La vieja normalidad

Bien mirado, con reposo, la vieja normalidad tan cacareada y santificada ahora, aunque nadie lo airee demasiado, era un asco

Llega julio con su estampida estival. El verano es la última utopía que le queda al hombre corriente a falta de una ideología de futuro, porque las que soplan hoy, con esos partidos hechos de conserjes y reverencias, dan para lo que dan. El ciudadano común, y eso somos casi todos, se pasa el invierno entoñado de nostalgias y suspirando por este tiempo de estío, que es como una enorme canícula de anhelos, aunque después jamás se cumplan y todo se quede en el aguarrás de la fantasía, quizá porque los sueños existen para soñarlos y no para malbaratarlos en los vulgares rastros de la realidad.

Aquí el único paraíso que subsiste fuera de la Biblia resulta que es este «dropbox» de treinta días de asueto, al que todavía no ha metido mano ningún agente privatizador ni se ha tratado de mermar, como ha sucedido con las nóminas y con otros derechos o conquistas sociales o como se prefiera llamar. El currito quiere recobrar el tiempo perdido, evocando a Proust, pero no con el olor de una magdalena, sino con este abanico de jornadas pagadas y sentir que por delante todavía tiene un horizonte de libertades donde celebrar sus esperanzas, sean cuales sean, ridículas, ambiciosas, perniciosas, gratas o disparatadas, sobre todo después de este confinamiento que ha dejado en tantas conciencias que, más que salvar el escollo de una epidemia, a uno le han sisado los días y le han malogrado los jaleos del ocio, que hoy son tan sustanciales para que muchos mantengan abierto el tenderete de sus ficciones existenciales.

El mundo hoy quiere arrojarse a la quema del descanso y el vendaval playero para hacer de todo, que, en la mayoría de los casos, es no hacer nada y entregarse a las horas invertebradas que nos brinda la pereza y sus variadas siestas. Lo que se desea es perderse por el bullicio de las fiestas y sus cuernos de la abundancia para recuperar lo que se ha dejado atrás, que no son los recuerdos de la infancia ni tampoco la memoria familiar, sino cuatro salidas nocturnas, tres copazos chungos y un par de ligues de los que no perviven floridos más allá de dos mañanas. Hay como cierta impresión de que se debe acelerar el ritmo del segundero para extraviarse en un folletín de líos y actividades solo para recobrar una vaga sensación de normalidad que, en el fondo, es falsa.

Existe como una nostalgia del pasado, de lo que se hacía antes, o sea, de una bullanga de comercios, tiempos apresurados, frenesí de consumismos baldíos y otras tantas movidas calafateadas con la misma resina que podríamos habernos desempolvo de la solapa aprovechando esta coyuntura y que nadie andaba demasiado atento a nuestras cavilaciones. En cambio, las seguimos manteniendo como un futuro plausible y en un acto casi involuntario.

Bien mirado, con reposo, la vieja normalidad tan cacareada y santificada ahora, aunque nadie lo airee demasiado, era un asco, y no hubiera estado mal haber escapado de su felicidad de precios disparatados y espejismos varios, y darnos cuenta de que somos algo más que consumidores.