Morante, el toreo mayúsculo

El diestro cuajó una faena llena de profundidad que falló con la espada en su tercera tarde en Sevilla.

Morante de la Puebla toreando con la muleta en la Real Maestranza de Sevilla
Morante de la Puebla toreando con la muleta en la Real Maestranza de Sevilla

El diestro cuajó una faena llena de profundidad que falló con la espada en su tercera tarde en Sevilla.

Sevilla. Novena de abono. Se lidiaron toros de García Jiménez y Peña de Francia (2º), desiguales de presentación. El 1º, paradote y manejable; el 2º, rajado y manso; el 3º, noble y repetidor, manejable; el 4º, iba y venía sin clase; el 5º, noble y repetidor; y el 6º, desigual de ritmo y muy a menos. Tres cuartos largos de entrada.

Morante de la Puebla, de negro y azabache, buena estocada (saludos); pinchazo, media, aviso descabello (saludos).

Miguel Ángel Perera, de verde hoja y oro, estocada caída (saludos); estocada baja, aviso (saludos).

Javier Jiménez, de azul y oro, aviso, pinchazo hondo, estocada (saludos); estocada corta, dos descabellos, aviso (palmas).

Todo hacía pensar que no iba a ocurrir. Que transitaríamos por el vacío morantista para acabar con las esperanzas puestas en el jueves. Bendita equivocación. Ni un lance pegó al toro, el cuarto, hasta que salió el caballo de picar y tuvo que colocarlo. Medía cada trance. Se reservaba. Mal pensados. Hizo el toreo después. Dejando ver ese valor de acero para elevar el toreo a la categoría de lo que es: arte, pasión, angustia resuelta, vaciada, incertidumbre, esplendor y magia que se extiende como un virus y lo inunda todo. A la derecha tragó la movilidad del toro que avanzaba con derrote incluido. Valeroso Morante. Convencido. Crecido y creído. Y la belleza llegó al natural. De perfil, tan torero, citando con los puros vuelos, acariciar, y soñarlo. En la verticalidad, sin retorcerse, sin forzar porque el toreo de dentro nace de forma natural. Armonía plena. Nada faltaba ahí. Más templado el toro que lo que tuvo es que repetía y de limar el resto se encargó el sevillano. Volvió por la diestra y sumergidos en su faena de lleno nos regaló otra tanda al natural. Y los remates. Y la forma de estar en la plaza. Todo para él. Se perfiló en la suerte suprema pasadas las rayas y camino del centro. Y falló. Se escuchaba la decepción en Sevilla. La ovación fue de gala. Esto es el toreo. La magia. Lo más esperado y tan inesperado que de pronto ocurre, arrastra y deja temblando los cimientos con los que a diario nos intentan hacer comulgar.

Se trataba de su tercera tarde. El tercer paseíllo que hizo con un terno negro y azabache que chispeaba de veras sin necesidad del oro. El oro por dentro. En el chaleco y en las muñecas. Por verónicas recibió al primero sin compás de espera, sin probaturas e hizo un quite por tafalleras, que se le hacía raro. El toreo quería fluir por algún lado pero la falta de empuje del toro cortó las alas de la faena. El espadazo fue fulminante. ¡No quiso la suerte, malvada, intercambiar el orden!

Hubo un antes y un después del cuarto. Perera quitó al quinto con buenas gaoneras y Javier Jiménez hizo lo propio por tafalleras.Y el toro se dejó con nobleza y repetición en el engaño de Perera, tenía clase aunque con la chispa justa. Quiso siempre el extremeño y de hecho firmó una labor larga, ligada y con temple. Pero algo faltó para que nos contagiara e hiciera cómplices de aquello. La profundidad del toreo de Morante vapuleaba los ánimos. Despistado había salido el segundo, que en noviembre cumplía los seis años. Y se le notó, no iba con él la aventura del ruedo. Y no fue en los primeros tercios aprovechando la mínima para salir suelto. Curro Javier falló en el primer par y eso no se lo consiente. Él mismo. Cosas suyas y de ahí que le soplara dos para desmonterarse con Barbero. La estampida era lo que le esperaba cuando vio la muleta. Y al Sol. Colocaba bien la cara pero rara vez no renunciaba a mitad de camino. Se esmeró Perera muy cerrado en tablas.

Javier Jiménez lo puso todo. Siempre. A quemar la oportunidad que no llueven y se empeñó tanto que sonó el primer aviso y le pilló toreando. Todo iba tarde. La música tardó tanto en hacer lo propio que un poquito más y le da vida muerto el toro. Los caprichos. El animal tenía la virtud de repetir en el engaño con nobleza, luego entraban en juegos los matices. Entre ellos que Javier Jiménez tiró de él, le exprimió la arrancadas y las trabajó antes para intentar recrearse después. No fue tanto la belleza del toreo como la intención.

Con los tercios cambiados y el toro dueño y señor del ruedo, Abraham Neiro arriesgó y puso un par de banderillas extraordinario. Era el sexto. Duró poco después en la muleta con un ritmo muy desigual y la faena se difuminó. Y a Morante le queda otra, decían al salir... Aquí esperaremos. Con fe. Las certezas ya las tuvimos esta tarde.