Opinión

El silencio...

Mi infancia y adolescencia transcurrieron durante el franquismo. Fueron suficientes para comprobar que, en comparación con los regímenes comunistas, la dictadura era relativamente suave y que, a la vez, había conseguido articular unos mecanismos de control social que facilitaban la represión. Por ejemplo, la gente podía estar en contra de lo que entonces se llamaba el nivel de vida, de la censura o del clero e incluso podía criticar todo con acritud en familia, pero se callaba como una ramoneta en público lo mismo en el trabajo, una cafetería o un entierro. El régimen no necesitaba contar con el KGB o la Stasi por la sencilla razón de que los españoles habían captado las pésimas consecuencias de decir lo que pensaban sobre ciertos temas. Esa situación la vivimos en España desde hace años. A la inmensa mayoría de la gente le angustia la llegada descontrolada de inmigrantes ilegales, está hasta el gorro de la ideología de género, sufre arcadas al contemplar a los nacionalistas catalanes y siente una mezcla de asco y resentimiento hacia la Agencia tributaria difícil de describir verbalmente. Incluso cada vez son más los que abominan del sistema autonómico. Sin embargo, como sucedía en la época de Franco, nadie se atreve a decir nada fuera de círculos reducidos.

Incluso atreverse a hacerlo en lugares como las redes desencadena que la policía del pensamiento aparezca para dar más palos que los antiguos grises en una manifestación de estudiantes. El resultado de esta censura es el silencio de los que no están dispuestos a comulgar con ruedas de molino, pero es también una falsa impresión de lo que siente la sociedad. Igual que Fraga creía que, tras la muerte del dictador, el setenta por ciento de la población – la mayoría de los callados – lo apoyaría y del régimen quedó poco más que los pantanos, la paga de julio y la seguridad social, en España, el día menos pensado, nos vamos a llevar una sorpresa. Igual que en Estados Unidos, los medios y los que no eran medios jalearon a la invencible Hillary Clinton para descubrir que las elecciones –como algunos anunciamos– las ganaba Trump, en España existe una mayoría harta de tener que callar lo que siente aunque sea de sentido común. Sólo falta la aparición de una fuerza que la aglutine y entonces del silencio actual no quedará mucho más que del propio del franquismo.