“No se le puede decir a los consumidores que son los que van a salvar al mundo, pero tienen un papel importante”

Juan Carlos García y Cebolla, responsable del equipo de derecho a la alimentación de la FAO

Los últimos informes de la FAO respecto a las consecuencias del coronavirus no son nada halagüeños. Ya se está verificando un aumento del hambre en países vulnerables, pero es que en general las previsiones afirman que el número de hambrientos se puede disparar de los 820 millones de personas en 2018 a más de 15 millones en el próximo lustro y eso en el mejor de los casos.

-Los últimos años los datos sobre hambre no estaban siendo buenos, ¿por qué?

-Entre 2014-2016 se redujo la malnutrición, pero a partir de ahí empezó a aumentar la subnutrición crónica. Esta lleva a enfermedades y salud precaria y condiciona tus posibilidades de desarrollo. Aumentó también el número de personas que padecen hambre aguda, los que tienen un acceso a la comida muy escaso y están a semanas de entrar en situación de riesgo para la vida. Esto se debe a que desde hace una década viene creciendo e intensificándose el número de conflictos y la crisis de cambio climático. Al mismo tiempo hay una retirada de políticas de protección social y de apoyo a los sectores que tienen dificultades para acceder a educación y a créditos, tierra, mercados…

-Y entonces llega el Covid-19 y según sus cifras, la pandemia podría llevar a 14,4 millones de personas a sufrir inseguridad alimentaria severa, en caso de recesión global del 2%; a 38 millones de personas, si la recesión fue del 5%; y a 80,3 millones, de ser 10%. La horquilla parece muy grande…

- Son diferentes hipótesis, porque sinceramente en este momento nadie tiene suficiente información para plantear nada sólido. Depende de cuántos meses dure esto y cómo sean de eficaces las respuestas a la recesión. La economía ha caído un 10% en un trimestre, si el resto del año no es tan malo igual la cifra final ronde el 5%. Es posible que la pobreza relativa no la podamos evitar, pero sí que podemos tener políticas para que eso no se traduzca en hambre.

-En cualquier caso, las predicción más halagüeña va de los 820 millones de hambrientos actuales a más de 15 millones... es una bestialidad. ¿El mapa de hambre va a cambiar?

-Si esto es suave nos crecerá a unos 15 millones, si no es tan suave podemos sumar otros 80 o 90 millones de personas en situación de subnutrición. El mapa se va a oscurecer en todos los países. En EE UU y la UE, con sistemas de protección social, aunque se asegure que no se vaya a pasar hambre, va a ver un crecimiento de formas de malnutrición, de obesidad o falta de vitaminas. Ya lo vimos en la anterior crisis.

-Si desde 2015 el dinero para ayuda social estaba en retirada. ¿Las ayudas, sobre todo en cooperación, se van a reducir todavía más?

-Eso me preocupa menos que el que los países intenten salvarse cada uno por su lado. Si el sistema económico per se deja de funcionar porque cada uno quiere salvarse por su cuenta, eso será una debacle. Los países dependen unos de otros. Me preocuparía mucho, aunque doy por supuesto que no habrá recursos para atender a aquellas cosas que solo desde la cooperación se puede atender.

-Para asegurar la seguridad alimentaria ¿son más necesarios que nunca los cambios en el sistema productivo? En Europa se ha aprobado la estrategia De la granja a la mesa por ejemplo...

-El sistema productivo tiene que cambiar. A esa conclusión ya llegamos hace años. Los propios Objetivos de Desarrollo Sostenible, de alguna manera, ya dibujaban la senda de transformación. Los sistemas tienen que ser más sostenibles en todas sus dimensiones, no sólo en el uso de los recursos naturales... Ahora, para que algunos productos sean asequibles y estén presentes durante todo el año, en las regiones donde se producen las personas no llegan a satisfacer su derecho a tener una alimentación adecuada. Producen alimentos para que otros puedan comer pero ellos no pueden. Además, están el cambio climático y las enfermedades infecciosas que causan buena parte de los problemas de salud actuales y están creciendo a pasos agigantados. Tendremos que volver a producción de temporada, de proximidad, pero sin convertirlo en una trampa para hacer proteccionismo. Ningún país puede estar seguro de que vaya a producir sus alimentos. Necesita de los otros porque si un año hay una plaga ¿qué haces? Somos interdependientes.

