Eslovenia en el espejo

Mikel Buesa

Llegados a este punto, uno tiene la impresión de que el nacionalismo catalán tiene a Eslovenia en el espejo donde se mira. Este país se independizó de la Federación Yugoslava el 25 de junio de 1991. Era un atardecer glorioso para los 189 diputados que votaron a favor –eran 207– después de que poco antes de la Navidad anterior los eslovenos se hubieran pronunciado masivamente, en un referéndum, a favor de la independencia. Todo se había preparado con detalle, tanto en el terreno político como en el militar. En el primero, de cara al exterior, se sostuvo con eficacia –principalmente en Alemania y en otros países de la UE– la idea de que se trataba de un proceso democrático y pacífico, y se incidía en la vocación europeísta del país. En el segundo, mientras tanto, se preparaba la guerra con la inestimable ayuda de Estados Unidos, el Reino Unido y Alemania como proveedores del armamento con el que se dotó a los 21.000 hombres de un ejército formado a partir de la policía y la Territorialna Odbrana –el cuerpo de reservistas destinados a la defensa territorial–. También se disponía en secreto la limpieza étnica de la disidencia –cosa que, ocho meses después de la independencia, afectó a los 18.000 residentes que, por considerarse yugoslavos, no solicitaron la ciudadanía eslovena–.

Lo que vino inmediatamente fue la guerra, pues la Federación Yugoslava envió una fuerza de 35.000 hombres en la que destacaban unos carros blindados que, en ausencia de infantería, resultaron inútiles. Además, esa fuerza careció del apoyo político necesario para actuar, con lo que en una semana fue desarmada, perdiendo gran parte de su material. El conflicto costó 62 muertos y 328 heridos. El 7 de julio se firmó la paz y se suspendió por tres meses la declaración de independencia. El 26 de octubre salían de la nueva república las últimas tropas yugoslavas derrotadas. En enero de 1992, quince días antes de que se perpetrara la limpieza étnica, todos los países de la UE la reconocían en un preludio de su ulterior ingreso en Naciones Unidas.

Pero la imagen que, en Cataluña, devuelve el espejo esloveno es un esperpento: una campaña «europeísta» y «democrática» con dejes xenófobos y totalitarios; un referéndum chapucero de resultados minoritarios y amañados; una confusa declaración de independencia aplazada sine die; la ausencia de apoyos internacionales para los nacionalistas, con la excepción notoria de las judicaturas belga, alemana y escocesa; y un Estado débil que apuesta por quedar en tablas. Está falsariamente todo menos la formación de un ejército –tal vez por falta de proveedores–, el respaldo popular y la inteligencia.