Responsabilizarse del Holocausto
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Polonia ha vivido días difíciles al recordarse el papel desempeñado por aquel país en el terrible drama del Holocausto ya que los principales campos de exterminio tuvieron allí su asiento. Al mismo tiempo llega la noticia de que el «Mein Kampf», al reeditarse en Alemania, ha vendido en breve plazo más de un millón de ejemplares. Es una especie de vuelta atrás a esa cruel etapa del antisemitismo. De estos datos aireados por la prensa puede nacer un error que a los historiadores obliga a enmendar. El antisemitismo no corresponde a un país concreto, sino que se ha gestado a lo largo de siglos respondiendo a razones religiosas, étnicas y sociales. Los españoles nos sentimos orgullosos de aquel regalo que Alfonso XIII hizo al reconocer a los sefardíes derechos de súbditos españoles librándonos así de participar en la terrible hecatombe de los años 40. Pero es preciso también recordar que existen antecedentes en sentido contrario. Violencia y sangre salpicaron la península en la última década del siglo XIV. Ahora que el antisemitismo da señales de querer reaparecer y tiende a ser superado en las venas del odio por el anticristianismo, que cuenta ya con muchos millares de mártires, es importante volver la vista atrás y preguntarse el cómo y el porqué de estos fenómenos que indican los efectos del odio.

El Imperio romano plantó la primera raíz para ese odio que los ideólogos del siglo XX llevarían a sus últimos extremos pues mientras reconocía en el judaísmo una religión lícita calificaba al cristianismo de delito capital que merece ser castigado con la muerte. La cuestión se planteó en términos nuevos cuando un emperador español Teodosio estableció la confesionalidad cristiana del Imperio. Llegados a este punto muchos se preguntaron cuál debía ser el nuevo camino a seguir. Los grandes maestros como san Agustín no tuvieron duda: el judaísmo era en sí mismo un bien que debía ser conservado hasta el día en que por sí mismo descubriera que el Mesías había llegado ya. Pero los monarcas germanos, al hacerse confesionalmente cristianos, barriendo las heterodoxias se preguntaron si con esta tolerancia se hacían un daño a sí mismos. Y aquí es en donde España dio el primer paso decisivo del que se acabaría arrepintiendo: los monarcas visigodos consiguieron que los Concilios toledanos declarasen obligatorio el bautismo y la educación cristiana de los niños. Muchos ocultaron su condición y muchos también emigraron. Por eso cuando el 711 se produjo la «pérdida de España» los judíos estaban del lado de los invasores. No por mucho tiempo. El Islam andalusí acabaría prohibiendo en el siglo XII el judaísmo. Carlomagno restableció la tolerancia y los monarcas españoles de la reconquista así lo hicieron también. En 1086 Alfonso VI promulgó leyes muy generosas que permitieron la creación del sefardismo. Europa optó por la tolerancia que hacía de los judíos huéspedes y no súbditos. Esto reducía las posibilidades de empleo de forma que medicina, sastrería y finanzas fueron su ocupación. Buen beneficio para los reyes en estos colaboradores cuyos impuestos personales pasaban a su bolsillo. Pero también argumentos que podían volverse en su contra. Los judíos eran avaros y podían envenenar las aguas o difundir epidemias. Cuando Europa puso en marcha las Cruzadas, el anti judaísmo ganó terreno sobre todo en las clases sociales inferiores. Allí estaba el enemigo. Primero en Alemania y luego en los demás países se constituyeron bandas que a sí mismas se calificaban de «matadores de judíos».

Desde 1214 también la Iglesia por medio del Concilio cayó en la trampa de considerar al judaísmo un mal que debía ser suprimido. Los monarcas españoles que comprendían el perjuicio trataron de alcanzar una solución intermedia con las leyes de 1432 que reconocía a la nación judía ahora reducida en número e incrementada en cultura como una verdadera nación. Pero, a la larga y tras muchos esfuerzos para sofocar el problema, tuvieron que rendirse ante las presiones de Europa. Y así llegamos al triste decreto de 1492. Muchas veces se sintió el deseo de enmendar el error. Al menos hay un detalle importante: en 1970 se produjo oficialmente la conservación del precepto. No solo hemos pedido perdón, sino que hemos rectificado en el error. Hay que desear en lo más profundo que no se repita.