Opinión

El espíritu de Ermua

Veintitrés años han trascurrido desde el martirio y asesinato de Miguel Ángel Blanco, que recordemos, tras ser secuestrado fue vilmente asesinado por Gaztelu disparándole dos veces en su cabeza, mientras Mújica le forzaba a ponerse de rodillas con las manos atadas a la espalda; Miguel Ángel no murió en el acto y su martirio se prolongó unas horas más. Este asesinato cambio muchas cosas, y especialmente generó una ola de indignación, a la vez que una gran movilización nacional contra ETA, surgiendo lo que se denominó el Espíritu de Ermua. ETA nos arrebató el cuerpo de Miguel Ángel, pero su alma y espíritu siguen prendidos a las costuras de nuestra democracia convirtiéndose en un gran mártir de la misma. Este legado no se puede ni manosear ni despreciar, y menos olvidar. Este triste aniversario se enmarca en un momento por un lado paradójico y por otro lleno de oprobio y vergüenza. No podemos olvidar que ETA secuestra a Miguel Ángel tras la liberación de Ortega Lara, otra víctima de nuestra democracia, con el fin de exigir el acercamiento de los presos de ETA a las cárceles del País Vasco, y al no ceder el presidente Aznar, Blanco fue asesinado. La paradoja es que en este momento hay fuerzas políticas, especialmente los herederos de Batasuna, que siguen pidiendo este acercamiento, y lo indignante es que se está produciendo. Hace una semana, en plena campaña electoral, el Ministro del Interior acercó al etarra José Luis Barrios, el asesino de Alberto Jiménez Becerril y su esposa Ascensión, así como del militar Domingo Puente. Hemos vencido a ETA policial y judicialmente, pero políticamente es difícil mantenerlo. Los herederos democratizados de Bildu han pasado el filtro de la democracia, pero ello no puede convertirles en actores políticos relevantes y menos en un socio del actual gobierno. Quebrar la política de dispersión, que no de alejamiento, de los miembros de ETA, y valerse de los votos de Bildu son actos ignominiosos que resultan especialmente oprobiosos un día como hoy. No podemos permitir que el asesinato de Miguel Ángel Blanco y del de tantas otras personas de buena fe no haya servido de nada y que el coyuntural gobierno actual de izquierdas termine con el espíritu de Ermua. Miguel Ángel seguirá siendo el símbolo de este espíritu.