La barra de los bares

Cuando empecé a trabajar en este periódico, al llegar a casa por las noches, no se lo creían. Les enseñaba el periódico de papel y como no aparecía mi nombre, no entendían qué había estado haciendo todo el día. Pensaban, como yo cuando empecé a estudiar Periodismo, que iba a acabar en alguna guerra, haciendo dimitir a algún presidente, o si nada de eso era posible, de tertuliano.

Pero es que nadie enseña a los jóvenes el verdadero día en una redacción, que consiste en editar textos de otros. A veces los que mandan son más grandes que el espacio que se le ha asignado y ahí te pasas la tarde tú, quitando adverbios acabados en mente. Otras, el texto se queda corto y ahí estás tú, otra vez, poniendo adverbios en mente para llegar al final. Luego, en casa, te da pereza explicar que se te fue la tarde en cambiar todas las comas después del sujeto. Porque, estudiantes de periodismo y gente que escribe en general, no, no va coma después del sujeto.

Hay un periodista, que tuvo puestos de alguna importancia en otros sitios hace años, que salió o sale en la tele y que hace muchos, muchos años mandaba artículos a este periódico. Una vez nos escribió muy enfadado porque habíamos limado (¿limado?) mal su texto. A él, que cómo era eso posible. A él, que en vez de escribir barra de bar ponía «apoyados en el Zinc».

Lo cambié, porque toda mi vida me he apoyado en la barra de bar, no de zinc. Era el refugio de los que queríamos bailar, pero no sabíamos: eso de mover los pies y las manos de manera coordinada, no sólo entre ellos, sino también con la música era demasiado.

Así que mi manera de bailar era golpear solo un pie contra el suelo, que parece que se te ha dormido y quieres despertarlo; o bien chocar la palma de la mano contra el muslo del mismo lado hasta que te acabas haciendo daño y te sientes gilipollas.

Aunque la técnica de baile que más uso es mover la cabeza como diciendo sí levemente y, en los momentos locos, la muevo también un poco de lado a lado, que es un poco sí, pero no.

El no va más, cuando ya has perdido el control, es cuando haces que tocas una guitarra invisible con la manos. Ése momento en el que crees que eres el maldito rey de la pista y nadie se atreve a decirte, perdona, pero es que está sonando una lenta.

Así que para evitar el ridículo pasábamos el tiempo en la barra de los bares y pedíamos las bebidas que estaban escritas (con v, pero con las comas bien puestas) encima de la barra. Lo más complicado era decidir entre leche de pantera verde o roja. Está el misterio del asesinato de Kennedy y por qué la leche de pantera era de dos colores si ambas sabían igual. Es una bebida que ha desaparecido y es una pena porque seguramente ahora sería buena para luchar contra el coronavirus y contra cualquier cosa que entrase en tu cuerpo.

Da pena que el Covid-19 esté obligando a dejar de usar la barra de lo bares con la vivencias y cáscaras de cualquier fruto seco que hemos compartido ahí tan felices (¿todavía queda una línea?): tan felizmente.