De fracaso en fracaso

Abel Hernández

Por segunda vez en tres años los representantes del pueblo soberano rechazan al socialista Pedro Sánchez como candidato a presidir el Gobierno de la nación. Poco antes había sido repudiado por su propio partido. No se resignó. Se echó a la carretera, recorrió las agrupaciones con técnicas populistas de izquierda, se enfrentó al aparato y recuperó el despacho en la sede de Ferraz. En un golpe de audacia aprovechó la generalizada inquina contra el PP y Rajoy para hacerse con el poder, su sueño largamente acariciado. No se enteró de que el éxito de aquella moción de censura no era un rendimiento entusiasta a su persona sino una muestra de rechazo general a su antecesor. De Sánchez casi nadie se fiaba dada su errática trayectoria pública. Simplemente fue utilizado por Podemos y los soberanistas de la periferia para tratar de demoler el sistema establecido. A la hora de la verdad, le tumbaron los presupuestos, le obligaron a convocar elecciones, en las que obtuvo un leve respiro, que él confundió con una gran victoria, y ahora le han dejado solo y tirado como una colilla. En un último gesto de cierta dignidad o porque a la fuerza ahorcan, se ha negado a entregar las riendas del Gobierno a Pablo Iglesias y a sus socios vascos y catalanes, con intención de sacar provecho electoral del victimismo. La carga contra Podemos e Iglesias ha sido demoledora. A pesar de eso, el bochornoso regateo en público se prolongó, por parte de Iglesias, hasta el último minuto.

El día de Santiago de 2019 ha vuelto a ocurrir en el Congreso de los Diputados la investidura fallida del socialista Pedro Sánchez. La anterior fue el 4 de marzo de 2016. Ningún político desde la llegada de la democracia había sufrido un fracaso parecido. Después de esto cualquier político europeo aceptaría su derrota deportivamente, recogería los papeles y se iría a su casa. No hay señales de que este hombre se vaya a rendir ahora, a pesar de que es su estampa y figura, que tanta controversia levanta, la principal culpable del bloqueo político que padecemos. Su libro de cabecera es el manual de resistencia. Lo razonable sería que, en estas circunstancias, Sánchez, como hizo en 1981 Adolfo Suárez –un político digno y responsable–, acudiera a La Zarzuela y renunciara, y que el Rey hiciera el encargo de formar Gobierno a otra figura del Partido Socialista más respetado por la mayoría, o, al menos, con menos rechazo general. Con Sánchez vamos, por lo visto, según los hechos y el sentir general, de fracaso en fracaso.