Música

Miley Cyrus, el negocio de enseñarlo todo

Los que estuvieron en aquel Rock In Rio de 2010 en Madrid recuerdan el estupor de las niñas, su público natural en aquellos días que se convirtieron en la frontera de su carrera, y, sobre todo, sus madres. Nadie conocía a Miley Cyrus por su verdadero nombre. Para todo el mundo era la dulce Hannah Montana, hasta que se presentó en el escenario a la caída del sol con un exiguo «body» y lanzando sus primeros lametazos al aire. Desde aquellos días, Miley Cyrus no ha parado de jugar a otro personaje, el de la «enfant terrible» que sufre falta de atención pero lo compensa con una pose hipersexuada y una vida loca loca sólo en apariencia. Veremos si su destino es tan amargo como el de otras niñas prodigio de Disney. Desnortada, la chica, lo está. Para el que quiera escucharla cantar y ver qué ocurrencia tiene guardada, puede hacerlo en doble oportunidad: Barcelona, hoy (Palau Sant Jordi), y Madrid (Palacio de los Deportes), el martes día 17.

Desde entonces, la mejor carta de Cyrus ha sido la provocación sexual, como si no estuviera ya inventada en la industria del entretenimiento. Besos lésbicos, sugerentes contorneos e incluso algún desagradable restregón en directo (el que se marcó embutida en un traje de látex con Robin Thicke es, como mínimo, de dudoso gusto) le han servido de cuerda de escalada hacia el «trending topic» del chascarrillo musical. Ese es el problema de la industria: si en 2013 te besas en la boca con una bailarina de Britney Spears, al año siguiente te ves obligada a hacerlo con Katy Perry para que sea noticia. Pues Miley lo hace. Cada día, una pose o un gesto para las redes. Esta misma semana se publicaba otra instantánea suya besando en la boca a su hermana de 14 años, Noah, durante un concierto. También fue ésta su estrategia para vender «Bangerz», su último disco, que salió a la venta precedido del videoclip de «Wrecking Ball», en el que Cyrus aparece columpiándose en una bola de demolición y gesticulando orgásmicamente. En la versión no censurada del clip, lo hacía completamente desnuda; en la apta para todos los públicos, llevaba ropa interior blanca. Esta estrategia comercial indignó a artistas como Sinnead O'Connor y Annie Lennox, que la calificaron de «pornopop» y le pidieron a Cyrus «que no se prostituyese».

Millones de seguidores

Como buena hija de la «generación yo» (que usa compulsivamente las redes sociales), Cyrus promedia una polémica semanal. Autofotografiándose con un porro, posando con una resaca descomunal, tocándose la entrepierna en bikini o guardando billetes en el tanga. Es sorprendente su capacidad para mantenerse en la actualidad basura cada semana. En los últimos días, por ejemplo, la cantante de Nashville (Tenessee, EE UU) llamó «asexuada, frígida, princesa de hielo y creída» a la cantante country americana Taylor Swift y aseguró que «es tan aburrida que ha echado a Harry Styles de su cama». Pocos días atrás, al paso de su gira por Italia, apareció en el escenario con una imagen de cartón de Selena Gómez –su compañera en los años Disney–, y con ella se marcó un baile procaz mientras le enseñaba el dedo corazón. En Londres se presentó con un pene hinchable, y, en Vancouver, fingió prácticas sexuales ante un figurante con la careta de Bill Clinton. En el fondo, las artimañas de Cyrus son de sobra conocidas e inofensivas, pero así es como ha logrado nada menos que 48 millones de seguidores en Facebook, y 18 en Twitter. De una manera incomprensible pero que es fiel reflejo de los tiempos que vivimos, una chica blanca que juega a ser choni hipersexuada –aunque podría haber terminado siendo cualquier otra paleta que vive en una caravana– se convierte en una estrella mundial de la canción prefabricada. Porque hemos llegado hasta aquí sin hablar de sus canciones. ¿Y qué importan sus canciones? Lo que interesa es cómo dejará las habitaciones de hotel a su paso por España y si guardará algo por enseñar para su próxima visita. Esperamos que sí, porque sólo tiene 22 años y porque otras artistas han jugado ya sus cartas y al final terminaron perdiendo la partida. Miley enseñará todo, incluidas sus cartas.