La sociedad deshumanizada

Pelayo Arango Lara

La sociedad está muy enferma.

Vivimos en la inmediatez, lo queremos todo ya y ahora, en perversa competitividad:

"quítate tú, que me pongo yo", sin importar lo que tú prójimo

sienta; en absurda comparación: "tengo que ser más, tengo que tener más";

en vanas necesidades: "cuanto más poseo, más completo me siento"; y

en un taimado y torpe egoísmo: "hago esto porque a cambio quiero aquello".

Las nuevas tecnologías, las diferentes formas de comunicación y la velocidad de este mundo... ¡¡¡va demasiado rápido!!! Deshumanizan la sociedad.

Ya no sabemos ni quiénes somos ni

con quién vivimos y, lo más triste aún, dónde vamos. Estamos perdidos en

nuestro propio afán, presentando a los demás un ser humano que ni nosotros

mismo sabemos de quién se trata. ¡Qué trágico, qué perverso y qué maquiavélico!

Mal ejemplo damos a la especie humana habitando en una sociedad donde los que viven en libertad son los asesinos y los que se sienten prisioneros, en su propia comunidad, son los inocentes. Donde los jueces no imparten justicia, sino que se doblegan contradictoriamente frente a las leyes que ellos mismos juraron aplicar fielmente. Donde los políticos no sirven a los ciudadanos, al contrario, vejan con sus decisiones a las personas que los votaron.

¡¡¡Hay que parar, necesitamos

frenar!!!

Mientras las redes sociales sigan ensalzando lo felices que nos encontramos, lo guapos que somos, lo bien que vivimos, lo lejos que viajamos y lo mucho que nos queremos, eso sí, a nosotros mismos, estaremos en el limbo.

Debemos regresar a nuestros orígenes, a conmovernos con aquellos rostros inundados de hermosas sonrisas, a voces tarareando canciones pegadizas, a fotografías llenas de recuerdos cercanos, a famosas rondas de preguntas filosóficas, a sueños con olor a verano y a amores perdidos en el destino.

Yo hace tiempo que inicié ese

viaje de vuelta al principio. Al orgullo lo trato como si de un balón de fútbol

se tratara y lo chuto lo más lejos posible; al ego lo dejo en soledad para que

aprenda del silencio; y al odio, al odio lo mandé de excursión muy lejos, sin

billete de vuelta. Pero sé que hay muchos seres humanos que no lo conseguirán. Aun

así, no los juzgo; los acepto, los comprendo y los combato. Aunque nuestro

proyecto de vida no sea el mismo, intento que se apunten a la filosofía del dar, que no es otra que la

de humanizar la sociedad, para que ésta se cure. Solo es necesario comportarse

como un ser humano.

Tenemos que reaprender a ser

mejores personas, más realistas, más honestas, más generosas, más exigentes con

nosotros mismos, más conectados con el mundo, más autocríticos, más empáticos; a

que el dinero no da la felicidad y a que ni siquiera nos ayuda; a que somos

agua y huesos, ni más ni menos; a admirar las pequeñas cosas de la vida, como

eran las manías de mi padre; a querernos y a dejarnos que nos quieran; a

renacer, a reconstruir, a luchar, a respirar, a seguir dando de aquello que nos

cuesta y no tenemos; a pedir perdón, a amar sin reservas, a que no debemos

cansarnos de repetir y decir las palabras "te quiero", hasta

gastarlas; a saber que tenemos unas familias maravillosas y amigos con los que

poder conversar; y a vivir, sí, a vivir, que es aquello que diferencia a los

que estamos aquí de aquellos que nos dejaron.

El peso de esta deshumanizada sociedad puede resultar una carga demasiado grande, dolorosa y constante para que encontremos la plenitud. Pero, lamentablemente, la vida es tan corta para no ser feliz, para no querer, para no creer, para no soñar, para no reír, para no bailar, que tenemos la obligación de existir.

La historia está llena de héroes anónimos, seres que dedicaron su existencia a iluminar con su destello nuestro universo. Recordad, somos nosotros y no otros los que tenemos luz propia.

Al final, las ciencias exactas no definen nuestras vidas, aunque la gente se empeñe en decir que dos más dos son cuatro. La realidad no es esa; más bien es un tema de corazón, de emoción y de sensación: una ciencia imperfecta.

Pensad con cuántos de vuestros semejantes cercanos habláis de este tipo de cosas, que son las que realmente definen lo que somos. Y cuando lo hayáis hecho, os invito a que exploréis. Es algo muy hermoso, pero es muy duro y requiere una valentía que muchos no están dispuestos a asumir.

¡Qué equivocado es creer que una

persona es algo más que una persona! Debemos recordar que la sociedad no

existiría, si no fuera por las personas que la forman. Os propongo un reto: humanizar

la sociedad, ¿os atrevéis?

(Dedicado a los que luchan por una sociedad mejor).