«Nameless ganster»:

Dirección y guión: Yun Jong-bin. Fotografía: Ko Rak-sun. Intérpretes: Choi Min-sik, Ha Jung-woo, Jo Jin-ung, Kim Wong-su. Corea del Sur, 2011. Duración: 133 minutos. «Thriller».

Hasta bien entrados los años 80, Corea del Sur era el paraíso del estraperlo, el contrabando y los negocios sucios. Aplastados por los regímenes dictatoriales, los coreanos habían tenido que sobrevivir según las estrategias de la economía sumergida, repartidos en grupos mafiosos que serían desmantelados cuando, en la década siguiente, el presidente Roh Tae-woo iniciara una cruzada personal contra el crimen organizado. En este escenario no deja de ser curioso que el debutante Yun Jong-Bin escoja como modelo de gánster de la época a un pobre diablo que trabaja como agente de aduanas pero que, en realidad, no parece llamado a ser capo mafioso. Se ha comparado a «Nameless Gangster» con «Uno de los nuestros», aunque lo que Yun Jong-Bin intenta hacer es justo lo contrario que Scorsese: desmitificar la figura del gánster presentándolo como un payaso incompetente que alcanza una posición privilegiada en la jerarquía mafiosa apoyado por la suerte y un contexto en el que la corrupción y la importancia de pertenecer a un árbol genealógico milenario favorece el enriquecimiento de los más idiotas. La interpretación de Choi Min-sik («Oldboy») camina en esa dirección, hace de su personaje un clown bipolar. El desaliño formal de la película, deliberadamente ochentero, no hace nada por maquillar lo que, en esencia, es una cadena de reuniones, intercambios comerciales y turbias negociaciones entre un superviviente nato que se hace pasar por tonto (o que simplemente lo es) y la pandilla de mafiosos que dejan colar más goles de lo que resulta creíble. En ese sentido, resulta tan tediosa como «Election», aunque carece por completo de la elegancia del estilo de Johnnie To y de sus bruscos e impagables brotes de violencia. Aquí, ni la violencia sabe a peligro.