-Antes de la pandemia los productores del sector primario se quejaban de los precios que perciben...

-Lo que pasa con los productores se da en los países de más renta y en los de menor. A lo mejor hay que empezar a cambiar ese pensamiento de alimentación barata que ha estado marcando las políticas de los últimos siglos, desde las leyes del maíz en Inglaterra. A partir de ahí, ha habido una fijación con que los alimentos sean baratos, cuando los alimentos tienen que ser accesibles. No necesariamente tiene que ser barato, porque podemos pasarnos y hacer que siga bajando el precio a costa de cargarnos el medio ambiente. Además, obligamos a algunas personas a vivir en unas condiciones contrarias a cualquier idea de dignidad humana.

-¿Qué puede hacer el consumidor?

-No se le puede decir a los consumidores que ellos son los que tienen que salvar al mundo, pero sí tienen un papel importante, porque además son ciudadanos. Hay cosas que se pueden hacer tanto si se organizan en grupos de consumo, como si actúan como ciudadanos individuales. Eso tiene que ver con sus elecciones.

-Para eso hay que mejorar el etiquetado…

- Una mejor información permite que podamos elegir entre cosas que sabemos que a lo mejor son un poco más caras, pero que han sido producidos de forma sostenible. La información es un primer paso para luego tomar decisiones. Tiene que haber más transparencia.

-Hablaba antes de los ODS, ¿están más lejos ahora que hace tres meses?

-Mi perspectiva sobre los ODS es que el mundo no se puede planificar. Eso no significa que no se deban hacer este tipo de ejercicios, porque nos ayudan a organizarnos y a ponernos propósitos en los que trabajar juntos y tener mecanismos para comprobar si estamos haciendo las cosas que deberíamos o no. A mí me preocupa la pandemia en el sentido de que es doloroso perder a millones de personas por sus efectos, pero de alguna manera cuando se plantearon los ODS ya sabíamos que íbamos a tener contratiempos y algunos muy graves. No es algo que puedas decir esto no lo habíamos previsto y con esto ya se acabó, es inalcanzable. No. Me preocupa, aparte del dolor, que no tengamos capacidad de dar respuestas adecuadas para ser lo más justos posibles y asistir a quienes más lo necesitan y tienen menos voz; que la dirección y el volumen de acción y la energía sea la que necesitamos para llegar a garantizar a toda la población mundial el acceso a la alimentación, a su salud, al agua, a una vivienda y al estándar de vida digno.

-¿Se estás teniendo estos propósitos en cuenta en “la nueva normalidad”?

-Para que seamos capaces de dar las respuestas adecuadas ya deberíamos estar mirando al medio plazo. Hemos estado muy pendientes de lo urgente, pero no vamos a volver a la normalidad en seis meses, tendremos que convivir con esta situación algunos años y eso va a requerir fondos, créditos... El optimismo exagerado ha hecho que nos enfrentemos a esta situación como lo hemos hecho. Ahora hay que repensar cómo se organiza todo y eso no veo que esté ocurriendo. No está claro que los mecanismos del Estado vayan a llegar a toda la gente que va a hacer falta, pero es que los pequeños y medianos empresarios no sólo van a necesitar dinero sino también asistencia técnica y otro tipo de apoyos para repensar su negocio. Las pequeñas empresas y productores van a tener que cambiar y no hay tiempo para hacerlo por prueba y error, entre otras cosas porque además tenemos que asegurarnos de que ellos están protegidos, que es la garantía de que los demás también. No nos podemos jugar en que en una segunda, tercer o cuarta oleada nos entre el pánico de que nuestra cadena alimentaria es la que nos está llevando a que tengamos contagios. Otra cosa que me preocupa es que se generen nuevos grupos vulnerables y nuestros sistemas de políticas no siempre están bien preparados para identificar esas cosas. Deberíamos tener una mirada amplia para detectar problemas a los que no estábamos acostumbrados.

-¿Cómo se podría resolver?

-Hacen falta mecanismos de gobernanza que reúnan a todas las partes y representen a todos los sectores. Vamos a multiplicar las necesidades y el dinero va a ser mucho menos. Habrá que buscar mecanismos para manejar conflictos de intereses y tomar decisiones. O tenemos mecanismos de gobernanza con participación y tenemos mejor información o vamos a tener problemas.