La esquina de Madrid que ha sido llave de un Patrimonio de la Humanidad (I)

El Prado de San Jerónimo fue haciéndose Paseo. Los madrileños, cortesanos o no, iban allí a verse y a ser vistos. Así se fue perfilando uno de los enclaves emblemáticos de Madrid

"Foto:Karl Khevenhüller, Colección particular.  Museo Castillo Hochosterwiz, Austria"
"Foto:Karl Khevenhüller, Colección particular. Museo Castillo Hochosterwiz, Austria" FOTO: La Razón

Dejamos a nuestras espaldas la Puerta del Sol (que la tradición popular dice que se llama así porque el postigo de la muralla que había ahí estaba coronado por un sol) y echamos a andar por la Carrera de San Jerónimo para salir de la Villa construida. Sin embargo, antes de que alcancemos la esquina de la Carrera con el Prado de San Jerónimo, nos habrá alcanzado la ciudad, porque con un goteo medio de unos 2.500 inmigrantes desde 1561, tenía que crecer por todas partes… menos por una: por el oeste, que lo impedía el Manzanares, que de vez en cuando soltaba alguna lágrima entre los ojos de los puentes, como le piropeaban.

El Prado fue haciéndose paseo. Los madrileños, fuesen o no cortesanos, iban allí a andar, a verse, a ser vistos. Las descripciones que de ello hicieron López de Hoyos (en su farragosa literatura), o los viajeros extranjeros (recopilados por García Mercadal) y sobre todo el gran poema del católico exiliado holandés Enrique Cock (la Ursuaria carpetanorum heroice descripta, traducida por Hernández Vista y por López de Toro) son espectaculares y atractivas.

Para este natural de Groningen, que fue el primero que escribió una laudatio de Madrid y se la dedicó al cardenal Granvela, el Prado era un lugar de demasiado esparcimiento: escribe que «pudor no siento/ en decir la verdad ni en descubrirla» (versos 89 y 90, trad. de López de Toro), y por si acaso este periódico cayera en manos de una vestal, yo sí que siento pudor en contar lo que él versifica: «Justamente consagrado este campo está a la diosa/ Venus, pues apto sin igual resulta/ para amor y solaz de los adúlteros…» (versos 86 y 87), etc.

Cuando Juan López de Hoyos describe la entrada de Ana de Austria en 1571 en Madrid, nos cuenta que «en el Prado de san Jerónimo se ha hecho una calle […] plantada de muchas y diferentes suertes de árboles muy agradables a la vista. Al lado izquierdo como entramos, ay otra calle muy fresca de la misma longitud y de muy gran arboleda de una parte, y de otra muchos frutales en las huertas que la cercan [Carrera de san Jerónimo]. Los árboles están plantados por sus hileras muy en orden, haciendo sus calles proporcionalmente, mezclando las diferencias de árboles, para que sean más umbrosos y agradables». ¡Qué vergel!

El Prado estaba llamado a ser el lugar de mejor y más recreación de la Villa. Al otro lado, salvo los Jerónimos, no había nada. El Prado era el espacio de «recreación, salida y holgura» de los madrileños. Poco a poco fue dejando de ser prado y empezó a ser el Prado.