, según el director del IML es comenzar la mudanza esta misma semana. Ya llevan unas semanas moviendo cajas, pero los primeros en comenzar a trabajar en la futura Ciudad de la Justicia de Valdebebas serán los forenses de Plaza Castilla. «El servicio de Patología (quienes hacen las autopsias) serán los últimos: no podemos permitirnos para ningún día», dice Andreu. Para el consejero de Justicia, Enrique López, «el compromiso del Gobierno regional con estos profesionales no solo se mantiene sino que recibe un nuevo impulso, esta vez desde el Instituto de Medicina Legal, una infraestructura de alto nivel con la que queremos dignificar el trabajo de los forenses para situarlo a la vanguardia de Europa».