Una biblioteca en el cuadrilátero

Va a resultar que al final vamos a sacar más lectores de los vestuarios que de los planes para la promoción de la lectura

la RazónLa Razón

Me llama Luis Suárez, desde La Coruña, que reabre su gimnasio, el Azteca Box, después de esta cuarentena que nos ha mantenido encovados en el domiciliario, haciendo tribu con nosotros mismos.

–Javi, tío, sobre todo hay que ser optimista y estar agradecidos, que estamos vivos y no enfermó la familia ni los cercanos. Lo demás, pues bueno, hoy estás arriba y mañana, abajo.

Luis Suárez es un gallego con los pies en el suelo, con la sensatez que da el sentido común, que es el menos común de todos los sentidos, y el despejo de los hombres que viven en la tierra y que no ha perdido la cordura por los señuelos que brindan las malas inteligencias. Con él se ha trabado una amistad inicial y espontánea, a la vera de las veladas pugilísticas, que ha afianzado el teléfono, que es el que nos salva de ese kilometraje que hay entre mis adarves castellanos y sus finisterres.

Él llama para preguntar cómo va la cosa, o sea, la vida, y para pegar la hebra, quizá consciente de que la civilización no es más que eso, departir, hacer conversación. Europa viene de la oratoria griega, pero donde fragua es en el café vienés (y ahora en el bar). Así uno le habla de sus pormenores de plumilla y otras bullangas periodísticas, y él me sale con el nombre de Ray Arcel, que entrenó a los Jim Braddock, Roberto Durán y Larry Holmes de la época, lo que siempre amplia el paisaje de la memoria y enriquece las páginas de la enciclopedia personal.

Luis anda estos días y estas noches de fases y desescaladas preocupado por los pupilos, que es el denominador común que comparten los entrenadores de boxeo, el deporte de la «working class», como lo llama él. Esto les hace a todos simultanear los guantes con la solidaridad. Asumen que eso de la enseñanza es un asunto transversal y humano, imposible de ceñir únicamente al perímetro de una asignatura.

–Yo ahora tengo unos pocos chavales que no me pagan la cuota, pero a ver, a mí, esa cantidad, me da igual, pero a ellos les ayuda mucho venir aquí, estar con nosotros. ¿Qué vas a hacer? ¿Echarlos? Cuando pueden, pagan. Y eso ya dice mucho de cuál es su compromiso.

A Luis, las inquietudes se le ven en la voz. Ahora le ronda por la mollera organizar una biblioteca en el gimnasio, meter los libros de Conrad, Stevenson, Dumas, o de quien sea, junto a las cuerdas del cuadrilátero, que, sin duda, es una iniciativa compartiría gente como Jack London.

–Ahora estamos con esa idea. Va funcionar igual que las municipales, porque mira, Javi, yo creo que a los deportistas también hay que formarlos. Veo a muchos que son muy buenos en lo suyo, pero que en cuanto les sacan de ahí, están atados de pies y manos por falta de conocimientos. Y el día es muy largo, tiene muchas horas. Los chavales y los adultos tienen que dedicar más tiempo a la lectura y leer de todo.

Uno anima a Luis a que lo haga, que «mens sana in corpore sano». Y es que va a resultar que al final vamos a sacar más lectores de los vestuarios que de los planes para la promoción de la lectura.